La música vendrá (Buenos Aires, Gog & Magog, 2024) es una biografía del poeta Edgar Bayley (1919-1990) firmada por Mario Nosotti. Bayley fue una de las figuras capitales de las vanguardias artísticas de los años cuarenta y cincuenta; además de haber sido una personalidad reveladora en sí misma. Que una biografía retome su obra permite reponer cierto cuestionamiento formal que la poesía actual tal vez necesite reconocer o descubrir.
Edgar Bayley: El poema, una realidad viva
Por fabián herrero
La música vendrá, un revelador ensayo biográfico sobre Edgar Bayley, es el reciente libro del poeta y ensayista Mario Nosotti, que sigue por momentos un impulso similar al de la biografía La casa de los pájaros (UNL, 2021), donde abordó la vida y la obra de Juan L. Ortiz. En el caso de Bayley el abanico se amplía, ya que el autor se interna tanto en su vida íntima como en su obra, y en hechos fundamentales, a veces subterráneos, que imprimieron vigor y renovaron la poesía argentina. Episodios luminosos, su
sentido del humor y la amistad, su histrionismo, la relación con sus hermanos, reconocidos también en el área de las artes y la ciencia, sus viajes a Italia y Alemania y también las travesías de bohemia por las costas argentina y uruguaya, sus ideas sobre la poesía, su impulso a los jóvenes poetas, su relación con grupos fundamentales como el de la revista Poesía Buenos Aires o los poetas del litoral. En esta charla que mantuvimos a fines del año que pasado, Mario nos cuenta algunos de los aspectos y alcances del libro.
—Mario, me gustaría comenzar preguntándote por el origen del libro. ¿Cuándo comenzaste a imaginarlo? ¿Es un trabajo que realizaste por un pedido especial?
—Fue hace unos cuatro años que empecé con las ganas de escribir sobre Bayley, poco después de que saliera La casa de los pájaros, un ensayo biográfico sobre Juan L. Ortiz. Presenté la propuesta a una beca del FNA y la seleccionaron, de algún modo ese fue el envión para terminar de decidirme.
—El libro comienza con una anécdota donde es posible conocer cómo fue tu primer contacto con la poesía de Bayley. ¿Qué es lo que creés que impacta de Bayley en tu propia experiencia de poeta e incluso en tus poemas?
—Bayley significó para mí la conciencia de que un poema puede contener el mundo, un fragmento del mismo, y con esto me refiero a algún tipo de realidad viva. Esa era la sensación; alguien había captado eso que no tiene contorno y en lo que estamos inmersos, y lo había alojado en una especie de cuenco, como si fuese un caracol donde las olas siguen resonando. Yo era un adolescente cuando lo leí por primera vez, en unas vacaciones en la costa argentina. Mi cabeza era por entonces un hervidero, estaba lleno de temores, de complejos, y su poesía vino a rescatarme, me dio exterioridad, una oportunidad de ver lo que tenía adelante. Eso estaba, paradójicamente, en el poema. Y el poema era a la vez como un fractal de aquella realidad. Leer a Bayley impactó directamente en mis ganas de escribir poesía, me enseñó que era posible dar cauce a ese desborde, esa inmediatez ciega que supone de algún modo la experiencia, ordenándola pero manteniendo, es más, potenciando ese don de presencia. En mi poesía busco de algún modo ese fulgor momentáneo (que lo logre es otra cosa), a veces trabajando con la opacidad, otras con lo concreto, lo contrastante.
—En un tramo de la primera parte del libro reflexionás en torno a la idea de biografía, mencionás varios autores que piensan el tema, entre ellos a Arturo Carrera. ¿Podés, por favor, decirnos qué idea pensaste cuando escribías el libro y si, finalmente, una vez concluido, pudiste lograrlo o bien si hay cuestiones que no pensaste en un comienzo?
—Al principio solo tenía el impulso de “hacer algo con Bayley”. Quizá por esa experiencia pregnante de la que te hablaba, que había quedado latente desde mi juventud. Bayley seguía estando —aunque no lo leyera— en mi horizonte, era uno de mis autores fundantes. A medida que iba investigando, ordenando información y tanteando al narrador capaz de contar su historia, se me impuso la idea de una biografía más bien clásica, es decir, no un ensayo, no un abordaje donde predominara mi subjetividad (que es más el caso del libro de Juanele), sino una biografía que diera cuenta de su trayectoria, sus grupos y publicaciones, el contexto de varias décadas de la poesía argentina, y también de su intimidad, sus amistades, parejas, su humor y su soledad. Con todo eso, y aun sabiendo que inevitablemente sería “mi Bayley” —el que se me impuso, el que pude construir—, quise alcanzar algo de la verdad de ese hombre, algo que se precipitaba cuando los materiales (testimonios, cartas, poemas, entrevistas que leí) pasaba de a poquito por el tamiz de la escritura. Ahí, de algún modo aparecía su voz, y esa voz me dictaba el narrador de esta historia.
Por supuesto que uno no sabe qué tipo de artefacto resultará hasta que el trabajo está más o menos terminado. El avance es casi siempre más o menos a ciegas, en mi caso lleno de zozobras, de pensar que no voy a ningún lado, de sentirme abrumado por la información, que es tanto una aliada como un enemigo, y aunque esto ya me había pasado, este libro fue para mí un desafío. Más allá del valor que tenga, de lo que haya logrado, estoy contento por el solo hecho de que exista, de haberle dado forma, y más ahora que veo la alegría con la que está siendo recibido. Me llegan muchos comentarios y eso me da tranquilidad, saber que el libro le habla a los lectores.
—Con relación a la poesía de Bayley, en un momento afirmás, “Los sesenta verán consolidar y transformarse a la obra poética de Bayley”. ¿Qué es lo que se transforma en esa década y con qué tiene que ver?
—En los sesenta Bayley publica su tercer y cuarto libro, uno a comienzos de la década, Ni razón ni palabra, escrito en la segunda mitad de los cincuenta, y el otro en 1968, El día, con poemas escritos efectivamente en los años sesenta. Son los años en los que forma parte de ese grupo excepcional que llevó adelante la revista Zona de la poesía americana, en la que estaban Urondo, César Fernández Moreno, Noé Jitrik, Miguel Brascó, Alberto Vanasco, entre otros. Las vanguardias se empiezan a agotar y la realidad política y social se impone. En ese libro, El día, Bayley hace como una recapitulación de todo su recorrido, hay como una asunción de lo relativo y provisorio de todo. Por otro lado, Bayley es parte de un entorno muy politizado, que coincide en la necesidad de llegar a un público más amplio, y entonces hace equilibrio entre una poesía más cercana a la sensibilidad del lector común, donde incluso entra a tallar cierta coyuntura, y su voluntad irrenunciable de que el poema no se subordine a ninguna agenda, ya que para él solo siendo fiel a sí mismo el poema puede dar cuenta de su tiempo. Esta tensión entre una poesía que prioriza lo formal y otra más atenta a los desafíos de la historia es algo que atraviesa la revista. La pregunta de para qué sirve la poesía se hace ineludible, y los debates que se arman al respecto son muy ricos.
—“La faceta teatral de Bayley —señalás— es una de las más singulares”. Contás al respecto que escribe obras, pero que además le gustaba improvisar, actuar. ¿Pensás que la poesía tiene que ver con sus obras de teatro? ¿Hay indicios de contacto?
—A Bayley le gustaba representar personajes, incluso creo que a veces hasta hacía de sí mismo. Hay muchas anécdotas divertidas; podía decir las cosas más hilarantes con una seriedad inmutable. Los duetos con su amigo Francisco Madariaga en reuniones sociales eran muy celebrados. Bayley escribió tres obras de teatro, y fundó y dirigió un grupo a comienzos de los cincuenta. En esas obras lo que campea es cierta picaresca, cierto tono de farsa, una liberación a través del humor y el desborde que era parte de su personalidad y que yo veo mayormente excluida en su poesía. Si bien hay poemas donde aparece el humor, la peripecia, lo más radical de eso está en sus obras de teatro y también en los textos sobre su desconcertante Doctor Pi.
—Describís su vínculo con la revista Poesía Buenos Aires, pero al mismo tiempo marcás las tensiones que existían desde el punto de vista de la concepción de la poesía. ¿A tus ojos, sobre qué cuestiones concretas Bayley se relacionaba con la revista?
—A pesar de que se lo asocia indisolublemente con Poesía Buenos Aires, Bayley fue como una especie de satélite para ese grupo. Si bien su marca es innegable, e incluso fue codirector de varios números, en general no iba a las reuniones, ni era de los que más participaban. Compartía con ellos el afán de búsqueda, esa cosa vital de hacer de la poesía una experiencia cotidiana, y también el interés por pensar la poesía, y por toda una camada de poetas emergentes que el grupo empezó a difundir y a traducir. Pero creo que le molestaba un poco esa cosa altisonante, pretenciosa de la vanguardia, del poeta como alguien especial, predestinado. Era un poco el contrapunto de su director, Raúl Gustavo Aguirre, gran poeta que además era su jefe en la Biblioteca de la Caja de Ahorro. Al principio —porque después fue cambiando— RGA tenía esa idea del poeta iluminado, vehículo de cierta verdad con mayúsculas, y esa cosa solemne a Edgar lo disgustaba.
—Cuando analizás sus intervenciones como ensayista, anotás una frase muy bella, “he querido poner el espíritu crítico al servicio de la inocencia”. En tu opinión, qué ideas o líneas de Bayley en sus ensayos todavía resultan un material para pensar la poesía.
—Para Bayley pensar era empezar de cero, así interpreto yo esa frase. Él se hacía preguntas por momentos muy básicas, que son las más difíciles de contestar: de dónde surge el poema, qué fuerzas se ponen en juego, hasta qué punto el poeta controla ese proceso, cuáles son sus instancias, es el poeta un artesano o es alguien que de algún modo es hablado, todo eso se pregunta, y en sus preguntas hay un deseo real de entender, algo que lo comprometía íntimamente. Siempre le preocupó que la teoría no ahogue el fulgor del poema. Era meticuloso, rodeaba con mucho cuidado, mucho esmero el fenómeno poético. Bayley leía mucho, conocía muy bien la tradición de la poesía anglosajona y europea, pero también sabía que cuando escribe el poeta está solo, y ahí entra algo de la forzosidad, un concepto muy interesante al que vuelve varias veces. Creo que hay que leer con atención sus ensayos. No solo son interesantes, dan ganas de escribir.
—Hablás de una “conexión litoral”. Recuerdo que lo conocí a Bayley justamente en la ciudad de Santa Fe hacia mediados de 1980, a través de Hugo Gola que fue sin duda uno de mis maestros. ¿Qué te parece que produce esa conexión no solo en Bayley sino en aquellos a quienes frecuenta?
—Hay una temprana conexión que se da entre algunas publicaciones de Buenos Aires y de Santa Fe, ya desde mediados de los años cuarenta, revistas muchas veces efímeras pero que van tejiendo una red de correspondencias. Pero el aglutinante principal, el lazo convocante es la presencia de Juan L. Ortiz en la ciudad de Paraná. Paco Urondo, y también Hugo Gola, ambos cercanos a la gente de Poesía Buenos Aires, ofician como guías de los porteños en los inicios de lo que será ese viaje iniciático que durará casi tres décadas. El mismo año en que aparece PBA Enrique Móbili viaja a conocerlo a Juanele y poco después también lo hará Rodolfo Alonso. Otro hecho fundamental es la realización de la Primera Reunión de Arte Contemporáneo organizada por la Universidad Nacional del Litoral en 1957, que reunió en Santa Fe a los principales nombres de la renovación artística. Urondo, que era uno de los responsables del evento, invitó a varios de los miembros de PBA. En ese lugar coincidieron Juanele, Carlos Drummond de Andrade, Bayley, Amelia Biagioni, Leónidas Lamborghini, en fin, un dream team. Desde entonces y en adelante, parte del centro de gravedad de la poesía argentina se trasladó de Buenos Aires a Santa Fe.
Por otro lado, tanto Urondo como Edgar tenían en Juanele la referencia del poeta que asume la poesía como forma de vivir. Bayley le dedica un poema precioso, “Descenso y ascenso de Juan L. en su mundo de intemperie” (El día, 1968). Lo que trato de mostrar en el libro es que Bayley es parte de esa cadena de nombres (Juan L., Urondo, Gola, Saer, y algunos otros), y seguirá en relación —a través de colaboraciones, cartas, escapadas para participar en encuentros o dar alguna conferencia— con poetas de Santa Fe y de Rosario.
—Para finalizar, quisiera que nos contaras algo sobre la repercusión que tiene el libro, sé que hubo presentaciones y también alguna nota al respecto.
Se presentó en la Biblioteca Ricardo Güiraldes donde charlamos con mi amiga, la poeta y filósofa Laura Klein, y varios amigos leyeron poemas de Bayley. Fue muy emotivo porque había familiares, amigos de Edgar, gente que lo conoció íntimamente. Y sí, ya salieron algunas notas y sé que hay otras a salir, pero lo más lindo es la gente que me escribió, muchos poetas y escritores que lo trataron y que estaban agradecidos por el solo hecho de que alguien se haya ocupado de Bayley. Me di cuenta de lo querido y admirado que es Edgar, y también que hay una nueva generación que casi no lo conoce. Siguen apareciendo anécdotas e información, como el caso de Daniel Balderston, un académico y profesor de la Universidad de Pittsburgh, especialista en Borges, que lo acompañó a Edgar los días en que estuvo en esa ciudad leyendo sus poemas, como parte de una gira que realizó por los Estados Unidos meses antes de morir. En fin, cosas que quedarán para una próxima edición, si la hay.