Una lengua inolvidable/ Para que exista esa isla, de Julieta Lopérgolo

t_paraqueexista_j_lopergoloPara que exista esa isla
Julieta Lopérgolo
Córdoba
Postales Japonesas
2018

 

 

 

Por Carlos Battilana

La poesía argentina reciente homenajea al padre. De manera constante. Leemos libros de autores jóvenes y de mediana edad, y en muchos de ellos el padre emerge como objeto de evocación. La melancolía sobre el tiempo ido y compartido reaparece, una y otra vez, bajo distintos registros e inflexiones. Los poemas, obviamente, no procuran detener el tiempo, pero sí transfigurarlo, aunque sea imaginariamente, con el corazón.
El relato de la cultura, aun en forma de vulgata psicoanalítica, invoca la figura de Edipo. La muerte del padre, sabemos, acontece por las propias manos de ese personaje célebre. Un personaje que, simultáneamente, huye y procura hallar al criminal, que es él mismo. En ese crimen de estado, que para los griegos era una afrenta al cosmos, el hijo cifra su destino: procura identificar un solo nombre que “late como un origen”. A partir de entonces, en el ámbito de nuestra cultura, el nombre del padre se constituye en una clave y en un emblema personal.
Cuando Julieta Lopérgolo escribe que “Todo tiene padre. / Y es tanto para los seres / como para las cosas”, vislumbra un origen, como el propio personaje de Edipo que, a lo largo de la tragedia de Sófocles, verbaliza una y otra vez los indicios que lo conducirán a Layo. A ese procedimiento doble se lo llama “ironía trágica”. Se lo utiliza cuando el personaje literario dice algo que posee un sentido para su interlocutor y, tal vez, también, para sí mismo, y otro muy distinto para el auditorio. Sin embargo en Para que exista esa isla lo que se procura a partir del reconocimiento del destino fatal, paradójicamente, no es ni descifrar un crimen ni rastrear las huellas de la culpabilidad, sino más bien realizar algo imposible: que mediante el discurso de la poesía el padre no se muera, que deje de morirse, y cuando el hecho se ha consumado, que el padre regrese. Es paradójico: mientras el padre está a punto de fallecer, la poeta no espera la resolución. No. Decide “perdonar / la muerte” de modo anticipado, antes de que la enfermedad terminal realice su último acto, e insiste con sus plegarias seculares en forma de versos. ¿A quién perdonar la muerte del padre si ni siquiera Dios responde las preguntas esenciales?: “Buscamos la manifestación de Dios / que no nos habla”.
La muerte perpetua de los padres es un hecho no sólo singular en cada caso, sino extraordinario. Un padre muere y ese evento es único en la experiencia de los hijos. No hay posible sustitución. A ese acontecimiento particularísimo –la muerte del progenitor– se ingresa como si se ingresara a una tierra abandonada o a una casa desconocida. La intemperie que proporciona el dolor en este libro tiene la forma metafórica de un “desierto” que, apenas consumada la muerte, el individuo se dispone a cruzar con las herramientas afectivas otorgadas por los días compartidos. Hay algo de retroalimentación endogámica. De allí que la figura de la huérfana intensifica su carácter filial, por un lado, y transforma su identidad de hija hasta convertirse en madre, por otro.
La poeta acompaña al moribundo, entre otras cosas, con sus palabras. Dice donar su temor y, de ese modo, pacificar el aire enrarecido con el fin de proteger a su “padre silencioso / tendido en una cama larga”. Casi un acto de osadía frente a lo inevitable: acompañar la soledad de otro en el instante supremo. No obstante, a pesar de la fortaleza que procura tener, la hija vuelve a ser hija y le solicita algo al padre, o casi le ruega: “no te olvides de mí”. No usa medicamentos, sueros ni inyecciones; recurre a lo más humano, a aquello que nos constituye como sujetos: la lengua. Aquí la lengua funciona, entre otras cosas, como instrumento de curación. Imagina el yo poético que las palabras “flotan protectoras” alrededor del enfermo, “vendadas con suspiros”. Las palabras se convierten en “fuerzas delicadas, / salmos entonando” el nombre de alguien que se despide.
El libro, dividido en tres partes, que corresponden a momentos del invierno antes de transformar el dolor en hálito vital, es una forma de tramitar el duelo. El tránsito, entonces, más que apurarlo para pasar a otra instancia, se lo recorre agasajándolo con pequeños y delicados poemas de amor. Fallecido el padre, la hija convertida en madre, se inquieta. La huérfana, que tiene las inquietudes típicas de una mamá que le procura abrigo a su niñito, se pregunta si su padre tendrá frío en el lugar insondable donde se encuentra: “Me pregunto dónde estás, / si tendrás frío. / Me pregunto como si fuera una madre / tuya. / No puedo imaginar que estés en un lugar / donde no exista el frío”. A pesar del desamparo que arroja la conjetura, al final del libro la figura paterna parece darse una nueva oportunidad e incluso una nueva existencia mediante las palabras de la autora, quien imagina su “voz” en forma de “ecos”. Una voz que hace eco, justamente, con aquel famoso fragmento de César Vallejo (“Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar”) que, más que recordar el pasado, luego de la tragedia, empieza a esbozar un posible porvenir.

 


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