
Canto ceremonial contra un oso hormiguero
Antonio Cisneros
Buenos Aires, Nebliplateada, 2025
Nueva edición de esta obra capital de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Notable edición, incluye una entrevista que el poeta argentino Néstor Colón le hizo a Antonio Cisneros en Lima, 2009.
Crónica de Lima
Para calmar la duda
que tormentosa crece
acuérdate, Hermelinda,
acuérdate de mí.
“Hermelinda”, vals
Aquí están escritos mi nacimiento y matrimonio, y el día de la muerte
del abuelo Cisneros, del abuelo Campoy.
Aquí, escrito el nacimiento del mayor de mis hijos, varón y hermoso.
Todos los techos y monumentos recuerdan mis batallas contra el Rey de los Enanos y los perros
celebran con sus usos la memoria de mis remordimientos.
………………………………..(Yo también
harto fui con los vinos innobles sin asomo
de vergüenza o de pudor, maestro fui
en el Ceremonial de las Frituras).
……………………….Oh ciudad
guardada por los cráneos y maneras de los reyes
que fueron los más torpes –y feos– de su tiempo.
……..Qué se perdió o ganó entre estas aguas.
Trato de recordar los nombres de los Héroes, de los Grandes Traidores.
Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.
Las mañanas son un poco más frías,
pero nunca tendrás la certeza de una nueva estación
–hace casi tres siglos se talaron los bosques y los pastos
fueron muertos por fuego–.
………………El mar está muy cerca, Hermelinda,
pero nunca tendrás la certeza de sus aguas revueltas, su presencia
habrás de conocerla en el óxido de todas las ventanas,
en los mástiles rotos,
en las ruedas inmóviles,
en el aire color rojo–ladrillo.
……………………………..Y el mar está muy cerca.
El horizonte es blando y estirado.
………………………………………Piensa en el mundo
como una media esfera –media naranja, por ejemplo–
sobre cuatro elefantes,
sobre las cuatro columnas de Vulcano.
………………………………………Y lo demás es niebla.
Una corona blanca y peluda te protege del espacio exterior.
Has de ver
………..4 casas del siglo XIX.
………..9 templos de los siglos XVI, XVII, XVIII.
………..Por 2 soles 50, también una caverna
donde los nobles obispos y señores –sus esposas, sus hijos–
dejaron el pellejo.
…………..Los franciscanos –según te dirá el guía–
inspirados en algún oratorio de Roma convirtieron
las robustas costillas en dalias, margaritas, no–me–olvides
–acuérdate, Hermelinda– y en arcos florentinos las tibias y los cráneos.
(Y el bosque de automóviles como un reptil sin sexo y sin especie conocida
bajo el semáforo rojo.)
……………….Hay, además, un río.
Pregunta por el Río, te dirán que ese año se ha secado.
Alaba sus aguas venideras, guárdales fe.
Sobre las colinas de arena
los Bárbaros del Sur y del Oriente han construido
un campamento más grande que toda la ciudad, y tienen otros dioses.
(Concierta alguna alianza conveniente.)
Este aire –te dirán–
tiene la propiedad de tornar rojo y ruinoso cualquier objeto al más breve contacto.
Así,
tus deseos, tus empresas
……………………….serán una aguja oxidada
antes de que terminen de asomar los pelos, la cabeza.
Y esa mutación –acuérdate, Hermelinda– no depende de ninguna voluntad.
El mar se revuelve en los canales del aire,
el mar se revuelve,
es el aire.
……….No lo podrás ver.
Mas yo estuve en los muelles de Barranco
escogiendo piedras chatas y redondas para tirar al agua.
Y tuve una muchacha de piernas muy delgadas. Y un oficio.
Y esta memoria –flexible como un puente de barcas– que me amarra
a las cosas que hice
y a las infinitas cosas que no hice,
a mi buena o mala leche, a mis olvidos.
…………….Qué se ganó o perdió entre estas aguas.
Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.
Fragmento de «Poeta se nace», entrevista a Antonio Cisneros
Por Néstor Colón
[Publicada originalmente en la revista Lamás Médula, 2009]
En la primavera de 2009 viajé desde Buenos Aires a Lima para hacerle una entrevista al poeta Antonio Cisneros. Llegué a última hora de la tarde, me alojé en un hostel y a la mañana siguiente, diez en punto, me anunciaban en el Centro Cultural Inca Garcilaso, en el que Antonio se desempeñaba como director. Lo primero que manifestó fue su incredulidad por el hecho de que alguien recorriera 4000 km para hacerle un reportaje cara a cara. Le saqué la primera sonrisa al responderle que ya no era aquél ignoto y solapado poeta que en la librería Studium esperaba por algún estudiante que se decidiera a comprar su ópera magna. No fue la única sonrisa. Antonio era dueño de un humor inteligente, con un interesante manejo de la ironía, tal como lo testimonian muchos de sus poemas. Y así, entre risas y sobreentendidos, transcurrió aquello que rápidamente se transformó en una familiar charla, como de sobremesa. Y resultó tan grata la conversa que perdimos la noción del tiempo. En un momento ingresó su secretaria para informarle que nos habíamos excedido más de una hora de lo pautado, y que afuera lo esperaban tres personas que tenían cita previa. Nos demoramos un rato más y luego salimos al pasillo en donde me presentó a las personas que lo esperaban, informándoles que yo exclusivamente había viajado desde Buenos Aires para hacerle una entrevista. Y para mi sorpresa, aunque calculo que también habrá sido general, me llevó a conocer ese hermoso edificio de arquitectura colonial en el que trabajaba. En fin, unos quince minutos más habrá durado la «visita guiada» por uno de los poetas más importantes del continente. Cuando finalmente salí a la calle con varios de sus libros bajo el brazo, la felicidad no me cabía en el cuerpo.
Néstor Colón —Comencemos por el principio, por la infancia, ¿qué recuerdos tenés?
Antonio Cisneros —Bueno, mira, yo me atrevo a decir que he tenido una infancia anodina. No tiene ningún elemento de tragedia, ¿no? Tampoco la recuerdo como la etapa más feliz de mi vida. Un muchacho común y corriente de la clase media, nunca fui repudiado por mis padres como le sucedió al escritor José María Arguedas o a la cenicienta, que los dos dormían en una canastita al lado del fogón. Tampoco recuerdo grandes alborozos y arrebatos familiares, nada, un hogar normal de clase media normal, fui al colegio, no fui ni el mejor ni el peor, jugaba al fútbol, tampoco era un genio, y en el barrio era un muchacho más, no era ni de los gorditos que no los dejan jugar si no traen su pelota, ni tampoco el bacán del grupo, realmente una infancia perfectamente anodina en promedio.
—¿Había libros en tu casa?
—Sí, eso sí. Mi padre era un empleado, un funcionario de comercio, era un gerente. Por lo pronto, no era un intelectual exactamente, no lo era. Pero sí tenía una biblioteca interesante, muy de su época, por supuesto, con muchas biografías noveladas de Stefan Zweig, algunos libros de la editorial Claridad de Bs. As. Y tenía una serie interesante de obras de teatro y clásicos de la literatura. Era un hombre al que le gustaba leer, entonces yo, desde niño, estaba acostumbrado a ver una biblioteca que no era ninguna maravilla, pero simpática, con su armario, con sus puertitas con vidrio y un satisfactorio contenido.
—¿Cuál fue tu primer contacto con la poesía?
—Por supuesto que en el colegio, ¿no? Recuerdo algunos versos clásicos del Siglo de Oro, alguna cosa de Góngora, de Quevedo. Pero muy pronto también la lectura de poetas como José Santos Chocano, un poeta modernista, sonoro, recuerdo un poema que comienza: Soy el cantor de América, autóctono y salvaje (risas). Un poco después vendrán César Vallejo, José María Eguren. Además, había una cosa curiosa, mi tío bisabuelo, Benjamín Cisneros, era un poeta romántico, muy malo, no, pero de todas maneras muy famoso por una oda a Santa Rosa de Lima. Desde chiquito vi el libro que estaba en mi casa. Era el libro que conmemoraba, no sé… 50 años que había sido coronado poeta de Lima, no sé qué significaba haber sido coronado poeta de Lima, estamos hablando de mil ochocientos cincuenta y tantos. Entonces, la palabra poeta no me sonaba rara, ¿te das cuenta? No es que yo dijera «ah, la poesía!» o que tuviera una gran conciencia de eso. Quiero decir, la palabra poeta era una cosa normal en mi casa; así como se hablaba de futbolistas también se hablaba de poetas, no me sorprendía. Y después, poco a poco fui teniendo más contacto con la poesía, te digo que me interesó desde segundo o tercero de secundaria, lo que no quita, por si acaso, que yo escribía poesía antes… desde los ocho o diez años. Escribía un montón, para el día del padre, el día del maestro, el día de la virgen, de la patria. Estaba convencido… y no sólo poesía, también escribía obras de teatro y novelas, probablemente eran todos unos adefesios, pero yo tenía una convicción absoluta de lo que hacía. Después, hablando de una escritura más o menos con responsabilidad, una poesía para publicar, etc., eso llega con el paso por la universidad, allí comienza esto que he llevado más o menos en serio, no exageremos tampoco.