
Un rayo cualquiera
Natalia Ortiz Maldonado
Buenos Aires, hekth, 2025
La vastedad de lo que existe
Por Gabriela Borrelli Azara
[Texto presentación del libro]
Es un rayo misterioso que hará nido en tu pelo. Un rayo que se quedará ahí, dice el tango que promete ese día, el que me quieras. Será un rayo iluminador que dejará más que el trueno. Hay que decirlo: Gardel era un optimista. Un nido es algo que acoge, acuna, da alimento y hace crecer. En el pelo, además, que es de por sí un nido. Cuando comencé a leer el texto de Nati, texto esperado, texto soñado, texto ansiado por parte de las que conocemos a Nat (digresión, no sé si soñé o fue real, que Marol me escribió: salió el libro de Nati, corroboración de lo esperado), pensé que era un texto que se quedaría conmigo. Además, el rayo ya no era misterioso, sino cualquiera. Palabra hermosa que une y no destaca, que universaliza, que no subraya sino que abre. Es un rayo cualquiera, sin nombre, o con muchos nombres, múltiple diverso, el que hará mundo en los términos del libro: después de que el rayo toca algo no pensado, ya no se podrá dejar de pensar.
Quizá sea necesario decir que nuestro mundo no es ni todos los mundos que existen en el planeta, ni todos los mundos posibles. Y quizá sea necesario decir que hay un vínculo entre la manera en que hacemos mundo, lo que creemos, qué hacemos y qué podemos imaginar.
La crisis de la imaginación ha sido dicha por propios, ajenos o cercanos. Diagnósticos más o menos felices que piden a los gritos imaginación política, jóvenes escritores que señalan la imaginación de los megamillonarios del mundo y la estudian, visiones pseudopopulares que nos invitan a enfrentar la crisis con imaginación. Pero en la primera página de este rayo, Natalia se va a proponer un primer ejercicio concreto: escribir en medio de la devastación, escribir sin referencias macho-científicas y con protagonistas. Atenti, parece decir Natalia, que la manera en que imaginamos verdades, posibilidades concretas es en el medio de una verdad patriarcal, una erótica política heterosexual y una ciencia fatria. Por eso, es necesario no salir de esas lógicas ¿cómo sería posible?, sino hacernos preguntas sin el ánimo resolutivo del héroe. Habitar el conflicto de otras maneras. No entrar en la lógica de planteo y resolución sino entrar en los otros, hacernos de lo extraño para hacer mundo, mundizar. Este rayo no es único, sino cualquiera para empalmar la historia de los libros, con relatos orales, mitologías olvidadas y poemas reveladores. Dice sobre las autoras-protagonistas de este libro: Stengers, Barad, Haraway, Le Guin, que Nat insiste en llamarla Ursula Kroeber Le Guin, Anzaldúa, Wittig, Ancalao, Oliver, Inés Manzano:
hibridizan los registros narrativos, convocando versos, archivos científicos, registros de paseos o reeditan géneros clásicos de maneras desobedientes. Todas saturan su escritura con conexiones sobrehumanas hasta el punto en que esa clasificación pierde su eficacia. Ninguna es una, ninguna está textualmente sola. Están en un espacio común, porque común es el espacio donde se articulan las diferencias y no el lugar donde las diferencias no existen.
Suspiré después de este párrafo. La idea de compañía textual, y la ponderación real de la palabra común, que se emparenta con cualquiera, da una calidez especial a este libro. Ellas van apareciendo en un entramado conceptual, regresando de diferentes maneras, nunca únicas sino unidas.
Otra forma de mundizar, empalmar y no ganar, entonces, rodear la lógica del vencedor con mundos, no solo nuestros, sino cualquieras también: mundizar, concepto clave que va a recorrer todo el rayo y hará nido. Porque el rayo abre un canal y trastoca. Pero lo mejor del rayo es su imprevisibilidad, su aparición no regulada. Elementos dispersos en el mundo, historias sueltas, imágenes, recuerdos, versos, canciones, insultos, besos, todo lo que no está en la Gran Historia que mundiza de otra manera. Esos rayos cualquiera que son parte de nuestra vida, pero no alcanzan la épica grande de los relatos. Acuné hace un tiempo, pensando en nuestro país y en esta etapa de oscuridad política (¿hay una luminosa?, sí, la feminista, la poética, sigo), un término que me sirvió para pensar cómo funcionan los discursos artísticos en la idiosincrasia de un país: el talismán. El talismán es la forma íntima de mundizar, los canales que se abren con las historias que nos cuentan, las ideas con que nos miramos. Encuentro en el libro de Natalia una manera de profundizar, y virar un toque la idea de mis talismanes, nido más adentro de este concepto. Porque en la clave de lo que se hace talismán, y en la manera que ese talismán funciona, radica el sentido de mundizar. Esos talismanes están hechos bajo el amparo y los pensamientos y materialidades de la lógica ganadora o exitista, y la propuesta de Natalia es el relieve poroso de las historias que pisamos y se quedaron con nosotras.
Un rayo cualquiera partirá de una tríada: estética, escritura y fuego. Me encantó que el libro no se demorara en citas o referencias eruditas parte del cis-sistema de pensamiento y acercara los conceptos a través de pequeños poemas, lecturas o definiciones como está:
La magia de la experiencia estética se produce en relación con dos tropos, el rayo (que es el fuego) y el misterio (que no está oculto). No es un discurso moral sobre el arte sino un modo de lo sensorial, una erótica, que enlaza el mundo más como proximidad de lo indeterminado que como determinación sociocultural: una materialidad atravesada por un rayo.
Escribo en la devastación, dirá Natalia, desde la narcosis perceptual, domesticación de las pasiones. Las pantallas adormecen, capturan al rayo: no permiten la formación de talismanes porque nada se queda mucho tiempo ahí, entonces aparece el cinismo: trampa erótica del pensamiento y el humor, que provoca satisfacción no duradera y deja resabios tontos. Por eso, cuando el libro entra en las escrituras cuir, cuir se transforma en cuirificar, y la lectura de Karen Barad desembocará en una frase hermosa: “En lugar del cinismo, la hospitalidad”.
Me quedo en esa palabra, en tu libro hospitalario de escrituras e historias, hospitalario de lectoras que descubren a diosas como Angerona, a científicas como Hipatia o a ocultas y malditas como Sejmet. En italiano, la palabra invitado es ospite. Siempre me gustó esa amistad entre las dos palabras. Lo hospitalario es recibimiento, agrado, amistad con el desconocido y también sanación. Lo que se cura con nuevos entramados, con nuevas modulaciones; es también conversación, la cotidiana, la cualquiera. ¿La gente está menos hospitalaria? Sí. Veo una escena en TV. Unas mujeres hacen una fila esperando el colectivo en Once. Tienen mercadería. La agarran fuerte. Un notero se les acerca. Pregunta: ¿cuál es el problema más grande de este país? Una de ellas, seca, nada sonriente, le dice: no te voy a responder nada, para qué preguntás si ya sabés. Me entusiasma; desarma el relato estúpido de la falsa democracia de la voz de la calle, la voz cualquiera que no puede ser simple sino compleja, múltiple, inabarcable. Insiste el notero, es estúpido, no sabe manejar una deriva de lo usual. Sí, no me preguntes, andate, todos saben la respuesta, ¿qué preguntás?, ¿no entendés? La otra mujer delante le responde: mirá, es la inseguridad, acá te das vuelta y te saquearon. Leo ahí no solo una realidad, la del choreo, sino el problema real, el saqueo desde el Estado. Claro que el problema es la inseguridad, el robo a cielo abierto que hacen coimeras, financistas y empresarios desde el Estado. Coincido con la señora. Aunque ella habla del chorrito tal vez, las dos sabemos que habla de más arriba. Pero el punto al que iba es que, en ese momento, estas dos lúcidas señoras increpan a una joven embarazada que pregunta por la fila y no quería ponerse al final: qué me importa que estés embarazada, a la cola. Y así fue, al final, no importa si estás embarazada. A la cola. Hospitalidad. Animar esos sentimientos, mantenerlos con el fuego de lo antiguo, de las formas que supimos conseguir y hoy se deshacen.
El fascismo está del lado del olvido, se pronunciará al final del libro, ¿qué olvidamos junto a esas mujeres?
Los fascismos procuran destruir la política, especialmente en una de sus formas elementales, la conversación, el arte de producir, encuentro, entre lo diferente como diferente y habitar la conflictividad sin suprimirla.
Hospitalidad y política para atravesar este tiempo de desastre, de desarmado. Oportunidad de nuestra voz. Angerona. La diosa del miedo y del silencio, diosa doble del terror y el cobijo, del silencio y del grito. Una extraña enfermedad acecha a animales y humanos dejándolos mudos. La sabia dice: honren a Angerona. La voz regresó, siempre regresa, me dijo una amiga cantante la última vez que me quedé disfónica. La peste se llamó anginas. La diosa la dejó para recordarnos la desprotección del silencio, pero también, nos dice Natalia, la idea de que solo aquellas que atravesaron el silencio y el horror pueden gritar de modo necesario para proteger una ciudad. Me encantó esta historia de la que no había escuchado hablar. Pensé mucho en el silencio este último año. En el mío en los medios especialmente. Me operé de la garganta dos veces, dos veces estuve muda. En mi caso era muda y desocupada. En ese tiempo, sin embargo, empecé a escribir. Surgió en mí como un grito que nunca se apagó la escritura, la forma en que me grito se hizo constante. Encontrar esa constancia, esa insistencia, es una forma de habitar este mundo deshaciéndose, una manera de que el rayo siga haciendo nido, constantemente, recostarnos sobre el relieve de lo que habita siempre, de lo que se renueva e insiste, en el día a día, en cualquier hora, en cualquier momento, en cualquiera de nosotras.
“Desertar del deseo de reconocimiento” para anidar contraépicas hospitalarias sin fama. A contra pelo de la profecía Warhol encarnada en las redes: «En el futuro, todos serán mundialmente famosos durante 15 minutos». Ensayo otras profecías, aprovecho la boleada, y arriesgo leyendo el libro de Nat: “Todos seremos compostaje unos de otras, fluidos interconectados de sensibilidades políticas y afectivas, escuchas atentas de tiempos largos, nos reconoceremos únicamente por la lengua de la deserción y la poesía, seremos nombres unidos por la risa y los besos”.
Fragmentos de “la estética, la escritura, el fuego”,
de Un rayo cualquiera
(…)
Todo lo que se escribe se escribe mientras el mundo que habitamos está siendo devastado. No tendría que ser necesario enumerar la cantidad de comunidades de todo tipo que desaparecen cada año, ni las que están en peligro. No tendría que ser necesario contar los kilómetros cuadrados que arden en todo el planeta, ni los que recorren las especies desplazadas; tampoco enumerar los lenguajes que se apagan, los mundos que se llevan consigo, las enfermedades del alma que brotan sin cesar ni los venenos que arrojamos contra todo. Quizá sí sea necesario decir que nuestro mundo no es ni todos los mundos que existen en el planeta, ni todos los mundos posibles. Y quizá también sea necesario decir que hay un vínculo entre la manera en que hacemos mundo, lo que creemos, qué hacemos y qué podemos imaginar.
(…)
Úrsula Kroeber Le Guin dijo alguna vez que en tiempos oscuros la tarea que tenemos por delante es encontrar qué preguntas no tienen respuesta para no dárselas. Conocemos los efectos genocidas de nuestra manera de mundizar, entonces quizá se trata de detectar qué creemos y de preguntarnos si es posible creer en algo distinto, qué podemos crear ante las crueles máquinas que también gestamos. Y quizá, para contarnos de otro modo, sea necesario escuchar también a las entidades que hemos encarcelado en los extraños territorios de “lo otro”.
estética
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La magia de la experiencia estética se produce en relación con dos tropos, el rayo (que es el fuego) y el misterio (que no está oculto). No se trata de un discurso moral sobre el arte sino un modo de lo sensorial, una erótica, que enlaza con el mundo más como proximidad de lo indeterminado que como determinación sociocultural, una materialidad atravesada por otra: una materialidad atravesada por un rayo.
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El rayo es aquello que abre un canal perceptivo y trastoca materialmente lo que hasta un segundo antes era un mundo, a la vez que se percibe el misterio no como aquello que está oculto, sino como vastedad de lo que existe, como maravilla ante la existencia de esto y la posibilidad de lo que aún no. La estética es una revelación profundamente política, un acontecimiento que trastoca lo que puede verse y decirse. Después de cierto contacto, lectura o escucha, algo que no se había visto ni pensado, ya no podrá dejar de verse ni pensarse.
(…)
escritura
(…)
La historia de la escritura nos cuenta que tiene alrededor de cincuenta siglos, que desde su origen múltiple en Mesopotamia, China y Mesoamérica, estuvo vinculada a las divinidades y la tierra, a la poesía y los alimentos. Lo que no se suele contar es que de esos cinco mil años, sólo en los últimos cien (o cincuenta o veinte o…), las mujeres, lesbianas, travestis, transexuales y racializades comenzaron a escribir públicamente. Se podrá decir que fuimos quienes contamos las historias por la noche y será cierto. Pero también es cierto que no intervinimos directamente en el sistema de símbolos donde una cultura indica qué es el mundo, qué es posible, qué es deseable. Haber estado casi cincuenta siglos por fuera de la cultura escrita significa que esas experiencias no forman parte de lo que se considera verdadero (el tiempo verbal de esta oración es presente y esta no es una nota al pie).
Es necesario detenerse nuevamente. Muchos de los pueblos originarios a los que la conquista llamó ágrafos tenían modos de escritura que pasaron desapercibidos o fueron destruidos. El tejido fue uno de esos modos extendidos en casi todo el continente. Los incas y las culturas que les precedieron, por ejemplo, utilizaron el sistema de nudos, quipus, hechos de fibras de llamas, alpacas, vegetales o cabello humano. Quipus, topacus y huipiles son algunos de los nombres de estas tramas de sentido donde se cuentan cantidades pero también historias y se elaboran mapas terrenales o celestes. Junto a ellos existieron formas de escritura en los campos de cultivo y en la arcilla, como en la región andina. Liliana Ancalao recupera la palabra oralitura del poeta Elicura Chihuailaf, para indicar el proceso por el que la cultura oral de los pueblos originarios comenzó a escribirse recientemente, dando lugar a traducciones y retraducciones de primeras y segundas lenguas que se pulen y transforman entre sí.
A medida que las subjetividades desplazadas comenzaron a ingresar a la escritura se reforzó una división sexual, donde las masculinidades se arrogan los campos objetivos, los territorios de la verdad (las ciencias, el derecho, la economía y la política), mientras las femineidades (y solo muy pocas dentro de ellas) pueden escribir/publicar ficción (poesías, literaturas, el enorme territorio de lo menor). (…)
(…) Pero lo que se intenta decir en estos párrafos no es solo que la escritura fue por cincuenta siglos un privilegio de las baronías (que lo fue), ni que las femineidades pueden escribir como hombres dejando intactos los dispositivos culturales de poder, asimilándose a ellos. Lo que se intenta decir es que las subjetividades díscolas pueden contar historias multiespecies para hacer rehabitables estos mundos en desastre.
fuego
(…)
Cuando Google desmaterializa el libro y la escritura deviene toda superficie, cuando escritura y mundo se amalgaman en una superficie digital, cuando la experiencia deviene una abstracción, quizá sea hora de retomar el sueño de una escritura fragmentaria que dé cuenta de su precariedad. Se trataría de una escritura naturalista si por naturaleza decimos lo que existe, lo que no puede separarse de la cultura, y lo que aún no se efectúa: técnica, sueños y pesadillas comunes, especulaciones, deidades, potencias, plásticos, líquenes o chamanas. O, dicho de otro modo, de una escritura material, si por material entendemos prácticas afectivas, comunicativas, corporantes. Una escritura que rechace la centralidad de lo humano y lo androcéntrico, sabedora de los efectos de considerar al hombre como resultado excepcional y superior en la jerarquía de lo existente. Una escritura material, entonces, por su disposición a percibir y especular con alianzas de otro tipo entre entidades de diferentes escalas.
(…)
Experiencias de escritura que vienen desde la narrativa, la biología, la física cuántica, la filosofía y el arte que ponen en cuestión en su propia materialidad al dispositivo de escritura. Ellas comparten el animismo donde todas las materialidades tienen agencia, capacidad de actuar y performar. Donde no hay un mundo sino constelaciones coconstruidas, mundizaciones donde coexisten lenguajes y entidades de escalas diferentes. Este animismo material es pragmático, no sostiene ningún tipo de esencia que unifique las entidades más que el hecho mismo de su existencia, presente, pasada o futura. Un animismo sin alteridades prístinas, para el cual no solo animales, vegetales y minerales tienen agencia sino también quienes han muerto, las ideas que pensamos y las creaciones de la imaginación: porque influyen, transmiten, movilizan, se transforman y nos transforman. Son capaces de ciertas acciones y nos vuelven capaces de otras.
(…)
Animismo y materialidad, entonces, que obligan a desobedecer la división sexual de la escritura, porque la división entre lo objetivo y lo subjetivo, entre las zonas de la verdad y las de la ficción, se desdibuja si cada mundo se coconstruye entre entidades diferentes y no jerarquizables. Siempre se tratará de ver cómo se encuentran hechos y narraciones, quién cuenta y dónde. No se trata de cambiar los agentes del dispositivo textual, reeditando algún tecnobiologicismo, sino de transformar al dispositivo textual. Escrituras como contraconjuros, imaginales, cuir, escrituras del esto, nepantleras, lesbianas, indómitas…
(…)
Mientras las plataformas sueñan con la desmaterialización total de las existencias, hay escrituras que son textiles al ras del suelo, hiladas según las singularidades de los encuentros sensibles. Escrituras que nos permiten especular con aquello que decía Whitehead y que Stengers recuerda: quizá el universo sea un gran enredo de afectaciones e intensidades, visibles e invisibles.