Transformar el dolor en aventura. Una historia de la poesía de los 90 (Buenos Aires, El Enamorado Editorial, 2024) de Daniel Durand, narra las gestaciones y desarrollos de la nueva poesía argentina de ese período, que modificaron el espacio literario y produjeron innovaciones aún vigentes. El volumen incluye un recorrido por imágenes fotográficas, tapas de libros y afiches. Presentamos una anotación marginal al libro (por José Villa) y agregamos un breve capítulo de muestra, el correspondiente a Ediciones del Diego (también, Ediciones Deldiego), una editorial que fue punta de proyectos independientes.
Una clarificación personal
Por José Villa
Cuando me comentaron que la poesía de los años 90 estaba narrada y documentada por Daniel Durand —uno de sus principales animadores—, me habitó una sombra de incertidumbre. Lo mismo les pasó a otros, amigos, colegas: ¿qué habrá escrito Durand? Se podían esperar muchas cosas. Difícil traducirlo o bajarlo a pocas palabras. Y tal vez no importe. Quiero decir, la cuestión era el modo, o en todo caso el método, o bien, la estrategia, o incluso el estado de ánimo. Y bien, se trata de un recorrido autobiográfico integrado a determinadas situaciones colectivas. A partir de allí, se circunscribe a su experiencia personal con cada hecho: 18W, Belleza y Felicidad, editorial Mansalva, Trompa de Falopo; nombres, iniciativas y su participación. El lenguaje es bastante llano, con párrafos cortos, a veces con frases de una sola línea. El relato se ciñe a una cantidad de hechos que los personajes relacionados pueden considerar como que así fueron; con algunos detalles que naturalmente no coinciden con, por ejemplo, lo que yo recuerdo habiendo participado de muchos de los procesos que se narran. Pero Durand logró captar y darle espacio a un sentimiento que todos podemos comprender y de ese modo decir: ese era el espíritu del momento. A la vez, este libro me pone, a mí, en una situación iniciática que es indudablemente hipersubjetiva, con una dosis de verdad que me asombra. Me pone en cierto sentido de frente a mi ego: qué hay después de todo; qué quedó; y qué era lo que había antes de iniciar la experiencia, es decir, el recorrido de la poesía de los años noventa. Creo que eso es lo que justifica la economía expresiva. Hay un intento muy fuerte de relación entre el documento, la foto, el afiche, el relato aprobado o asumido, y los acontecimientos. Habrá que pensar eso de que éramos punks, o que Mangieri, el editor, nuestro amigo querido, nos distrajo con falsas promesas de publicación. Respecto del punk, se trata del encuadre que hagamos de la palabra. En cuanto a José Luis Mangieri, por momentos cae en la sospecha, pero es rehabilitado en otra situación. Hay una intención sincera de ecuanimidad; es decir, acá no se guarda nada en función de la economía, aunque la economía protege de excesos. Eso también se ve cuando habla de la revista 18W; por un lado es un producto de una gran voluntad: veníamos del desierto (si se me permite la figura) a decir algo que no estaba en el ambiente, a meter un lenguaje; por otro, progresivamente la revista también fue el producto de los buenos oficios publicitarios de Fabián Casas; y (esto lo digo yo) de la buena poesía que publicamos en aquellos dos números.
Está muy bien trazada la parte que nos corresponde del origen de los noventa. Particularmente, quisiera aprovechar la oportunidad y aportar un recuerdo sobre una serie de lecturas en las librerías Gandhi y Liber/arte, alguna biblioteca pública, Puán y el Centro Cultural San Martín, de Buenos Aires. Todo empezó con la iniciativa de Juano Villafañe, Daniel Durand, el poeta chileno Aristóteles España (Tote, queridísimo), Jorge Fondebrider y Mangieri. Este encuentro fue importante porque sucedió en una especie de mientras tanto, en la transición hacia la revista 18W (el grupo ya estaba prácticamente constituido). La idea era hacer una serie de lecturas y terminó teniendo características de Festival, que no tuvo nombre ni nada, pero sí mucha concurrencia (Algo que extraño de esos tiempos es el modo colateral e intenso en que sucedían algunas cosas). Ese fue un importante punto de contacto de la nueva movida con muchos poetas ya establecidos, con Diario de Poesía y con los jóvenes poetas chilenos traídos por Aristóteles España, lo que a su vez inicia la gran amistad, y mutua influencia, con la poesía de Chile de esa época. En uno de esos eventos Darío Rojo (de 18W) introduce el término objetivismo. Lo retoma Daniel Samoilovich en Diario de Poesía, que muy oportunamente hace un dossier con los textos y ponencias de aquel improvisado Festival. Daniel Durand, lo recuerdo, se involucró en la organización, con gran eficacia; él actuó de nexo entre nuestras propuestas y la organización general. El contacto del grupo 18W con el grupo Diario de Poesía se dio específicamente con los poetas Fondebrider, Freidemberg, Samoilovich y Aulicino. Tuvimos un interesante intercambio en ese contexto, y siempre agradeceré el interés que tuvieron en nuestro punto de vista crítico.* Relato estas cuestiones para completar el esfuerzo que hizo Durand por establecer cosas que permanecían difusas. Por lo demás, nuestra preparación como escritores no fue a través de talleres literarios ni maestros, al menos en aquellos inicios; podría decir que nos hicimos mediante un áspero diálogo entre nosotros; con la salvedad de un caso: el de Juan Carlos Martini Real, que nos soportó amablemente —a Rojo, Casas, Varela, Wittner y a mí— durante un tiempo dándonos clases en su casa del Parque Chacabuco. Aquellos encuentros me aportaron aspectos del texto que valoré con el tiempo.
La crónica de Durand agrupa los diferentes espacios en que se distribuyó el movimiento poético de esos años (por otro lado, un fenómeno muy metropolitano de Buenos Aires). Luego, deriva hacia un catálogo de actividades personales: obras, ediciones y traducciones propias. Esto conforma un interesante mapa de publicaciones y autores, que invita, por sí mismo, a que otros escritores de la época hagan algo similar: que cataloguen su actividad y de ese modo organicen una muestra de sus experiencias. El libro incluye un archivo fotográfico en el que aparecen y aparecemos los jóvenes de ayer. Eso da al asunto un carácter íntimo y a la vez documental. Se activa la conexión de una tribu dispersa. La pregunta sería: ¿qué representaron esos ciclos de lecturas, agrupaciones y ediciones? ¿Tuvieron importancia, más allá de la importancia que tuvieron para los involucrados y los que se interesaron en aquella historia? Evidentemente, diría un viejo amigo, hay un principio de indestructibilidad, una decisión de que los hechos se tornen significativos, por si alguien quiere saber algo del aquí y ahora tan fuerte de la poesía argentina, por si querés ver una línea de lo que es y fue una huella.
* Debo aclarar que en ese momento inicial no estuvo Daniel García Helder, a quien se le suele atribuir docencia o influencia sobre el grupo. En aquella época, casi sepia, Helder y Martín Prieto (otro actor importante de esa etapa de Diario de Poesía) residían en Rosario, si mal no recuerdo. Tal vez el equívoco se debe a que Fabián Casas le hace un reconocimiento a Helder, pero tal episodio corresponde a años después.
Transformar el dolor en aventura. Una historia de la poesía de los 90
Por Daniel Durand
Quinta Parte
Ediciones Deldiego
Después de nuestra experiencia, producto de la realización de la revista “18 Whiskys”, nos había quedado bien clara la necesidad de abaratar los costos de la edición, como así también el hecho de tener que agilizar los tiempos de publicación. Nuestro mayor deseo era poder hacer todo por nuestra propia cuenta.
Habíamos tenido varios problemas, tanto con el diseño como con la edición y la publicación de la «18 Whiskys».
En relación con el diseño y sus tiempos, ya he contado que la realización del segundo volumen nos llevó casi dos años debido a que no contábamos con el dinero suficiente para afrontar los honorarios de los diseñadores gráficos.
En nuestra gesta creativa tuvimos que pagar altos precios por el papel y también por la impresión de los ejemplares.
Por otra parte, en aquellos años era muy difícil lograr ser publicado por algún sello editorial.
Ya fuera en una editorial comercial clásica, como también en una editorial especializada que se dedicara exclusivamente a la poesía, para la mayoría de nosotros era prácticamente un imposible pensar en que nos publicarían nuestra obra.
En aquella época las editoriales de poesía eran, básicamente, sólo dos.
Tal vez la más prestigiosa en aquel entonces era Ediciones Último Reino, la cual era dirigida principalmente por el poeta Víctor Redondo.
Por otro lado, existía también la Editorial Tierra Firme, la cual publicó algunos muy buenos libros a lo largo de sus años de existencia; Tierra Firme era comandada por el editor José Luis Mangieri.
La realidad editorial imperante de aquellos años nos enseñaba que para poder ver nuestra obra publicada había que pagar una pequeña fortuna en dólares estadounidenses o, en el mejor de los casos, debíamos esperar muchos años y soportar constantes promesas de publicación que, una y otra vez, fueron incumplidas.
También es cierto que, en líneas generales, las editoriales más significativas no estaban interesadas en nuestra nueva estética poética, no tenían interés en publicar las obras que llevaban nuestro estilo absolutamente noventista.
Sumada a toda aquella realidad se encontraba nuestra ideología Punk y la doctrina del DIY (Do it Yourself), elementos conceptuales que poseíamos debido a nuestra formación intelectual, al estilo de vida que llevábamos y a la música que nos gustaba y escuchábamos.
Queríamos seguir editando nuestro trabajo y nuestros materiales, pero deseábamos también diseñar e imprimir todo por nuestra propia cuenta.
Estas ideas radicales las teníamos profundamente arraigadas, muy especialmente, con José Villa y Darío Rojo.
Luego de la publicación de la revista «18 Whiskys» se hicieron los libros de «Ediciones Trompa de Falopo», los cuales habían sido cuatro en total.
Todos ellos también tardaron demasiado tiempo en diseñarse y se había producido un enorme cuello de botella en el cual había más de veinte, o incluso más de treinta, libros de jóvenes poetas que no encontraban ni editor ni sello editorial que los publicara.
Ya he comentado anteriormente que la idea de «Ediciones Deldiego» venía siendo pensada por algunos de nosotros ya desde el año 1993.
Antes de poder convertir nuestro proyecto definitivo en realidad, cosa que lograríamos recién en el año 1998, comenté anteriormente que también fue durante el año 1993 que nosotros ya habíamos publicado dos libros con nuestro sello editorial, que en aquel momento habíamos bautizado como EDICIONES DEL DIEGO.
Para el año 1998 el desarrollo de la tecnología hizo posible que las computadoras llegaran al ámbito hogareño.
En esa época José Villa compró una PC y una impresora a color de chorro de tinta marca Epson.


La instalamos en mi casa de Balvanera e inmediatamente después comenzamos a probar diversas formas y maneras de edición, así como también empezamos a experimentar con el diseño gráfico. De forma autodidacta aprendimos a manejar los programas Photoshop y Page Maker y, de a poco, fuimos dividiéndonos las tareas entre todos nosotros.
En aquel momento éramos varios trabajando en nuestro nuevo proyecto.
A José Villa, Darío Rojo y yo se nos sumaron Mario Varela, Washington Cucurto. Damián Ríos, Juan Desiderio y, más adelante, también se sumaría Melissa Bendersky.
Mario Varela se dedicó a aprender el manejo del Photoshop ya diseña: as tapas de los pequeños libros que se editarían bajo el sello editorial Ediciones Deldiego», nombre escogido en claro homenaje a Diego Armando Maradona.
Además de rendirle homenaje al gran ídolo popular argentino, también se nos ocurrió utilizar ese nombre con el fin de desacralizar al tipo de denominaciones que se utilizaban para nombrar a las editoriales de la época. Nombres que, en general, siempre estaban relacionados con la alta cultura y con cierta pomposidad insoportable para muchos de nosotros.
Teníamos una papelera cerca, Bapel. Allí comprábamos el papel Interior de nuestros libros, el Regina Mill de 100 gramos. Y también comprábamos allí el papel que usábamos para la confección de las tapas, que era un Ivoline Telado, belga, de 170 gramos.
En octubre del año 1998 hicimos los primeros libros de pequeño formato con «Ediciones Deldiego», ellos fueron:
«Ocho poemas», de José Villa.
«Un círculo diminuto del paisaje», de Mario Varela.
«La pasión del novelista», de Damián Ríos.
«Ángeles parricidas», de Juan Desiderio.
Decidimos hacer la presentación de estas obras poéticas al aire libre, en el pequeño y hermoso anfiteatro de la Plaza de los Perros, en la zona de la Avenida Córdoba y Jean Jaurès.
Washington Cucurto se encargó de gestionar los permisos en la Municipalidad de Buenos Aires, los amigos de la banda Hippie Rabioso nos prestaron el sonido e hicimos un recital con la presentación de nuestros libritos, el cual fue todo un éxito.
En aquel momento decidimos que ese tipo de eventos culturales los realizaríamos todos los últimos viernes de cada mes.
En todas las siguientes presentaciones tocó una banda musical y también estuvimos siempre acompañados por un especial grupo de poetas.
María Paz Levinson, Pilar Pérez, Laura Kropf y Melissa Bendersky realizaban hermosas cuelgas de poemas.
Las plazas públicas, en aquel entonces, todavía no estaban enrejadas como lo están hoy en día y los recitales terminaban muy tarde en la noche, con micrófono abierto y, muchas veces, hasta algunos borrachos terminaban cantando canciones a capela después de que todos nosotros ya habíamos leído nuestros poemas.
En aquellas presentaciones los libros de «Ediciones Deldiego» se vendían como pan caliente, hermosa realidad que nos permitía seguir comprando el papel necesario y la tinta para poder imprimir y continuar editando poesía ininterrumpidamente.
En pocos meses de trabajo conseguimos armar un amplio catálogo de poetas jóvenes los cuales estaban logrando editar su primer libro.
Habíamos podido así liberar aquel tremendo cuello de botella que se había formado y ahora, a nuestra propia manera y con nuestro sello, la nueva poesía joven argentina comenzaba a circular por las calles de la ciudad.
Seguimos imprimiendo y editando durante todo el año 1999 y el año 2000 y, adicionalmente, también armamos por nuestra propia cuenta una novedosa página web en la cual publicábamos la gran mayoría de los textos editados en los libros de formato físico.
A la gran colección de jóvenes poetas argentinos decidimos agregarle una colección de traducciones y también otra colección llamada: Novelitas.
En el año 2001 salió una subvención especial del Gobierno de la Ciudad para pequeñas editoriales emergentes y decidimos presentarnos.
Para ese entonces ya había comenzado a gestarse un nuevo fenómeno cultural: la aparición de diversas editoriales independientes.
En gran medida este suceso se debió a la penetración masiva de las computadoras hogareñas y a las nuevas impresoras a chorro a tinta y de otras tecnologías digitales que se habían desarrollado para el uso familiar.
Esta nueva realidad tecnológica, más el ímpetu independiente de muchos de los integrantes de nuestra generación, derivó en un verdadero boom de publicaciones autogestionadas por los propios autores.
Volviendo a nosotros, recuerdo que todos los trámites necesarios para participar en aquella subvención fueron hechos por Melissa Bendersky.
De esta manera fue que logramos pasar de realizar pequeñas tiradas de libros con tapas confeccionadas en una impresora a chorro de tinta, a ejecutar mayores tiradas hechas en una imprenta offset de todos los libros que habíamos publicado hasta aquel momento.
Invertimos una buena suma de dinero para poder imprimir todos nuestros libros y le entregamos el material a la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares).
En total fueron alrededor de unos nueve mil ejemplares editados y entregados en ese momento y, después de hacer toda nuestra tarea, nos quedamos esperando a recibir el pago de parte del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
En medio de toda aquella faena y de sus gestiones nos sorprendió la famosa y triste crisis argentina del 2001.
Finalmente, cuando cobramos el dinero que nos había otorgado el Gobierno Munícipal, los montos percibidos poseían un valor de un tercio de lo que habíamos invertido y muy penosa y lamentablemente nos fundimos.
Dejamos de editar y de distribuir nuestros bellísimos libritos durante todo el año 2002 y luego, ya en el año 2003, una distribuidora amiga, «Salgo a la calle y si me hiere un rayo», de María Medrano y Lucía Di Forte, nos ofreció comenzar a distribuir todos los libros que aún nos quedaban impresos en diversas librerías del país.
Fue de esa manera y a través de ellas que se distribuyeron, aproximadamente entre los años 2003 y 2005, otra importante cantidad de los libros de «Ediciones Deldiego».
Todavía, aún hoy, quedan desperdigadas, entre un depósito de venta de vinos y la casa de Tomás Fadel, alrededor de unas veinte mil tapas de muchos de los diferentes libros que publicamos con «Ediciones Deldiego».




