Nicolás Alberte

No seamos ni vos ni yo*

Selección: Ana Lafferranderie

Invención del sabor Umami

Desde el edificio alto del hotel,
casi no se oía el viento.
Los forasteros ignorantes
de la violencia del mar en la región
se acercaron demasiado a ver las olas
durante la tormenta y el agua los llevó.
¿Se puede escuchar al miedo
desde donde no se oye el viento?
Como si la muerte fuera un tour,
paseaban por la costa y al mirar atrás
Eurídice les dijo “rían”
y les tomó la foto.

Algunas palabras, no muchas,
todavía conservan buena parte
de su carga semántica.
Ningún actor se ha bautizado aún
Prometeo, ninguna actriz
se llama Ifigenia y ninguna
estrella del deporte
aparece en el relato como Tántalo o Ixión.
(Sócrates fue tomado
y Homero también).

Aunque la transparencia sea
la virtud de la época, o tal vez
por eso, los artistas la desprecian.
También la poesía es salada, dulce,
amarga o ácida y, recientemente,
hemos incorporado a ella el sabor Umami.
Estamos conquistando al mundo,
¿cómo es que nadie lo ha notado?


La liturgia obsoleta de la epifanía

En invierno los atardeceres son tan rápidos
que aplastan la noción del infinito
en que se mueven generalmente los dioses.
Entra:
las tres naves barrocas vacías
son un contrasentido.
Recuerda los tiempos
en que los mártires eran de carne y hueso:
aquí se cobijaban visigodos
y toda clase de bárbaros.
No había entonces ninguno de estos
mármoles y esas figuras triunfantes,
siempre en ascenso,
eran aire, nubes reales,
pérdidas verdaderas de sangre y vejámenes.

Estos bancos desnudos
parecen barcos que han sobrevivido a una gran derrota
y se acumulan vacíos cerca de un muelle abandonado.
Tus palabras son aquellas figuras
torpemente humanas que pasan al fondo
cerca del ábside,
preparándolo todo para irse a casa.
Toda esta mampostería sacra sin sentido
que tanto semeja el ritual que tú practicas:
voces que rebotan en paredes llenas de ecos
y no permiten que se entienda demasiado.


Dromos ex nihilo

De la magia que, dicen, provenía del rayo
los humildes sólo heredamos los domingos.
Los domingos todavía son sagrados.

Imponemos las cositas del día a la liturgia
de la divinidad cuyas vacaciones,
como todo lo suyo,
habrán de ser eternas. En el catálogo
prefieres lo primaveral: la explosión
de jazmines en el jardín junto al aljibe falso,
los aromas previos a la alergia,
los primeros baños en el mar frío, amar
a una compañera casada del trabajo…
Y ahorras dos o tres años para tu viaje estival.
Una semana de crucero por el Nilo
te da ese esplendor que antes
sólo pudo tener Akenatón.

Y mientras te miden en la sangre
la cantidad de alimentos a los que eres alérgico
para poder venderte medicinas,
te lo cuentan tan bien en la película
que sería imposible no creerlo. Eso sí,
cuando todo falle,
cosa que dudo que pase pero pasará,
no encontrarás a nadie a quien culpar.


Un hombre de su tiempo

a Eduardo Milán

Las cabras grandes son grandes,
las cabras pequeñas son pequeñas
y los dioses que no pueden volar
sólo son dioses en las creencias de los necios.
Desde el hambre es muy difícil contar la opulencia,
el que tiene poco guarda
lo poco que tiene como un tesoro
y el que tiene mucho
tiene mucho miedo de perderlo todo.
No habrá leche donde las ubres no estén hinchadas,
ni esperes milagros de los libros de la razón.
La poesía, bueno,
sufrirá estas carencias hasta que alguien
con manos muy largas y puras
(uno podría decir “inocentes”)
logre hacer salir una vez más desde la tierra o el agua
la vieja luz que nos ciega y a su vez
nos permite ver más lejos.
Si puedes elegir,
iguálate con el halcón, no con el cuervo:
dejar de llorar será un comienzo.
Los felinos dan saltos,
las ratas tienen los ojos rojos,
la lluvia lo está pudriendo todo
en la estación de las lluvias.


Entropía

Puedo acallar a los perros, todavía,
y hacer que el sol caiga ahí
delante de tus ojos.
Puedo hacer que la gaviota que nos sobrevuela,
mientras recostamos la cabeza como en un dentista,
grite como si sufriera para suavizar
nuestra silenciosa desesperación. Puedo
hacer que la ola susurre a la arena como hacían los antiguos,
como Orfeo,
y que esa criatura horrible de cuerpo extraño
a mitad de camino entre elefante
marino y tortuga gigante pero sin caparazón,
con unos bracitos de huesos infantiles que son deseos
de garras nonatas y sin ojos,
de tegumento verde entre podrido y pudriéndose,
que un mar generoso en el esfuerzo como yo
depositó esta mañana en la cuenta bancaria
de nuestra playa desierta, no seamos
ni vos ni yo. Puedo hacer eso…

Pero nada puedo asegurar sobre el futuro.

Ay ese animal horrible y muerto seguirá allí toda la noche
y mañana, cuando hayamos tomado vino y comido
y hayamos dormido juntos y nos hayamos abrazado
[desnudos
estará ahí, un poco más verdosa su piel como de goma vieja
y yo podré seguir haciendo,
de momento,
que su cuerpo no sea ninguno de nosotros dos,
por ahora,
amor.


Una más de nuestras adicciones incurables

Es tarde del otro lado,
aquí ha dejado de llover
y quisieras contárselo a alguien.
Demasiado tarde, sientes el amor
que engendran las palabras
unas detrás de las otras como conejos
que van naciendo de la cópula
en la era de la reproducción artificial
y que nosotros
comeremos sin hambre verdadera.

Es
demasiado
tarde
del otro lado.

Hay una voz
que pareciera hablar siempre
desde la larga distancia:
son tus padres,
tus abuelos y sus padres.
Un coro, ¿lo oyes?
Un coro enorme
de esos que cantan con trajes oscuros
en grandes teatros.

Las horas pasaron y cada vez
es más temprano allá
y más tarde de este lado…
Nadie va a despertar para hablar contigo de esta
o cualquier noche.


Tan lejos de la mañana como sea posible

Deja las citas para la nieve.
El calor que se escapó con el invierno
vivirá otro instante debajo de otras mantas
que no compartiremos.
La nieve acumula citas
y luego las sepulta. El verano
es un lastre que cargamos por el resto del año
y más allá. Siempre la misma
metáfora de la noche,
la noche que tanto nos gustaba;
con copas, caricias
y, finalmente, en las manos agua.

Ahora cierra los ojos,
cuenta hasta tres
o cuatros metros de frío
(los que haga falta para congelarnos)
y sumerge cada piedra de recuerdo
bajo ese rosario, su espacio
blanco es como lo que nos ha tocado decir
eternamente: adiós.

Parece que la nieve nunca se fuera a derretir
[¿no es verdad?
Pero deja ahí las citas,
entierra la voz, las palabras,
todo tan blanco que podríamos muy bien haber estado
siempre muertos y nadie se hubiera dado cuenta.
Este silencio es la parte
que mejor hemos sabido interpretar.


Nota del editor.
* Poemas de Área de Broca (2020).


Nicolás Alberte (Montevideo, Uruguay, 1973)

Poesía
Área de Broca, Montevideo, Yaugurú, 2020 (Tercer Premio Nacional de Literatura)
Escritos a la luz de las cosas que no se ven, Buenos Aires, Gog y Magog, 2009
Montevideanas, Amuleto, 2008
unapalabramáslargaquelanoche, 2006
Vacío en partes iguales, Montevideo, Artefato, 2005
El cuidado que ponemos diariamente en no morirnos, Ediciones de la Feria del Libro, 2004

Narrativa (novelas)
Una empresa llamada La humanidad, Estuario, 2023
Amantísima, Tusquets, 2021 (Primer Premio Nacional de Literatura, 2019)
Te odio, eternidad, Montevideo, Planeta, 2018 (Segundo Premio Nacional de Literatura, 2020)

Ensayo biográfico
La fuente de la juventud. El príncipe, Estuario, 2022 (sobre el músico Gustavo Pena)

Links
Entrevista. «Nos damos cuenta de la felicidad…«, en Beat
Poemas. En revista Poesía