Que todo sea sigilo / Diego Di Vincenzo

Que todo sea sigilo
Diego Di Vincenzo
Buenos Aires, Cencerro, 2025

Se viaja escribiendo

Por Diego Bentivegna

En Que todo sea sigilo, último poemario de Diego Di Vincenzo publicado por Cencerro en 2025, la palabra traza un itinerario que desarma el tópico del desplazamiento para internarse en su paradoja: el viaje más extremo es el viaje estático. La fórmula, que remite a ciertas intuiciones de Deleuze y Guattari, no funciona aquí como cita programática, sino como tensión que organiza la experiencia de lectura. Se viaja sin desplazarse, se regresa sin anécdota, se escribe cuando ya no hay relato de viaje que contar. Lo que el libro registra es el agotamiento de una retórica de lo itinerante y, al mismo tiempo, la búsqueda de una forma de mover aquello que somos. “Voy a mi lugar”, anota el hablante en un momento inicial, y esa simple afirmación abre una geografía interior donde el verbo se vuelve destino.

Esa búsqueda se inscribe en una serie monástica. El poema se piensa a sí mismo como regla, como ejercicio, como disciplina de vida. En este punto, resulta inevitable recordar las indagaciones de Michel Foucault y Giorgio Agamben sobre la vida regulada. En sus últimos años, Foucault se preguntó cómo los sujetos se forman a través de prácticas cotidianas (el cuidado de sí, la vigilancia de los gestos, la atención al propio pensamiento), más allá de cualquier institución o moral religiosa. Agamben, retomando esa línea, analizó en Altissima povertà las reglas monásticas medievales como modelos de una vida donde el acto y la norma coinciden: la existencia no obedece a un mandato externo, sino que se organiza según su propio ritmo.

El horizonte que ambos abren aparece en el libro de Di Vincenzo traducido a procedimiento poético: el poema como espacio donde las palabras establecen su propia regla, donde escribir equivale a ensayar una forma de vida. La pregunta por la vida, entonces, no es vitalista ni metafísica; es concreta, atenta a los modos en que una existencia se compone con las reglas que elige seguir. En ese sentido, la materia sensorial del texto se transforma en ejercicio espiritual. “Huelo el alcanfor y el palo santo, y el incienso que sube tras la plegaria”, escribe el poeta en Revelación, y en esa imagen olfativa la respiración se vuelve método de conocimiento.

En diálogo con esa clave, el libro convoca otra deriva contemporánea: la pregunta convivial de Roland Barthes en Cómo vivir juntos. La serie final de poemas trabaja precisamente esa inquietud: qué significa habitar con otros, cómo se compagina la búsqueda de recogimiento con la aspiración a una vida compartida. El sustrato monástico complejiza el planteo: vivir juntos no se reduce a comunidad afectiva o política, sino que se vuelve ensayo de coexistencia reglada, un estar con que incluye tiempos de silencio, de separación y de escucha.

Ese desplazamiento hacia la regla reorganiza también el género. El poemario mina la idea de un yo lírico autosuficiente y se aproxima al relato: asoman historias, episodios, hagiografías mínimas, pasajes que encabalgan memoria lectora y escenas de formación. San Benito aparece como figura axial, no por devoción sino por su potencia organizadora. El eco de sus preceptos roza incluso una zoología poética: pájaros, bestiario discretísimo que arma un contrapunto con Francisco de Asís y activa otra vez la pregunta por las formas de vida. “En el batir interminable de una semejanza al Infinito vi un fuego de brasas incandescentes”, se lee en uno de los poemas, donde la visión del vuelo enlaza materia y trascendencia, aire y pensamiento.

La biblioteca que se moviliza no se ofrece como ostentación erudita. La lectura de Auerbach, Benjamin, Simone Weil o Heidegger funciona como sedimento, como andamiaje que permite oír la respiración larga del poema. A la vez, Di Vincenzo sintoniza con una línea en lengua castellana que no se detiene en el canon más visible del Siglo de Oro, sino que explora su zona mística y su fricción con lo novomundano: Bartolomé de las Casas, Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz. No son citas ornamentales: abren un régimen de dicción que desarma el lirismo de superficie para ensayar una prosodia alta atravesada por la experiencia.

Ese timbre encuentra un territorio inesperado: Los Toldos. Topónimo que reactiva capas de historia y presente (pueblos originarios de lengua tehuelche y mapuche; el nacimiento de Eva Perón) y que, en el libro, funciona como ensayo situado sobre comunidad y disenso, sobre pertenencia y exilio. ¿Puede un monasterio levantarse en Los Toldos? La pregunta no busca respuesta institucional; propone una escena imaginaria para pensar qué formas de vida, qué ritmos, qué silencios, podrían arraigar allí.

En el centro de esa topografía late la lengua. Di Vincenzo escribe con una elevación deliberada que nunca se desprende de lo concreto; a la vez, deja entrar la habla familiar italiana, esa prosodia que muchos hijos de la inmigración tardía reconocen como casa y como ajenidad. De allí que el libro dialogue, con naturalidad, con la tesis de Derrida sobre el monolingüismo del otro: la lengua que nos constituye siempre llega con acento extranjero. Este poemario asume ese desfasaje como materia de trabajo: la lengua heredada no alcanza, la lengua aprendida se vuelve objeto de participación y distancia.

Que todo sea sigilo avanza así como una meditación poética sobre tres núcleos: el viaje inmóvil como forma de transformación, la vida en común como ensayo reglado y la lengua como territorio compartido e inestable. En lugar de proclamar tesis, el libro prefiere afinar la escucha: deja que los nombres propios convoquen tradiciones, que los animales bordeen una ética de lo viviente, que el mapa argentino se cruce con la regla benedictina, que la biblioteca se ponga en marcha sin carteles. El sigilo del título es método: una forma de atención.

Al final, la pregunta que organiza el conjunto mantiene filo: ¿cómo viajar de un modo que modifique lo que somos sin movernos del sitio? La respuesta del poema es modesta y obstinada. Se viaja leyendo, orando, trabajando la lengua, atendiendo a los gestos mínimos de la convivencia. Se viaja aceptando que toda comunidad, incluso la más íntima, necesita su régimen de pausas y de escucha. Se viaja, por último, cuando la palabra encuentra un tono capaz de sostener esa vida. En esa dirección, Que todo sea sigilo es un libro raro: incorpora tradiciones heterogéneas, místicas y contemporáneas, las hace convivir sin jerarquías y alcanza, por esa mezcla precisa, una originalidad que desarma cualquier linaje. Quizá allí resida su gesto más audaz: abrir una nueva línea en la poesía argentina, una que piensa el estar juntos desde el retiro, y la escritura desde el silencio.


Parodos

La brisa tenue
de la primera quincena
de septiembre
penetró el tajo invernal
y un vaso de humedad
empapó de flores
la ruta que emprendí
como piadoso viajero
bajo un sol nuevo
que ciega los ojos abiertos
a zorzales y benteveos
al clarear.


Revelación

Estoy sentado en el amplio verde que antes había
visto por la ventana, a la llegada. Un verde que se pierde
entre frutos, uno junto al otro, por senderos
de una longitud que serpentea y colea en subibajas.
Al rojo de los manzanos y los naranjos que pestilan aromas
como un almizcle que quisiera arrebatar los olores de Dios,
huelo el alcanfor y el palo santo,
y el incienso que sube tras la plegaria.
Estoy postrado ante un llamado. Hablas, Señor,
por el olor de la madera.
Es un olor frío que sube oscuro, y este bosque de intensa espesura
arropado solo por unos ojos que espían fulgor
ante el Infinito que enseñorea:
todo regalo y don de un mundo que es arboleda, sonido del viento
y del agua.

Yo también soy Benito. Que avanza montado en un marcial
coro de laúdes.
Ni endureceré mi corazón como en Meribá
ni como Masá en el desierto.
La piedra desechada es la piedra angular.
Aposento del impío
y roca de los fieles.
Mi cuerpo, arcilla en tus manos, piedra también más delicada:
zafiros o esmeraldas. Torres de mi espalda, almenas de los brazos
con el olor más puro que exuda la lluvia de tu soplo,
un polvo nuevo.
La revelación de un instante en que todo el mundo
se enrolla en la nuez de un haz de luz.


El cuervo

Le envían a Benito un mendrugo envenenado.
Se lo dan como obsequio. Acaso desconozca
la ponzoña que esconde el pan. Lo acepta.

Benito es amigo de los pájaros.
Un cuervo lo visita diariamente.
Lo alimenta de su propia mano.
“Toma este pan y arrójalo a un lugar
donde no pueda ser hallado por nadie”,
grita la víctima de una muerte segura.
El cuervo revolotea y grazna. Está dispuesto a obedecer,
pero no cumple el mandato del abad.
“Llévatelo, llévatelo sin miedo
y échalo donde nadie pueda encontrarlo”.
Tardó todavía largo rato el cuervo en cumplir la orden,
pero al fin tomó el pan con su pico,
levantó el vuelo y se fue.
Tres horas después, habiendo arrojado ya el mendrugo,
regresó y recibió el alimento acostumbrado.


Desierto

Benito habitó consigo, lugar de su amada soledad,
bajo la mirada del Ave del Cielo.
(En estos campos del Señor
se clausura el pensamiento).
Pero el ardor de la contemplación lo elevó a Benito
por encima de sí mismo y fue todo vuelo.


Fue en el tiempo de la siembra

Fue el año 2014, mes de septiembre, en Santa María de Los Toldos.
Allí el ave del Señor descendió sobre mí.
Yo miré a los lejos, donde los monjes oran y laboran,
y del norte, una nube que refulgía emanó la claridad de la Aurora,
como de electro que contuvo la luz para que nosotros, mi alma y yo,
gozásemos del reencuentro. Entonces
vi por detrás un pájaro semejante al de Benito;
no su rostro, sus cuatro alas negras de un azabache azulino.
Estaba el ave inmóvil y no daba señales de vida.
¿Qué hacía allí parada delante de mis ojos recortada sobre un fondo de
inmensa llanura verde, donde monjes que rezan y trabajan
volvían hacia el almuerzo por la vía que lleva a la casa?
Sus alas estaban extendidas hacia lo alto:
se tocaban entre sí y les cubrían el cuerpo.

En el batir interminable de una semejanza al Infinito
vi un fuego de brasas incandescentes, o de antorchas,
que se agitaban en medio de su batir.
Es el Espíritu, pensé, el fuego que resplandece, y del que emanan rayos.
Y en el que el suelo se produjo un estruendo.
Como el aspecto del arco que aparece en las nubes los días de lluvia,
así era la claridad que lo rodeaba: a semejanza de una gloria sin fin.
Al verla, caí con el rostro en tierra y oí una voz que hablaba.
Escribe en un libro lo que ves.


La copa envenenada

Como con el mendrugo,
llenaron una copa de vino y le pusieron veneno.
Esto ocurrió cuando Benito tomó
lugar en un monasterio cuyo abad había muerto.
Pero los hermanos que habían solicitado su bendición
se arrepintieron muy pronto de ello porque
(rondellus) Benito parecía inspirar cosas nuevas en espíritus envejecidos
que buscan la muerte.

Le presentaron la copa de cristal que contenía la bebida envenenada.
Benito extendió la mano e hizo la señal de la Cruz.
Y el vaso se rompió en mil pedazos,
como si persignarse hubiera sido una piedra que lo redujera.

(Homilein) La bebida no pudo soportar la señal de la vida
contra el vaso de la muerte. Lo enredaron los lazos del homicidio,
la angustia del sepulcro.

¿Cómo puede retribuir Benito la bondad del Señor que se ha mostrado
brindando con la copa de la salvación? Cantando:
Vuelve a tu descanso, Alma mía, que el Señor cuida de ti.


Tratado del alma

Simone

Te contaré esta historia,
la de una tumba en tierra de nadie,
un campo intermedio con cicatrices de guerra.

Es también una hora de despedida. Pero aquí no hay
oraciones ni palabras santas.

Es Simone Weil, sin sacerdote que recite el último canto,
en un lugar al que las voces no llegan
y donde el eco de lo humano se disuelve en la distancia.

Ya sabes:
La guerra nunca cesa. Y el silencio no pide ser santificado,
sino comprendido.

Ha dicho:
Todos los movimientos del alma siguen la ley de gravedad,
excepto la Gracia.