
El hombre del codo en la ventana
Jorge Aulicino
Buenos Aires, Barnacle, 2025
Un cuadro de Eduardo Stupía
En el rabo del ojo
se ve el lugar en que mi país licúa
el continente,
y es con difusas manchas,
mezcladas con gruesos trazos de pincel
o rotulador.
A medida que bajamos por el mapa
vamos siendo un país con poca vegetación, casi
nada de verde o maíz o anacondas o calas,
y sin revolución alguna pintada en las paredes
de salas enormes en palacios gubernamentales.
Nos diluimos en un silencio que no aterra,
el hielo avanza hacia nosotros con viento y niebla,
sobrevolado por gaviotas,
mientras escapa, húmedo, entre las piernas
de los transeúntes, el verano espantoso y amarillo.
El Maelström
Ah cuando después de años ella
encontró la suavidad aún del cuerpo de él
envejecido, en el implacable remolino
que nos lleva hacia abajo,
en vueltas concéntricas que nos arrebatan
pedazos, unas caras, unas palabras,
el verano y el dulce invierno,
siempre hacia abajo,
y nos devuelve entre pedazos de madera,
de diarios, envases amarillos de plástico,
platos en la pileta, cáscaras, nada.
Pero el cuerpo tan profundo
en su instantaneidad,
tan hondo en vida pasada,
ese calor, le parecieron a ella
una revelación del contenido del amor,
de su abismal humanidad, de los sentidos
que nos permiten llegar a un latido olvidado,
como a casas y brasas, un rosal, una higuera.
Oda a un zorzal nocturno
En homenaje a John Keats,
en el íntimo cementerio inglés de Porta San Paolo
y a su Oda a un Ruiseñor.
Oh tú que del poder no sabes nada,
ni siquiera que estás cantando,
ni si habrá hembra o alimento:
tu silueta entre los altos edificios
atrapa la mirada de los gatos.
Desde el sur del río se levanta
una ventolina fría, el viento gira,
cambia de rumbo, envuelve
las sillas del bar nocturno en la vereda,
las vuelca con estrépito.
Tu canto no anunciaba felicidad
pero tampoco el fin:
solo una tormenta que ventila la ciudad,
arroja entre los pastizales en la pampa
el aire húmedo, el vapor de los cuerpos
torturados por la ansiedad,
agotados por el deseo esta noche,
tras esas paredes, detrás de las cortinas;
y no de llorar por lo perdido
me das ganas,
sino de perderme en la feroz naturaleza,
su modo de resolver los diferendos,
nivelar temperaturas,
terminar las agonías, refrescar los hospitales,
agitar el polvo, las persianas.
Meditación de los gatos
«Todo gato es personal, romántico, lírico,
y cada cosa que ocurre es personal;
así pues, ¿quién me puso acá esta cobija
que ayer estaba sobre la cama?;
¿a qué me traen esa bolsa del mercado?
¿por qué se me puso a llover?»
Las preguntas se estiran desde sus bigotes,
y ahora la gata delicada como señorita
y el gato blanco y negro como el tao
se miran uno al otro, espejos enfrentados,
van a la ventana, extienden sus miradas
sobre un techo, se rascan, miran fijo,
los absorbe algo que se mueve en la cornisa,
pasan a otra cosa, porque al fin
«ni yo me importo propiamente como yo».
Y el «me» se diluye, «de modo
que soy el centro del mundo: nadie:
el vacío
o el todo».
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