
Sobre el destiempo
Gustavo Toba
Buenos Aires, Barnacle, 2026
Paseo triunfal
“… y entonces cada una de mis vivencias aparecieron juntas, y entre todas crearon un sentido del que yo simplemente gozaba; celebraron mi paso sacudiendo las ramas de los paraísos de la calle Alsina, agradeciendo que los haya albergado cuando eran animalitos tirados en la calle, objetos desgastados metidos en una caja de cartón por si acaso alguien se los quisiera llevar”
Nuevas maneras de ser feliz
(sobre un poema de Óscar Hahn)
La mesada está cubierta con las frutas que comemos por la tarde en el living de tu casa. Ayer salteamos la merienda para ir hasta la rambla que inventaste a señalar los espacios que habitamos desde afuera. Corazón, vas superpuesto con el punto hacia el que vamos, reflectado en el vidrio de una tienda de chucharías.
Ahí estabas
como pieza de un puzzle no encontrado
como árbol cuyas copas se han vencido
como libro por el fuego calcinado
como hombre al que le gritan mal parido
como giro en una ruta mal tomado
como sueño hasta hoy desconocido
como mapa cuyos nombres se borraron
como loco que delira convencido
como ruina de un pórtico cerrado
como brújula que marca el sinsentido
como vaso de veneno concentrado
como arco sin la red en un partido
como corte que no ha sido bien curado
como hielo en el refresco sumergido
como arma en el momento del disparo
como barco que en la guerra quedó hundido
Bulnes y Rivadavia
Quizás haya llegado con los años
a un secreto escepticismo
respecto de la eficacia
de su trabajo, y tal vez no fui el único
que se preguntó si su experiencia
lo habrá llevado a interrogarse
si su práctica era solo un pasatiempo.
Desde un principio lo habrá sabido:
quien ofrece un talento debe agregarle un carácter
y no hay mejor modo de llamar al estilo
que confiarse a la repetición y la persistencia.
Redujo su proceder a una economía tan férrea
que la volvió un axioma: guardar silencio
hasta el colmo de lo tolerable.
Lo trabajoso no sería la cura, que no estaba
en sus manos, sino mitificar su pose
y resistirse a la tentación de hablar.
La parquedad sería su sello,
y si por él hubiese sido
habría extremado el personaje
para no hacerse escuchar hasta dar
por terminada la sesión;
pero sin una frase de tanto en tanto
él mismo se hubiera evaporado.
Con el pasar de los años llegó tal vez
la apesadumbrada conclusión:
era imposible dictaminar si su práctica
incidía en los trastornos de sus pacientes.
Nadie, a decir verdad, se curaba…
La clínica le habrá traído entonces
la reminiscencia de algún panel televisivo:
la gente acudía para animarse a dejar una pareja
para decidirse a estudiar una carrera
o para conocerse a sí misma.
En esos casos quizá ayudara
pero la perspectiva de esa vida burguesa
seguramente lo aburriría. ¿Qué hacer?
No podía perfeccionarse más que en el arte
de la ocurrencia: no había otra cosa.
¿Habrá sentido alguna vez disgusto
al detectar una dolencia en la forma
de una broma o una ambivalencia
expresada en un olvido?
Se dedicó a pensar libremente
en las sesiones
como si fuese un llamado del destino.
Era imposible (para el otro) confirmar lo que él hacía.
Su distancia se hizo majestuosa:
una herramienta forjada a mano y aplicable a cada caso.
Además, quienes hablaban, no lo veían…
Una tarde citó a Boileau: «Lo mejor es lo posible»,
¿y qué era sino pensar lo que allí
básicamente se podía?
Por lo que ya estaba todo dicho…
Especuló cada vez con mayor arte.
¿De qué se lo podía acusar?
En definitiva, esa había sido su pasión
además de la enseñanza, la reflexión y cada tanto
la escritura sobre unos conceptos con nombre alemán
y flexión francesa que lo ocuparon
al punto que les dedicó su vida.
Reseña
Por Ezequiel Alemian
Imágenes delgadas, tenues, sostenidas por las líneas finas de la mirada, que se posa sobre los objetos casi como si flotara. Relicarios de una fe perdida, o que llega tarde, cuando la escena ya se ha disuelto, y solo queda de ella una rememoración difusa, titubeante, difícil de recordar, casi indescifrable. En los poemas de Gustavo la atención parece funcionar fuera de compás: demasiado detallista para acompañar un pensamiento que ya está en otro lado. El pensamiento tiene forma, pero la suspensión de la forma también es un pensamiento. Por momentos me da la impresión de que en estos poemas hay un pensamiento que escribe y otro que lee, que no funcionan al unísono pero que muchas veces se confunden. Podría imaginarme que la poesía de Gustavo habita el espacio de ese desencuentro, pero sin embargo a veces la conjunción se produce, y entonces su poesía conquista un instante.
Links
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