Un ciervo en tu memoria / Valeria Cervero

Un ciervo en tu memoria
Valeria Cervero
Buenos Aires, Llantén, 2025

Luces y resonancias en la niebla. Fragmentos de un diálogo sobre Un ciervo en tu memoria

(Texto leído en la presentación del libro)

Por Bárbara Alí y María Malusardi

B
”Una porción del abismo se siente casa,
pero cómo imaginar
paredes en medio de este viento”.

“Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo”, dice un poema de Pizarnik.

M ―“La poesía es, cuando menos, el intento de romper las paredes del zumbido hegemónico ―escribe Marcelo Cohen en su ensayo “El futuro de la lírica” ―, devolver al texto del mundo su carácter variable y, mediante tratos particulares con la palabra, impedir que las cosas se vuelvan definitivamente opacas y ajenas”.

B ―Devolverle al tiempo su condición vital, abrir, a través de la poesía, la escucha a esa pequeña voz del mundo, a la vez que hacerle lugar a la intemperie de un presente fracturado por los ruidos, la indiferencia, la anestesia que cae como nieve sobre los cuerpos.

M ―Aunque la nieve es bella, también puede ser mortal. Así que tomo, Bárbara, tu comparación para pensar en el ahogo o la muerte por congelamiento. Nuestros cuerpos anestesiados por la nieve. Mientras los ciervos pasean sus ornamentas que se confunden con las ramas de los árboles, e imprimen su andar sobre la nieve, el poema hace su descarga eléctrica. 

B ―Una descarga eléctrica, como un chispazo de otro tiempo y sobre todo la pregunta: ¿dónde buscar lo que sostiene?

Un ciervo en tu memoria: la imagen vuelve llena de una espectralidad ancestral.

M ―Como huellas de ciervos en la nieve, los poemas de Valeria.

B ―En una charla de café con María recordamos una película húngara, En cuerpo y alma. Un hombre y una mujer con una sensibilidad blindada por lo más atroz del capitalismo almuerzan juntos en su trabajo ―un matadero―, comparten conversaciones superficiales, intercambian monosílabos. Ambos sueñan, sin saberlo, con el mismo ciervo, con su mirada animal, la nieve cayendo como una música silenciosa.

¿Qué pide/dice/reza ese animal desde ese lugar tan remoto y tan íntimo del sueño?

M ―El ciervo busca en la memoria, que es una recreación animada y distorsionada de los recuerdos, la colisión o el encuentro, el entrecruzamiento de voces o el diálogo, como el que estamos ahora construyendo alrededor de los poemas de Valeria.

B
“Y entonces la escucha, el susurro
de la rama o el pájaro
o la llovizna
deslizándose para que el verde crezca hasta la flor
y su color crudo arda en puro silencio”.

M ―Lo sonoro es el corazón de la memoria. Impulsa en un desorden necesario la música de los acontecimientos y sus bordes. En el movimiento indefectible de los cuerpos, los sueños cavan sus tumbas para no dejarnos ir.

“Un diccionario de voces
que me habitan y no permiten olvido,
la huida hacia ese lado del que ya no regresan.
La voz de mi madre, del amigo del barrio,
de mi compañera de escuela…
Todas ahí, reconocibles a pesar de los años.
Aún puedo encontrar,
en esa travesía que encarna los recuerdos,
creaciones de cada vibración que dejó
un universo sonoro grabado en mi cuerpo”.

B ―El poema: el lugar de encuentro donde confluyen la voz del pájaro, de la amiga, del árbol, de las ancestras. Un tejido que abriga en el presente.

Un ciervo desde la memoria del sueño nos llama.

La poesía de Valeria Cervero… 

M ―¿Cervero? 

B ―En el origen del apellido la huella de una dirección.

M ―Como huellas de ciervos en la nieve, los poemas.

B ―¿Hacia dónde nos guían?

M
“Mudarnos del lugar común,
reiterativo
―que tal vez no existe―
al lugar común que nos permite reunirnos”.

B ―La búsqueda de un horizonte hacia el cual caminar en un mundo destrozado hacia otro que no termina de vislumbrarse.

Pienso en Agamben y su pregunta sobre qué significa ser contemporáneo.

La contemporaneidad es una relación con el propio tiempo. Quienes coinciden de una manera demasiado plena con la época, quienes concuerdan perfectamente con ella, no son contemporáneos ya que, por esa precisa razón, no consiguen verla.

M ―Qué vemos al otro lado del lenguaje cuando cae la noche. Y la nieve cubre de silencio.

B ―La mirada fija en el tiempo para percibir en sus tinieblas, un claro en el bosque, palabras que se vuelvan puente como estos poemas.

M ―“Sobrevivimos a nosotras mismas como sobrevivimos al mundo”. ¿Cómo sobrevivimos al mundo? ¿Cómo haremos sin un ciervo cabalgando la memoria oculta del poema?

B ―La revelación sucede de golpe, cuando menos se lo espera.

“Nunca fui muy dedicada a la cocina/ sin embargo varios libros y algunas ideas/ que probablemente me salvaron la vida/comenzaron mientras lavaba los platos./ Revelaciones del agua con detergente./ ¿A dónde nos llevan los actos cotidianos/ cuando buscamos un lugar para saltar?”.

M ―En el salto se nos revela un acto de fe. “Un espejismo de este lado del desierto que alimenta/ un futuro de dientes de león”.

B ―“Los ojos de la madera nos cuidan desde el techo”.

Dice Natalia Ortiz Maldonado en Un rayo cualquiera: “Los encuentros sensibles requieren cierto animismo en la mirada, pero no de la mirada fenomenológica o etnográfica, siempre tentadas hacia los objetos y sujeciones. Se trata más bien del animismo de la niña que a la mañana le pregunta a sus juguetes qué soñaron, por la tarde se conmueve con la muerte de las hormigas y por las noches siente las presencias en la oscuridad. Un animismo-niñe que formula otras preguntas, otros asombros, otros territorios para encuentros y tropiezos”. 

Desde ese lugar que es tiempo, que es lengua que deja llegar, que es cuerpo abierto a la pregunta, nos hablan los poemas de Valeria Cervero.


Poemas de Un ciervo en la memoria

Ada no sabe si la riqueza
podría sostener a un corazón,
como no sabe si un bote
podrá ser casa de tantos pobres.
¿Qué haría una joven sola
contra la voluntad de cualquier dios?
El bote navega al silencio. El mar
se lleva las voces, los cuerpos.
¿También la furia de los que partieron?
Si la pena puede volverse fuego,
tal vez se cobre algo de este mundo.
Ojos ciegos y carne sudada es el regreso.
Pero Ada ve, cree.
El futuro se conoce entre amigas
frente al océano.
«Algunos recuerdos son presagios», dice,
y eso le basta
para saber quién será.

Basado en el largometraje Atlantique, guionado y dirigido por Mati Diop.


La escucha.
Un ave en medio de la lluvia de julio
en un jardín al sur
del trópico de Capricornio.
El sonido de las gotas sobre las alas al pasar
casi imperceptiblemente a nuestras espaldas,
y ahí, la marca que deja el aire
al rozarnos, el espacio
de la brisa cayendo sobre estos hombros.
Porque la escucha,
y el brote que no quiso ser secreto,
o que lo fue,
pero sabemos que el hueco no es pared por mucho tiempo.
En la escucha raspa la vuelta del tornillo,
el toque de la pala, esa raíz
que muestra las horas como si fueran verdad.
Y entonces la escucha, el susurro
de la rama o el pájaro,
o la llovizna
deslizándose para que el verde crezca hasta la flor
y su color crudo arda en puro silencio.
Y es la escucha,
el ramillete perdido bajo la casa,
un refresco de voces desde los cimientos,
la humedad que sube por la pared y no cesa
de nombrar la pluma, el viento,
el metal y la hoja,
el ladrillo, el tono,
el agua o el pétalo.


La poesía se hizo oír, pero no cedió la voz.
Tuvimos que crear otra.
Sin saber si era hija o la respiración
de cuando éramos chicas.

El canto quedó en la adolescencia, amiga.
¿Qué no pude escuchar?
¿A cuántas otras?

El viento sopla todavía afuera.
Una gota en la noche repite la historia que no conocí.
Tu respiración, amiga,
aprendió a ser tuya.

A Laura Domínguez



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