Desvíos y traiciones literarias / Liliana Díaz Mindurry

Desvíos y traiciones literarias
Liliana Díaz Mindurry
Madrid, Huso Editorial, 2025

La literatura como una magia que incomoda

Por Andrés Manrique

Más que un ensayo, una visión
En el ensayo Desvíos y traiciones literarias, Liliana Díaz Mindurry trabaja con valencias altas de la lengua: valencia en sentido químico, es decir, en la capacidad que tiene un elemento para combinarse con otros. La autora parece estar conectada a una energía que procede más de una visión precartesiana que de un pensamiento subsidiario de la mercadotecnia presente: “Descomponer, desinstalar, corromper, desordenar, separar, desarmonizar. Fue lo primero que Teresa Martino escribió aquella lejana primera vez, suponiendo que hubo una primera vez”, dice el narrador del cuento que tituló como “Lo que no se debe decir”, reunido En el fin de las palabras (1992). Habrá que romper los recipientes para que el sentido derramado destape las operaciones de la imaginación. La insubordinación, en el mejor de los casos, es una forma de decir algo más allá de la determinación histórica “desde algún silencio hilvanado con hilos de rumores”.

La palabra como pura invención
En el ensayo, la palabra literaria llama a la palabra literaria. No interesan los referentes: tal vez solo se exista por fuera de lo que se es. Acaso porque el “es” tiene poco o ningún sentido en la poesía, así como en la narrativa de la autora; quizás porque hacerle perder base al “es” sea lo que Díaz Mindurry viene programando quirúrgicamente desde hace algunas décadas a través de su literatura. Y por ello el signo no está en lugar de otra cosa, sino en su justo lugar, o sea, ninguno. Porque la cosa a la que alude es un instantáneo aparecer-desaparecer.

Mientras la palabra se busque como nombre de otra cosa, la distancia se mantendrá intacta y la ilusión aumentará su fuerza de proyección contra el mundo que achata. Díaz Mindurry se solaza en la virtud profana de enunciar desde un lenguaje que altere ese mundo. La belleza es el relampagueo en que las tinieblas se abren para inmediatamente volver a cerrarse desde una lengua cuyas coordenadas muerden las palabras de mundos inventados para personajes inexistentes. El problema sale a la luz cuando la superficie convoca más que lo que requiere de lateralidad, paradoja, torsión, desdicha, paralelismo y malentendido; cuando se expone lo superficial como pura transparencia.

En su rol de ensayista, ofrece claves de lectura desde los epígrafes que encabezan cada uno de los siete capítulos. Ante el hueco que la palabra aspira para soltarse en una sustancia en que nada hace pie, pero tampoco flota. Podría hablarse de ingravidez o inconsistencia si aún pudiéramos constatar gravedad o sustancia, pero sería reducir aquello que queda a la orilla del lenguaje, aunque tropiecen las palabras con sombras cansadas donde únicamente crece lo que se inventa.

Con gran compacidad, Díaz Mindurry consigue piezas pulidas donde los ojos del pensamiento se cascan como huevos secos que sueltan pequeños cantos. Canto rodado que se desconoce si puede romper el vidrio para liberar el calor confortable. O tal vez piedra ambarina que soltará el gen del cual brotará la manada de velociraptors para desollar la tierna imbecilidad de nuestra especie; para dejarnos de nuevo temblando, como criaturas desamparadas.

El ensayo acecha siete costados de lo literario. Costados de un cuerpo sin perímetro, volumen ni superficie.

I. La incómoda magia

Hay que comenzar por decir que la literatura no ordena nada –dice la autora–, sino que muestra las aberturas del caos. Por eso llama a Legión, es decir, a la multiplicidad que compone el tejido textual. Todo orden es pretensión de cierre, apuesta a la indicación de un sentido; tanto en la orientación física –si es que algo así existe– como en la zona mucho más inestable de lo que pueda conocerse. De aquí que el sentido nunca tenga la acepción de camino, guía o destino. Y por eso el efecto de toda obra literaria “siempre será y lo repito hasta que pueda aceptarse: la perturbación”, enfatiza la autora de Pequeña música nocturna (1998). El mundo como una interpretación metafórica y fragmentaria. Una hipótesis que corrompe voluntariamente las certezas cómodas de la Unidad. La inquietud del pensamiento. La idea para nada tranquilizadora, junto a Camus, de que pensar es comenzar a ser minado.

II. No hablo del mal cuyo limitado imperio es la ética, hablo del infinito

¿Y qué más perturbador que la mezcla entre absurdo y angustia?, se preguntará. Basta haber leído cualquiera de sus novelas: Summertime o Hace miedo aquí o Lo extraño, incluso sus cuentos o su poesía, para haber catado esa poción potente que mezcla el absurdo con la angustia. Y esa aleación (más que mezcla) observada por la multiplicación de la mirada en la pretensión de alguna clase de unidad se autodestruye. Por lo cual literatura es aventura que alimenta al Minotauro para que triunfe sobre Teseo. Y para que ate con el hilo de Ariadna la lengua del héroe, y se la cuelgue como insignia: amuleto que ostente la inmunidad de lo monstruoso. Quizás porque la soberbia en la historia oficial de Teseo asesinando al Minotauro sea otra forma de la infamia con que se disfraza la falta de alcance que tiene la razón.  

III. Un malestar al borde del placer

La gramática brutal de la paradoja quiebra las situaciones cotidianas. Existe el ombligo tuerto del deseo que, en palabras de Díaz Mindurry, dice: “Sexos separados por tabiques” o “Nubes como trapos sin lavar en un cielo roto”. Una economía de la desgracia. Una visión múltiple de lo inhóspito. Una matemática sin ceros. Una química sin tabla periódica. Una apología de la oscuridad. Preguntas en las que el signo es el gancho donde quedamos colgados de la nuca, boqueando. La fragmentación como cara de la Unidad. La continuidad como ilusión miope para conformar algo que habría de existir en un mundo que no es. Un yo que no puede aislarse, constituido como está por lo múltiple que lo descose: “El tema de la literatura es, tal vez, (como en Proust) la profanación. Profanar es imponer la contigüidad de lo que perturba… un tejido de múltiples aberturas, donde yace escondido el caos primigenio”.

IV. Un malestar al borde del placer

Nacida del malentendido y de la palabra ambivalente la literatura es capaz de no cerrarse ante las oscuridades. Oscuridades que remiten a un Sujeto que no sabe quién es, cuya mirada está en ninguna parte, pero donde el malentendido es norma. La norma que se diversifica y corrompe cuando la ley es pura excepcionalidad, y la excepción es virus.  

V. “Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?”

Esta cita de Clarice Lispector se dirige a la misma zona: “La escritura nos lleva a la rabia del silencio anterior al lenguaje”, dice la autora como si escribir tuviera un parentesco no muy lejano con el gesto de arrancarle con los dientes la lengua a quien besamos, arrancarse la propia, escupirla y luego anudar una con otra para olvidar la lengua. Para poder volver a abrir la boca. ¿Cuál sería el silencio que provocaría Dios si existiera y además quisiera mostrarse entre la gente?

VI. La tarea literaria es entonces decir que cada cosa es todas las cosas:

“El placer de entender que todo es mucho más complejo”. Porque el facilismo tiene una cualidad más vinculada al goce, que se agota en el acto del consumo y llama a más consumo de lo mismo hasta volver deseable lo que antes asqueaba, y viceversa. Es conocida la cita de Max Horkheimer sobre el niño que, mirando la luna, pregunta acerca del producto que estaría promoviendo eso que cuelga del cielo: tal la distancia a la que nos hemos puesto con respecto a la naturaleza.

El actual sistema económico político ha sustraído las posibilidades de lo complejo. Manifiesta la posibilidad de lo transparente como total experiencia. La falta de inocencia y la intencionalidad pretenden hacerla pasar como las grandes cualidades del hombre racional. Nada más idiota que la pretensión de simpleza, que la denodada práctica de lo llano. Donde hay un ser humano hay Legión, donde hay legión existe lo diverso, lo que abre, lo travieso, lo prohibido, lo absurdo, lo podrido, lo abyecto. Todo es difícil, complejo, paradojal, marginal. No importa si gusta, si divierte; no interesa si interesa. A la vida nada de eso le incumbe. Y la vida se hace vida en la altísima complejidad de variables que intervienen.

VII. La paradoja produce un goce sin certeza

 “Ese combate inútil, esa tiniebla que apenas se entreabre para volver a cerrarse, es, a mi entender, la belleza”, dice Liliana Díaz Mindurry en este libro, que es un ensayo y que son siete y son Legión. Legión conformada por lecturas que van de la Biblia a Borges y a Proust, pasan por Onetti, Lispector, los Upanishad y Kafka, y fundamentan mucho más que ideas, una visión. Un ensayo mucho más que literario, que vuelve más profundo el misterio.