
Museo del corazón del kamikaze
Fernanda Mugica
Paraná-Rosario, Nutrias Espaciales, 2024
A mitad de frase
Por Julieta Sbdar Kaplan
Hace unos meses, en un café, Fernanda me habló de las relaciones espurias. Veníamos de un seminario sobre Inteligencia Artificial, yo no había entendido nada, y ella me empezó a contar sobre ese vínculo aparente entre eventos que en realidad, dijo, no tienen ninguna relación causal.
La vida de Fernanda está plagada de casualidades: piensa en una palabra y aparece, acto seguido, en las luces de neón de un café; se encuentra a personas improbables en parques gigantes que la llaman por su nombre o detrás de la ventana de un bar en una ciudad lejana; el mundo decide, un día, hablarle en griego, y todo lo que la rodea toma un aire helénico. Y así sucesivamente: las cosas parecieran hablarle en una lengua secreta que solo ella entiende, envolverla de un aura sagrada hecha de un idioma silencioso. Yo no sé si son casualidades o si, en realidad, se trata de una atención aguda, agudísima, por el mundo que la rodea y que ella observa callada, por las marcas que sobrevuelan a las cosas, por el significante que flota desapercibido para el resto y que a ella, como buena poeta, se le revela significativo, hablante. Y esa atención feroz por el mundo, esa sensibilidad para leer signos, atraviesa, como una flecha muda, su escritura.
Abro con esta referencia biográfica porque ahora, releyendoMuseo del corazón del kamikaze, intentando captar su latido, me quedo agarrada de una estrofa del último poema, “con rabia”, que dice:
hay como algo en las subordinadas
o en los verbos
o en esa puta prueba de la concordancia.
Me da risa el desparpajo con el que los poemas de Fernanda putean (como ese que dice “mar del plata endogamia, sectaria y pelotuda”). Entonces me quedo en eso que me hace reír, la puta prueba de la concordancia: prueba escolar que permite identificar el sujeto de una oración cambiando el número del verbo (ejemplo: el gato maúlla, los gatos maúllan). Esa prueba que muestra la relación causal, sintáctica, entre sujeto y predicado, se encuentra en las antípodas de la poesía de Fernanda, poesía que no hace sino mostrar el desajuste, el desfase, entre eso que parece dado: sujeto y verbo, oración principal y subordinada, padre e hija, mujer y ciudad de nacimiento.
Museo del corazón del kamikaze, título que arma, desde su enunciación, una subordinación improbable, espuria, se sustrae a las relaciones obvias, supuestamente naturales, genealógicas: familias, herencias y linajes se caen, se descosen, se descarrilan y quedamos, ante este libro, como “a mitad de la frase”, detenidxs en una pregunta sin signo de interrogación, hundidxs en el abismo de una preposición, envueltxs por las relaciones casuales, y no causales, que arma su lengua: entre un cóndor andino y su huevo, entre un ladrillo retak y la tienda Easy, entre las botas y el corazón. Entonces creo intuir que lo que pasa en sus poemas es, justamente, una política de la casualidad, de las cosas que no concuerdan, que le huyen a la puta prueba de la concordancia, pero aparecen juntas, y en su aparecer juntas arman otra trama.
Googleo “espurio” y el diccionario arroja: “bastardo. Que degenera de su origen o naturaleza”. En un texto hermoso que escribió hace unos días, Fernanda habla sobre el expediente de su juicio de filiación y dice que la literatura argentina está obsesionada con el linaje: busca filiaciones, genealogías, apellidos paternos, influencia; incluso cuando se obsesiona con la muerte del padre, la ruptura del linaje, la emancipación o la orfandad, eso (¿el fantasma del apellido?) insiste. Los poemas de Museo del corazón del kamikaze, en cambio, afirman “no soy la hija de”: son poemas espurios, bastardos, que no reniegan de ningún nombre del padre porque este no existe, lo único que existe es una sombra, una letra muda, una H.
Quiero decir unas palabras sobre la H, letra que inunda, silenciosa y relinchosa, los versos de este libro. La H toma la forma de una “reja de hierro” que protege a esa que aprende a escribir; de un interlocutor ausente, “querido h”; de un “sonido [que] ya no tuviera nombre / que se llamara / hh hh hh / hh h hh / hh hhhhh”; de una F que “quedó muda”. H de hija, H de hombre, H de herida, H de herencia, pero también H de palabras que no la tienen, H “de humbral y de halucinación”, o de sonidos que no llegan a ser palabra, H de relincho. Impronunciable, muda, sombra de un nombre ausente, la H traza en la escritura eso que no hay. Grafos de lo ausente o error de ortografía, la H insiste y quema: “como cuando sacaste la H de hormigón / y prendimos un fuego sobre la letra muda”. Deja constancia de un hueco que ningún expediente, ninguna ficción, pueden inscribir; de eso que falta (“querido h”) pero también de eso que sobra (“halucinación”) como un “extra / en tu propia vida”: “yo sólo estoy buscando / materiales para la ficción / por eso dije ¡gracias! / cuando me iba / aunque en verdad no me habías dado / una mierda / (salvo la vida / que no está bien ni mal son solo cosas / que pasan)”.
La H es lo mudo pero también el exceso tallado en la escritura: porque esa que escribe “no es la hija de” pero también es la hija de: es la hija de una madre que “enseña a escribir” y “al día siguiente te inicia en acortar las palabras”; la hija de una madre que no piensa en la herencia ni el origen sino en el “tiempo compartido” como aquel que intenta venderle un “promotor de Solanas”; es la hija de una “familia de mujeres / hadas ancestrales” y de una madre que da “un paso y otro” y que le hace un lugar a la hija niña en el micro, aunque el cálculo familiar parezca desajustado (“señora siente a su hija ahí / y la abuela al suelo”, dice el poema).
¿Qué lugar, qué letra, qué sonido entonces para esa que enuncia? ¿Esa hija de nadie, y a la vez hija de alguien, que lleva como inicial de su nombre el fósil de la mudez (“¿cuándo fue que la F / quedó muda”, se pregunta)? ¿Esa que mira el mundo con dolor, pero también con el corazón enamorado (“una y otra vez”)? ¿Esa “nena” que “sabe escribir / pero su nombre / sí / lo escribe mal / fer nada fer nada de / bajo estoy / yo / fer / nada”? ¿Ese yo que, en su nombre mal escrito, muestra el vacío de toda filiación, que corta, a fuerza de encabalgamientos, incluso el hilo que la une con las otras poetas, como Alejandra? ¿Qué modulaciones toma esa voz que por momentos es “extra de su propia vida”, por momentos una kamikaze que se estrella, por momentos la única pasajera de un micro vacío? ¿Cómo se enuncia desde la consciencia de ser “un tamaño de chica / diminuta, casi inexistente” pero “con rabia”, una voz por momentos animal que “en lugar de apellido” lleva “un relincho”? La Fernanda hecha de lenguaje mira el mundo a través de esa “reja de hierro con forma de H”: protegida y desprotegida por la letra, huella de un sonido que quedó mudo y que ahora la resguarda.
Museo del corazón del kamikaze es también un libro sobre el tiempo. Ese tiempo que “no hay”, como dice el primer poema, es un tiempo puntuado por las fechas: 1999, 1994, 1998, 2014. Leemos: “era 1994 traté de concentrarme en un partido de Boca”; “Francia 98 mamá se enferma por primera vez”; “2018 aparece la virgen / en un momento muy desubicado”; “Brasil 2014 mamá se enferma / por segunda vez”; “tiempo actual 2 de diciembre de 1890”, etc. El tiempo pasa, enferma a la madre, envejece a las ciudades, acorta las palabras: los poemas de Fernanda, al inscribir esas fechas, escanden de otro modo ese tiempo, lo desapropian de su transcurrir ascéptico y 2014 deja de ser el año del mundial; en 1999 “la noche del milenio”, nada ocurre; en el cumpleaños de sesenta de la madre el yo se distrae; el veraneo en Mar del Plata es fuente de “nada bueno”. Nada es obvio, nada concuerda, en las fechas de este libro.
En el poema, dice Derrida, la fecha es una firma. En las fechas de los poemas de Fernanda aparece su corazón, la “actividad normal”, pero también anormal, de su latido. A veces músculo, otras enfermedad, órgano que “se vende entero” en la carnicería, afecto partido, multiplicado por ocho, medido por un marcapasos, el corazón de estos poemas late a otro ritmo: el ritmo del kamikaze que se arroja al mundo sin seguir las leyes que rigen la vida y la muerte.
Ese corazón al que seguimos como espectadores en un museo es la gramática de la poesía de Fernanda, gramática que en nada se parece a la puta prueba de la concordancia: “alguien pregunta seño, ¿mar es una / preposición / no / respondo / y debería”. En esa gramática corrida, errónea, bastarda, espuria, interrogada “con rabia”, suspendida como los signos de interrogación que abren pero nunca cierran, en esa gramática que desordena el orden de los factores ( “qué te llegó primero / el mar o las palabras”), ahí, me animo a responderle tímidamente, ahí está el corazón de este libro, su revolución.
Poemas de Museo del corazón del kamikaze
con rabia
cortarme el pelo
con rabia
leer los libros
con rabia
hacerme el pap
con rabia
verte crecer
con rabia
tener amigas
con rabia
pensar en el barroco
con rabia
hacer tiempo
con rabia
un tamaño de chica
diminuta
casi inexistente
con rabia
¿será que a veces reconozco la pose
y no quiero aceptarla?
estoy tan acabada
si en la gramática estuviera la revolución…
un tamaño de chica
diminuta
casi inexistente
que está en la fiesta pero no está en la fiesta
un tamaño diminuto de chica
que está en tu corazón
pero no está en tu corazón
si en la gramática estuviera la revolución
si en la gramática estuviera la revolución
empezaría por
dije en
dije en la gramática
no dije la gramática es el espacio de la única revolución
dije en la gramática
quizás empezaría por
tener un sueño nítido
con rabia
que me crezcan las uñas
con rabia
respirar aire puro
con rabia
decirte que te quiero
con rabia
¿será que a veces reconozco la pose
y no puedo aceptarla?
¿qué se ensaña con qué?
te mato veinte veces antes de que te caigas
si en la gramática estuviera la revolución
me dejaría de joder con las palabras
me dejaría de joder con las cosas
me dejaría de joder con lo que quieren
las palabras que sean las cosas
y con lo que quieren las cosas que sean las palabras
le daría veinte puñaladas a cada verbo
y veinte más cuando los viera muertos
alegaría locura
qué sé ensaña con qué después de todo
no quiero decir nada
cada cosa que digo
siento que estoy rompiendo algo
¿nada que no esté roto en el lenguaje?
¿te deleita causarme el mayor daño?
¿qué sé ensaña con qué?
¿la saña la maleza la cizaña?
hay como algo en las subordinadas
o en los verbos
o en esa puta prueba de la concordancia
fijate acá
no vienen pero no cesan
de venir
no paran
de multiplicarse
una se pega a otra y otra a una y uno a otro y otro a uno a ese que lo precede y a esa que
la precede. crecen. no tienen forma. se multiplican y pululan.
dejá
no creo que encontremos la forma
quedate un rato acá
sin hacer nada
sin decir nada
también la rabia acaba con
la rabia
como el deseo acaba en el deseo
no importa
quedate un rato acá
quieto
sin hacer nada
sin decir nada
quizás sea esa
una revolución
diminuta
casi inexistente
si hacés silencio
se escucha un sonidito
como de unos gusanos
es algo que se pudre
sí, adentro
o desde adentro
y es la única forma de empezar a hablar
etcétera
un día ella te enseña a escribir
al día siguiente te inicia en acortar las palabras
dice no hay mucho tiempo
toma la reja de hierro con forma de H
que resguarda / la parte vidriada
en la puerta
la parte quebrada / del vidrio
la arroja en un contenedor
por allí entran:
sirenas
su cuerpo verde cubierto de escamas
su cara tersa
cantan
si alguien pregunta
por dónde entraron digo:
heredé la biblioteca
de un embajador argentino en Kenia
él enfermó de sida en los noventa
amigo de un amigo de la familia
y eso no es la verdad
aunque sea verdad
si alguien pregunta dónde
¡entraron! digo
un día ella te enseña a escribir
al día siguiente te inicia en acortar las palabras
dice tiempo no hay
toma la reja de hierro con forma de H
que le recuerda a
cantan
y cuando está por entrar
el que ya siempre
ha llegado
cantan:
re re re
re do# re
re do# re
mi fa# mi
así sonará para siempre la canción del
¿qué te llegó primero
el mar o las palabras?
nunca supe cantar y acompañarme
mi mente es un cassette de xuxa al revés
donde nunca habla el diablo
ahora cuando quedo
a mitad de la frase
las palabras se enfrían
se congelan lastiman
¡quédate ahí, Rose!
¡sigue moviéndote, Rose!
deseaba que el sonido ya no tuviera nombre
que se llamara
hh hh hh
hh h# hh
hh hhhhhh
pero para eso había que acortar las palabras
cuando digo
adentro soy vidrio
molido digo
todavía busco el ritmo
¿cuándo fue que la F
quedó muda
¿cuántas veces se abre
esa misma herida
un día ella te enseña a escribir
¿hay día siguiente?
Jack se hunde
si alguien pregunta dónde
digo entraron
y q llegó primero el mar
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