Aleyda Quevedo Rojas

Las jacarandas del cuerpo*

Selección: Ana Lafferranderie

Advertencia

Un golpe de sangre revienta caliente en el jardín.
Aún no sé de dónde ha venido ese árbol
de ramas oscuras invadidas de musgo,
y una colonia grandiosa de hormigas.
Es posible que la furiosa lluvia de hoy
haya sido capaz de mostrarme esas ramas
contaminadas por seres que me dejan malherida.


Deducir

Se trata de oler la oscuridad.
No reconocer las siluetas de los muebles
o los perfiles de cuadros y ventanas.
Ningún cuerpo liso en el horizonte negro.
Comienzas a caminar y poco a poco a oler el silencio.
Energías estables y desconocidas.
Admites que solo están en el borde de tus ojos.
Pero vas bien, se trata de intuir la oscuridad del duelo,
antes del deleite con la soledad en un campo
de petunias,
en espeso silencio apenas roto por el fuego
que se erige en fósforo.


Colectar

Y así, las hojas perforadas, amarillas y marchitas
cubren la hierba uniforme del jardín.
La noche cae vertical y el viento vence con su rigor
a todas las hojas del Cholán, los capulíes y la higuera.
Queda resonando la belleza de su caída
entre silencio y tinieblas
entre banalidad y fe ciega.
No angustiarse al caer otra noche de confinamiento
escucho el latir acelerado de mi corazón.
Esto pasará –quiero creer– mientras el viento trabaja
con energía rápida y mesurada inteligencia.
La vida que me resta consiste en practicar el amor,
recoger las hojas perforadas de luz dichosa
y hacer hogueras de purificación.
Este ejercicio de colectar hojas caídas,
pequeñas hojas sangrantes y podridas
siempre al caer la noche, impiden que te llore,
que escuche el rumor inacabado de la belleza
en tiempos oscuros.


Yagé

Bebo Ayahuasca antes de dormir,
dos o tres hojas por taza para no vomitar
todos los sueños rojos…
verdades crudas,
lúcidas imágenes, donde viajo a las estepas rusas
y a las regiones montañosa de Irán,
deteniéndome en el este de Turquía,
para recoger una flor rojísima,
cuyos bulbos y flores parten las rocas de la agonía.


Jacarandas

Nadie podrá talar las jacarandas que se extienden
cual largas manchas azules por el margen
de las avenidas.
Sería demasiada crueldad tratar de desaparecer
su imperio.
Cien años de tinte violeta con perfume y alta
sensibilidad en las hojas.
Imposible alcanzar la copa que se encuentra
a 15 o 17 metros de altura.
Demasiada maldad arrancar un árbol con propiedades
antitumorales
y antisépticas, capaz de abrir heridas de luz en los ojos
de quienes las vemos directo por rezar al cielo,
implorando más pájaros dentro de ti.
Jacarandas irrevocables, inclasificables árboles
que emiten voces
antiguas que, desde sus flores violetas, se ven azules
por exceso de luz.
Las jacarandas del cuerpo se abren dentro del silencio,
y bordan emociones difíciles de cortar, podar,
quemar, destruir, deshacer.


Musgo

Pequeños amores en cadena
creciendo sobre los troncos de los árboles
y los muros de las casas.
Diminutas plantas atadas entre sí,
habitando tímidas y sin ojos
las superficies húmedas
y geométricas de los tejados.
Refugio afilado de los invertebrados y de dos vocales.
Mojados en su savia y entre los dedos apenas
perceptibles
alfombras vegetales para danzar descalza.
Solo importa el tacto y bailar suave,
acariciando estos diminutos amores
con los dedos de los pies.


Geranios de la mañana

Me levanto cada mañana pensando en la muerte.
Intento con disciplina de jardinero espantar
a los pájaros grises,
que se roban los fantasmas que mi gata
persigue ensimismada.

Me levanto pensando en la muerte.
Aunque me siento más liviana, casi leve y flexible,
estoy segura que aún tengo cosas pendientes
que suben mi peso y engordan mis agobios.

Me levanto cada mañana pensando en la muerte.
Miro los rostros cubiertos de polvo
de los seres amados que partieron antes
de la pandemia,
de los seres queridos que se han ido durante
esta pandemia,
de los seres entrañables que se irán por el virus
y el hambre.

Me levanto pensando en la muerte,
en mi propia muerte y con el sudor
del jardinero voy
recortando flores de geranio y colectando hojas
secas de arrayán.

Me transporto al oleaje del mar que en su niebla
me deja ver,
a todos mis muertos esperándome
con paciencia antigua.

me levanto cada mañana pensando en que estoy
casi lista para la muerte,
cultivando la virtud de amontonar pensamientos
y hojas secas,
para prenderles fuego y atizar la hoguera eterna
que reciba mi cuerpo.

Me levanto a comer tomates rojos y tallos largos
de apio, semillas que se agarran a mis dientes,
hijos que se incrustan en mis encías.

En mi lengua y en tu lengua
aún queman las ganas.

Evado la idea de la muerte.

Aferrarse al estertor,
otro aliento sibilante,
otro tiempo,
otra vida luego de la muerte,
donde también existan geranios rojos,
y fuego vital para regresar a la tierra.


Cosas que llevan a cosas

El agua salina de los ojos
deja abisales honduras
sobre el tránsito del dolor.
No lo digas. Llora. Las cosas siempre llegan a cosas.

Calla. Llora. Actúa.
El agua siempre moja lo que se deja ir.
Nervios crispados frotando las hojas grandes
del geranio.
Profundas arrugas cuando el dolor humedece
el cuerpo.

Sentí al incinerarlo que también moría un poco.
Lloro agua crispada en cada aniversario de su muerte.
Agua atormentada que me lleva a otras cosas y a más
cosas suyas. Callo y sigo el curso de cierta tristeza
incomparable,
triturando tallos de apio y zanahoria con mis dientes
que se parecen a los suyos.

Escucho el murmullo de los capulíes en el jardín.
El agua desbordada que sale de mis ojos y moja
el tiempo pasado
de dos hermanos en la tierra, y regreso a cada cosa
que los dos amamos, quizá el mar, caminar
por el Cotopaxi,
regarle agua fresca al geranio rojo de nuestra madre.

Las cosas siempre te llevan a cosas,
las cosas que pasan y las que permanecen,
las que no importan y las que no.



* Nota del Editor.
Los poemas seleccionados forman parte del libro Herbolario íntimo (La Castalia, Quito, 2022).



 Aleyda Quevedo Rojas (Quito, 1972)

Poeta, periodista, gestora cultural, ensayista y editora del sello independiente Ediciones de la Línea Imaginaria. Es también editora del catálogo digital de literatura Alfabeto del Mundo con 55 libros de descarga libre, donde aparece su obra Ejercicios en aguas profundas (descarga libre en http://lacastalia.com.ve/).

Poesía
Herbolario íntimo, Quito, 2022 y La Habana, 2023
Ejercicios en aguas profundas, Quito-Mérida, 2020 y Colombia, 2024
La otra, la misma de dios, Quito, 2011 y La Habana, 2022
Cierta manera de la luz sobre el cuerpo, Quito, 2017
Jardín de dagas, México, 2015 y Francia, 2016
Dos encendidos, Caracas, 2008 y Quito, 2010
Soy mi cuerpo, Quito, 2006 y 2016
Espacio vacío, Quito, 2001 y Caracas, 2008
Algunas rosas verdes”, Quito, 1996 y Guayaquil, 2016
La actitud del fuego, Lima, 1994
Cambio en los climas del corazón, Quito, 1989

Ensayo
En el río del lenguaje, ensayos + entrevistas, Cuenca, Ecuador, 2025