El modo prodigioso / Matías Aldaz

El modo prodigioso
Matías Aldaz
Buenos Aires, Patronus, 2025

Algo entre saber e imaginar

Por Lara Segade

Lavar la ropa a mano, armar un cochecito y después desarmarlo, untar crema en una cicatriz, disolver media aspirineta en agua de bajo sodio en una cucharita de té, escribir una fecha y una lista de nombres, con tiza, en un pizarrón, poner en un estante el dibujo de un barco o, sobre la mesa, una semilla de lino, sacarle a un hijo la primera foto de su vida con el celular.

En las tareas de cuidado que se suceden en los nueve poemas de El modo prodigioso, de Matías Aldaz, se trata con objetos en cuya materia reverbera también algo inmaterial: palabras, imágenes, pensamientos, ideas, toda clase de sentimientos.

Al armar el cochecito, el padre intenta imaginarse al hijo por nacer, “arriba / durmiendo / plácido”, pero no puede.

En otro poema, el padre se despierta de repente en medio de la noche: “y no sé qué fue”, dice, “quizás algo de intuición / que miré debajo de la cama”. Descubre ahí dos montículos de ropa sucia que en ese mismo momento, mientras amanece, va a lavar a mano. “La ropa tenía olor / a leche vieja y a tierra / y también a palmeras”, huellas del hijo que quedaron en las dos prendas que usó la última noche que pasaron juntos y que de algún modo lo evocan o, más aun, lo traen: “pensé en Lorenzo / hacía un semana / que no lo veía // jamás había pasado / tanto tiempo”. 

“¿Quién las / metió ahí?” se pregunta el padre, y la respuesta, ahora sí, consigue imaginarla: “enseguida imaginé su risa / sus dos dientes inferiores / sus dos superiores”

Para el hijo, en cambio, desde el primer poema del libro es claro que lo que vemos no es todo y saluda desde la ventana del departamento a aviones que escucha, pero no ve. El padre, mientras tanto, lo mira a él, mira “su cara de fábula y asombro”, y dice: “en ese instante sé que el avión / abre las compuertas y despliega / el tren de aterrizaje”.

Extiende así lo que sabe sobre lo que no ve y, más ampliamente, sobre todo eso que no sabe: como ese “no sé qué fue” que lo despertó; o en el parto: “asisto a algo / que también me desborda / que no tiene método / y que no sé bien que es”.

Se trata de un saber débil, como toda certeza, pero que sin embargo está ya convirtiéndose en otra cosa. Apenas una hora después del nacimiento, cuando el padre va a buscar a su hijo a neonatología siente el llanto de un bebé y se dice, sin saber cómo ni por qué: “ese que llora es Lorenzo”. Forma de saber nueva que no es del todo saber, más bien es, en parte, no saber. Pero tampoco es en verdad una imaginación, como no imagina Lorenzo los aviones que saluda, invisibles, en el cielo. Es algo que está entre saber e imaginar y que tal vez tenga que ver con la fe.

Es la fe a la que se consagra el hijo cuando pronuncia por primera vez su nombre, con una ligera variación –dice loló, en vez de lolo–, y de ese modo prodigioso inscribe su marca en la historia que trae su nombre, como traen una historia todos los nombres, todas las palabras y todas las cosas.

“Tu bebé tiene el tamaño / de una semilla de lino” lee en una página de internet el padre en la semana 6 del embarazo. ¿Y qué hace? Va a una dietética y compra unas semillas de lino, toma una y la deja sobre la mesa hasta la siguiente semana. Antes había preguntado en la dietética: ¿para qué sirve? Como si hubiera algo en el lino que motivara la comparación. ¿Por qué, si no, lino y no cualquier otra cosa del mismo tamaño? Como si el lino pudiera predicar algo sobre el hijo, invisible todavía dentro de la panza de la mamá.

Y es que este es un padre que escribe y sabe que no da lo mismo un nombre que otro, una palabra que otra, una metáfora que otra.

Cuando en el curso de preparto la doctora dice que el nacimiento es como un terremoto, el padre enseguida pregunta: “pero / ¿él es / un terremoto? / ¿nacer es / un terremoto? / o ¿se nace mientras / hay un terremoto?

“Papá / no importa eso”, responde la doctora sonriendo. Para alguien que escribe, sin embargo, pocas cosas importan más.

Y en efecto, ¿no reside en las metáforas la posibilidad de ver no solo lo que está ahí, no solo lo que es, sino también lo que parece, lo que puede ser, lo que puede llegar a ser? Según Anne Carson, “Las metáforas le enseñan a la mente / a disfrutar del error / y a aprender / de la yuxtaposición entre lo que es y lo que no es”.

Cuando el padre se mira en el video del parto, justo después del terremoto, dice: “ahora podría afirmar / que ése del video / no soy yo
y de verdad / no soy yo / es otra persona / que se parece / demasiado a mí”

Así, el nacimiento, que Matías define como un primer encuentro con la gravedad, es una fuerza que se opone a otra: la que hace el mundo para quedarse siendo el que es. En esto, el nacimiento se parece a la poesía.

En el primer poema, “Los aviones”, el padre y el hijo coinciden en “un sapucay al unísono / perfecto” y después se ríen, y la risa destella contra el vidrio. Dos pares de ojos recién abiertos frente a la ventana por la que no se ve un avión en el cielo, frente a ese mundo que se ve igual al de antes pero en el que todo es nuevo, frente a ese mundo recién abierto dentro del mundo o, mejor, ese mundo recién descubierto dentro del mundo porque tal vez, como observa Leo Oyola en la contratapa, ya estaba ahí, frente a nuestros ojos, solo que no lo veíamos.

Este libro, entonces, no trata de lavar ropa, armar y desarmar cochecitos o muebles, dar remedios, llevar, traer, ordenar, hacer listas, hacer compras, hacer dormir, aunque de eso se trate también tener un hijo. Más bien, descubre el modo prodigioso de esas tareas cotidianas, un modo que quizás podríamos llamar amor, y las convierte en algo que no reconocemos de inmediato, y a lo que por eso mismo le prestamos atención. Adquiere ahí, este libro, su propia fuerza, una fuerza que trabaja en contra de los modos acostumbrados, de lo que hacemos siempre igual y entonces ya no sabemos si lo hicimos o no y es como si no lo hubiéramos hecho, en contra de esa parte de la vida que todos los días cae en el olvido; en contra de quedarnos con lo que vemos, con lo que sabemos, con lo que es: en contra de quedarnos siendo quienes somos.


Buenas decisiones

ahora él duerme
en el cochecito
que le compré
un mes antes de nacer
en un local a pocas cuadras
de mi anterior departamento

el cochecito venía
en una caja grande
y la señora que me atendió
se llamaba igual a mi mamá
y tenía exactamente
la misma cantidad de años

me mostró uno y otro
con cuatro ruedas con tres
para pasear para correr
liviano pesado
negro gris beige

cuando terminé de elegir
me preguntó
cómo iba a llevarlo
si me lo mandaban con el flete
que era gratis

a pie
vivo acá nomás

le dije

me contestó
que no iba a poder
que la caja era pesada
y muy incómoda

yo le dije que sí
que la llevaría
sin ningún problema

te puedo hacer unos huecos acá
para poder agarrarla mejor
¿querés?

yo dudé
y antes de que le dijera nada
clavó con fuerza
el cúter en el cartón
y le hizo dos huecos
desprolijos a los costados

mientras cortaba me preguntó
de cuántos meses estaba la madre
si estábamos casados
si era nene o nena
cómo se iba a llamar
si ya le habíamos comprado ropa
si tenía su propia habitación
y por último dónde iba a nacer

en el otamendi
contesté

ahí no te dejan salir
con los recién nacidos
si no van adentro del huevito
y con el gorro puesto

me dijo

sus ojos también eran parecidos
a los de mamá
aro verde
centro marrón

cuando terminé de pagar
y alcé la caja
desde los huecos
que le había hecho
me dijo
que tengan mucha suerte
y sobre todo el pequeño camilo
o Lorenzo
o como lo decidan llamar

la caja era muy pesada y alta
y tenía que frenar
cada veinte metros
para poder descansar
y cambiar de posición

todo el camino
lo hice pensando
en la suerte que me había deseado
la señora del local comercial
y me dije en voz muy baja
casi un susurro
matías
a la suerte hay
que acompañarla
siempre
con buenas decisiones

tardé más de una hora
en llegar al departamento

saqué las piezas
y armé el cochecito
con todos los accesorios
el ruido del encastre
la lona desenrollándose
el fulminante olor a nuevo
lo llevé hasta el centro del living
rodaba suave
sobre el piso de madera

le saqué varias fotos
desde todos los ángulos
y se las mandé a la madre

enseguida me llamó
estoy tan contenta
fue lo primero que me dijo
vamos a poder ir
a cualquier lado
los tres juntos

dijo después

y se puso a llorar
cuando corté
miré el cochecito
durante un largo rato
en silencio
intenté imaginármelo
a él
arriba
durmiendo
plácido
(justo como está ahora)
pero no pude

me paré
y me puse a desarmarlo

pieza
por pieza

devolví todo
a su debido lugar


 Como un terremoto

la boca hinchada
la nariz como papel
los ojos irritados
una pátina crema
mal distribuida
por toda la cara
envuelto en una manta ocre

y la enfermera
que me toca el brazo y me dice
sacale una foto

y yo
que entre
los minutos anteriores
a su nacimiento
y esas palabras de la enfermera
no recuerdo haber vivido
un solo instante

entrar al mundo
o salir al mundo
un entrar y salir
que es exactamente lo mismo

para la enfermera
en aquel momento
en una sala contigua

blanca y angosta y profunda
no había otra cosa que hacer
más que sacar una foto

y la enfermera
insistió
papá
sacá la foto

y recién ahí busqué el celular
me agaché y le saqué
la primera foto de su vida

Lorenzo mira a la cámara
la pátina mal distribuida
la nariz como papel
los ojos irritados
la boca hinchada
la manta que lo envuelve
y una mano en látex
que lo sostiene desde el pecho

unos pocos días antes
en una charla informativa
la doctora había dicho
que el nacimiento
era como un terremoto

me quedé en silencio
mirando a esa mujer
vestida de blanco
con anteojos de marco grueso
que también se había quedado callada
como yo

enseguida pregunté
pero
¿él es
un terremoto?
¿nacer es
un terremoto?

o ¿se nace mientras
hay un terremoto?

la doctora se sonrió
y me dijo
papá
no importa eso
sólo quiero que sepas
que va a haber un terremoto
y que de un terremoto
siempre se nace

de inmediato recordé
que cuatros años atrás
yo había estado
en un terremoto

la tierra moviéndose
hacia arriba
hacia abajo

estatuas y césped
un árbol
también un monte
una escalera
todo en movimiento

y un arqueólogo
que me preguntó
si había visto caer
alguna piedra de la pirámide
que estaba justo delante mío

solo dije
no
pero me hubiese gustado
quedarme en silencio
por mucho tiempo

y el arqueólogo
que se sonrió igual que la doctora
me dijo
no hay mejor lugar
para vivir
un terremoto
que éste

hay un video
en el que se ve el exacto momento
en que Lorenzo se desprende furioso
del cuerpo en vertical de la mamá

segundos después
de que la obstetra
hiciera un pequeño corte
y colocara un líquido marrón
para disiparlo con una gasa

Lorenzo como un desborde
de algo eléctrico

la obstetra lo agarra
lo sostiene y enseguida le cambia
la dirección que traía
desde hacía meses

su primer encuentro
con la gravedad
ir hacia abajo
ir hacia arriba
en ese momento
también es exactamente lo mismo

al fondo
vestido todo de verde
se me ve a mí con la cofia puesta
doy un paso hacia delante y me vuelvo
me agarro la cabeza con una mano
doy otro paso hacia adelante
y me vuelvo
me agarro la cabeza con las dos manos

asisto a algo
que también me desborda
que no tiene método
y que no sé bien qué es

ahora podría afirmar
que ése del video
no soy yo

y de verdad
no soy yo
es otra persona
que se parece
demasiado a mí
y lo repito
ése no soy yo
se ve claro que es alguien
que se transforma en viento
y polvo

al final
le saqué a Lorenzo
la primera foto de su vida
y luego firmé un permiso
para que pudieran llevárselo
a la sala de neonatología

pasada una hora
cuando fui a buscarlo
apenas se abrió la puerta del ascensor
sentí el llanto de un bebé

de inmediato
no sé cómo
ni por qué
me dije
ese que llora es Lorenzo

entré sin golpear
y apenas me acerqué
a un cochecito transparente
que estaba al fondo de la sala
el llanto paró

las enfermeras
que ni se habían dado cuenta
de que yo ya estaba ahí
se dieron vuelta

una de ellas
me dijo
sin dudas
vos sos el padre

salí de ahí con Lorenzo
en el cochecito

lo guié por un pasillo
por otro

con tranquilidad empezamos
a acortar todas las distancias