La música también es poesía
Sobre Cómplice de cristal, de Francisco Garamona, 2025
Por Gustavo Toba
Los discos de Francisco Garamona forman todos una suerte de continuo; son como un extenso largometraje que, en lugar de verse, se escucha. Cada uno es un corte fotográfico y funciona como el registro de un momento que puede considerarse además un botón de muestra. Lo que muestran y dejan entrever es el rollo mayor que los abarca y que parece inagotable: su mundo imaginario. En cualquier lugar en que se pause, esa película formula la misma y amable invitación a entrar. Garamona es como un sacerdote pagano oficiando un culto cuyo dogma es la afirmación de la alegría. Para ser más preciso acerca de la palabra, remito a una célebre definición filosófica: es alegre todo aquello que aumenta nuestra capacidad de obrar. Es triste lo que la disminuye.

Cómplice de cristal es el noveno disco grabado por el cantante, un conjunto de once canciones que recorren en clave poética distintas tradiciones de la canción popular. Lo popular, para Garamona, es la canción como forma, esa creación que consiste en inventar una melodía con palabras y darles un acompañamiento como apoyo de una historia que va a ser cantada. Está claro al escuchar sus discos que la cancionística es el mundo de referencias principal en el que el multifacético artista/editor abreva en su rol de músico. Los temas de este disco evocan atmósferas de la canción francesa, la canzonetta italiana, la canción melódica de los años setenta, el pop jazz o el pop a secas. Pero nada que ver con una mezcla sin alma de elementos que podrían conformar un rejunte de World Music del Primer Mundo cantada en español. Todo lo contrario, porque en sus canciones lo que está siempre en primer plano es la sustancia de las palabras. Garamona las dispone y las declina de modo que las escuchemos como el verdadero contenido de su música. El suyo es un caso singular entre los cantantes que, provenientes del pop y el rock, debieron enfrentarse a las particularidades de la métrica y el léxico de nuestro idioma. Esa peculiaridad está desde el inicio de su trabajo como compositor: canciones con estructuras que van en busca de la simpleza, de melodías pegadizas y una riqueza de vocabulario inusitada para el género de la canción popular. La sensación cuando se escuchan sus temas por primera vez es una mezcla de sorpresa y fascinación por su personal modo de encarar la letrística. No hay demasiados ejemplos de cantantes pop en español cuyas letras tengan desde el comienzo de su discografía una impronta poética tan clara, con una articulación tan natural de la voz melódica. Campo dormido, un hermoso tema suyo de 2008, por citar un ejemplo entre casi cualquier otro, puede escucharse como canción o bien leerse como poema, en cuya segunda estrofa hay además una palabra pentasílaba: Voz que busca en la distancia / sus nombres otra vez / fardos de alfalfa para irradiarnos / cuadriculados campos donde pasar / unas horas los dos juntos. Este tono o similar tenían en aquel entonces todas sus canciones. Su estilo de componer fue tendiendo luego cada vez más hacia lo narrativo, un contar cantando acerca de curiosos personajes, jubilosos y fantasmales, con episodios y escenarios poco frecuentes para el ámbito del rock y el pop argentino. Pandilla punk exterminada, del disco Los sentimientos (tal vez su mejor trabajo), era la rememoración de unos punks que andaban en trenes por la región del Litoral: Bajo el fulgor de una provincia tropical / sus crestas verdes en el barro enterradas / estiraban sus manos para convidar / cigarrillos de humo espectral. Se podría decir que, como músico, Garamona es principalmente un poeta. La frase, que podría sonar como una ironía negativa, no lo es. ¿O acaso no escuchamos mil veces la afirmación de que la poesía es música? ¿Por qué no decir entonces que la música es también poesía? En Cómplice de cristal hay una balada con piano cuya letra suena espontáneamente como canción. Es un poema de Juan L. Ortíz: Aquí estoy a tu lado.
Dice Garamona que todas las canciones de Cómplice de cristal se le fueron apareciendo enteras en sus paseos cotidianos y luego en su casa, “como un escolar aplicado”, les agregaba una armonía con la guitarra. “Y ahora están acá, al alcance de todas las personas que quieran servirse de ellas”, señala el músico. Por supuesto, la mejor manera en que uno puede servirse de una lista de canciones es escuchándolas, más el impredecible agregado que la escucha sugiera en el oyente: silbarlas, por ejemplo, o bailarlas, o convertirlas en banda de sonido de un viaje en auto o en bicicleta. Producido y arreglado por Ulises Conti y Ahmed Isa Juan Ravioli (viejos compañeros de ruta de trabajos anteriores), entre otros invitados Cómplice de cristal cuenta con la colaboración de tres recordados músicos de la historia del rock argentino, lo que le agrega al disco una cuota de encanto adicional: Kubero Díaz participa con voces, cavaquinho y percusión; Daniel Melingo, con voz y clarinete; y Miguel Zavaleta (¡sí, Zavaleta de Suéter!), en coros, armónica y teclados.