Santiago Venturini. Un año sentimental











Un año sentimental
Santiago Venturini
Buenos Aires
Caleta Olivia
2019


Un espécimen adulto

En el espejo de un placar
trato de reconocer mi propia
imagen:
muevo los músculos de la cara
me peino con los dedos,
pero no consigo sacarme el disfraz
que me pusieron los últimos años.
Esta metamorfosis de la especie
no es tan grave.
Tengo el cuerpo de un hombre
libre,
podría correr hasta la esquina
y parar a escuchar
el trabajo de mi corazón
que se adapta a la velocidad.
Sé discernir entre un pedazo
de madera y un hueso,
soy gentil con los desconocidos,
piadoso con los animales.
Pero algo anda mal conmigo.
Me asustaron unas frutas
pudriéndose en la heladera,
me asustó mi propia mano
cuando levantó un vaso,
me asusta abrir a veces
unos ojos en blanco
que solo pueden ver
lo que desapareció.

Algunas noches
acostado bajo el dibujo
que las luces de la calle
hacen sobre el techo,
empiezo a preguntarme
cómo llegué a esta casa,
cuándo decidí comprar
esta cama,
por qué los muebles están
en ese orden
y no en otro.


Agua

Como todos
guardo botellas con agua
en la heladera.
Hoy me pediste una.
Fuimos al cementerio municipal
porque es domingo
y los domingos la gente
hace la revisión técnica
de sus muertos.
Compramos flores
en un puesto de la entrada
y recorrimos de memoria el camino
hasta la nave negra
en la que tus papás
y otros parientes
siguen en posición de despegue.

Nos quedamos medio minuto
en silencio
y después
te vi retorcer los tallos
de las flores
y te vi usar el agua de la botella
para lavar el mausoleo.
Limpiaste el mármol
con la mano,
mojaste la foto de una abuela,
regaste a un cristo crucificado.
Pensé en esos manuales de biología
donde una vez aprendimos
que el agua es la fuente de la vida.

Salimos de ahí en procesión,
al lado de extraños
iguales que nosotros:
todos padres hermanos o hijos
de fantasmas.
Y cuando entramos en la atmósfera
tropical del auto,
cuando tocamos el tapizado
caliente de los asientos
algo nos pasó:
tuvimos sed
y la tarde era una de las cosas
más brillantes que habíamos visto.
Y creo que los dos pensamos
que teníamos que agarrarnos
de ese brillo,
o eso es lo que entendí
cuando aceleraste por la calle
que llevaba hacia la luz.

a León


Desde el piso 16 de un edifcio

Algunas cosas que viste
te dijeron
que todavía no llegó el fin del mundo:
los autos flotaban
sobre la línea de las calles,
los chicos que salían de la escuela
se acoplaban a sus padres,
había nubes irreales
sobre la ciudad que brotaba
de la tierra.
Otras cosas te dijeron
que esto es el apocalipsis,
aunque no vas a decirlas.
El año que pasó fue duro
pero resucitaste.
Te cortaste el pelo,
pintaste las paredes de tu casa,
entraste otra vez
en los supermercados
como el hijo pródigo
que volvió de sí mismo.
A veces te parece
que todo el tiempo estás
esperando que algo pase.
Tal vez es tu estado
natural.
Te gustaría llegar a esa edad
en la que vas a saludar a tus vecinos
o a dormirte en tu cama
con la indiferencia de la sabiduría,
pero algo te dice que las cosas
van a ser diferentes.



Links

Reseña. «Un año sentimental», por Anahí Mallol
En op.cit. Reseña y poemas: «Cuadernos de provincia», por Marcelo D. Díaz