
Bicho sin dueño
Leonardo Pez
Santa Fe, Lubieta, 2024
Sonando al sol como la chicharra
Por Larisa Cumin
El verano pasado leí Bicho sin dueño, de Leonardo Pez, ilustrado por Virginia Abrigo y editado por Lubieta. Noté, a primer golpe de oreja, que la voz de Leo Pez estaba sonando diferente a lo que yo recordaba de sus libros anteriores. Por eso no me pareció casual que en la primera parte se narre una mudanza y también una ruptura amorosa. Como dije, este libro tiene dos partes, «Una velocidad distinta» y «No te mueras con tus muertos», que podrían pensarse en una lectura descuidada como independientes: un libro de 28 poemas más una plaqueta de dos poemas largos. No sólo escuché esas diferencias, sino que sentí su voz más emparentada a la poesía de su generación y de su territorio. Durante mis vacaciones leí también otros libros publicados el año pasado: La calígine de Daiana Henderson (Mansalva), Las sombras de Agustina Lescano (Azogue) y Santa Rosa de Calchines de Santiago Pontoni (Nutrias Espaciales) y puedo decir (no muy objetivamente) que a pesar de los matices, sus búsquedas y referencias tan diferentes, reconocí en todos –como quien escucha una canción de su infancia después de mucho tiempo– el sonido de los poetas del Litoral. Como si estuvieran en armonía, tocando instrumentos similares o hablaran una lengua común.
En “Una poesía del litoral”, un ensayo crítico que recomiendo con fervor (publicado en el libro 2022, Veinte apuntes para una literatura argentina del SXXI, de la Editorial Municipal de Rosario), Santiago Venturini se pregunta, retomando trabajos de Callero y Monteleone, si existe una poesía del litoral actual. Termina respondiéndose que “hay una red en la poesía reciente del Litoral, aunque sería más preciso decir que existe más de una: existen redes que sólo a veces se tocan”. Una red armada de festivales, encuentros, referencias cruzadas entre autores, talleres, editoriales independientes, etc. En este libro Leo Pez se emparenta a otra red o toca cuerdas diferentes a las que tocaba antes. Pero no sólo eso, sino que hay un poema que resume esa idea de Venturini y encuentra una imagen precisa para nombrarla: un partido de fútbol mixto en medio de un festival de poesía en Paraná nueve años atrás. Todos los jugadores son poetas.
“Paraná Poesía”, febrero de 2016
El poeta del conurbano mira el horizonte
Sale humo de casas y bolsas
Un hombre transporta cartón en su bicicarro
Otro descansa con la bordeadora encima, fusilado
Es domingo, la barranca está quieta
Una piba encara y la clava en el ángulo
“les que pierdan terminan en el río”
En pocos metros se va del pabellón al túnel subfluvial
El personal de administración vigila detrás del vidrio
como si fuera una cámara gesell
Por la galería, mate lavado cerveza tibia
chocotorta dos encienden un pucho
y un porro con la verga del fogón
Callero fuma uno en la mesa inaugural
Aunque no todos pateen para el mismo lado y los que pierdan terminen en el río (que es básicamente quedarse en la tradición sin re-escribirla), hay algo en el pase. La pelota, al igual que el porro, la cerveza y el micrófono se pasa, se comparte. Quien remata el poema, paradójicamente es quien abrió la cancha para “una” poesía del litoral actual: Fernando Callero. Él fue quien tejió las primeras redes: dirigió antologías, escribió prólogos, abrió las puertas de su taller y de su casa a todos los que estábamos empezando a escribir, fundó una editorial independiente, cantó leyó y zapó sin parar y habilitó cruces de un lado y otro del túnel subfluvial y el puente carretero. A la vez, lo primero que este poema enfoca es otra cosa: está ahí el poeta del conurbano que mira el horizonte y —cabe agregar— escucha. Ese poeta es José Villa con quien Pez trabajó en el armado de este libro. Es decir, de algún modo, la emblemática revista 18 whiskys y la poesía porteña de los 90 con sus rupturas y sus tradiciones también están ahí, en el entramado de la poesía del litoral, desde el primer paneo (estilo comienzo de una película de Paolo Sorrentino) y quedan sonando de fondo todo el rato mientras miran y escuchan. También están los cartones siendo recuperados por un cartonero, la materia prima con la que muchos libros de poesía independiente se han encuadernado. Y todo eso (la barranca, la pelota, el porro, el porrón, los poetas del litoral y los de Buenos Aires, los cartones y los cartoneros y los cortadores de pasto y la siesta y el túnel que une dos ciudades por debajo del lecho del río) arma comunidad. Esa lengua en común es la de “una” poesía del litoral.
Sin embargo, la lengua no está completa en ninguna parte por sí sola, no le pertenece a nadie. Hay otro poema ,“El Chaparral no es lo que se dice una canchita”, donde se juega al fútbol en una cancha improvisada. Pero mientras ese partido sucede, en la televisión se mira otra cosa.
El abuelo mira otro partido
en la tele
la pelota asoma al arco
rival como bicho
sin dueño
La poesía, como la pelota, también es un bicho sin dueño y a veces se puede estar mirando otro partido. La poesía, entonces, puede sonar y ser tocada de formas muy diferentes. En estos poemas, Leo Pez trae también las letras del rock nacional (en el epígrafe, en títulos como frágil temperamental), palabras sueltas que escucha por ahí (caños del ocho; suponte; al ritmo de una paja / “apoyadita”; “¿Che, no estarás más crecido / vos?”, le habla uno al río), ruidos de la ciudad (a unas cuadras de doblar / el ruido de la moto / llega antes que la moto; cuatro tipos discuten con la radio a medio volumen) y de sus afueras (caen paltas / en el campo de mis padres: / como misiles teledirigidos tocan / el tambor de Colastiné / los tucu tucu), narraciones familiares, frases afectivas, citas de cualquier parte (lo mejor de esperar no es / el resultado dice un graffiti / en la pared de la esquina). Todo eso da cuenta de un territorio sonoro con el que este libro se arma y eso es lo que suena diferente en su poesía de ahora. En un momento la voz recuerda, durante un viaje en taxi, estampas (o polvos) de una relación y en el recuerdo lee y escucha (como el poeta del conurbano del otro poema):
Nombres de otra familia
escritos con borratinta
—Por qué leés así
sihablasasiamor?
En esos dos últimos versos aparece graficada un tipo de lectura en voz alta, una caligrafía tonal como la llama Ana Porrúa. Donde la palabra en el poema leído en voz alta suena con una cadencia diferente (se paladea, se separa) a cómo se arrebata y junta en el habla. A la vez en esos versos aparece el poeta como un archivo que guardó en su memoria lo que vio, leyó y escuchó.
En la primera parte nos encontramos con poemas en los cuales se escucha, recuerda y contempla una ciudad, Santa Fe, a través de un montón de ventanas diferentes que por momentos se comportan como cámaras: el parabrisas de un auto, un espejo retrovisor, la ventanilla de un colectivo, las alturas de un edificio (En cada aire acondicionado / se aprecia el estilo de una época) o las ventanas de una institución por donde puede también verse otra ciudad en el horizonte que no es la misma donde se está. En cambio, en la segunda parte, «No te mueras con tus muertos», más que contemplar se realiza una exhumación y exorcismo del pasado y de la herencia. Los dos poemas largos de esta segunda parte arman una memoria familiar fragmentada y se hacen cargo, justamente, de los muertos. Aparecen así, relatos a media voz de la violencia política de los 70 y la dictadura, recuerdo de los carnavales y comparsas antes de ser prohibidos, dolores familiares, estigmas. Y a la vez que se arma ese rompecabezas, también aparece la reconstrucción de una casa nueva para la familia pero que fue adquirida vieja: la pozilga. Para esa reconstrucción cada uno aporta algo: los ahorros de la madre, el premio del Gran DT del hijo, la dirección de obra es hecha por el padre y el hermano. Sólo es contratado, es decir viene de afuera del entramado familiar, el albañil y en su voz el poeta parece encontrar también una materia prima y una cadencia posible para levantar su propia casa:
Dice que vino de Corrientes
albañil, hijo de
se le nota por cómo machaca
las palabras
junta tracciona y mezcla
Al final del libro, debajo de todo, están los cimientos.
Poemas de Bicho sin dueño, de Leonardo Pez,
se pueden leer acá