
Los restos de la marea
Sebastián Rebasa
Buenos Aires, Griselda García Editora, 2025
Una música que nos pertenece
Por Agustina Roca
Fugaces miniaturas en medio de la página en blanco nacen, bailan en las olas, y nos ubican en un universo, el de la imaginación, guiándonos como lectores, a veces con incertidumbre, otras con asombro, aunque siempre encandilados por la escritura acuática de Santiago Rebasa. Una escritura que en su proceso creativo, en su búsqueda de lo insondable, el narrador teje y desteje, muestra y oculta, disimula y revela, sin entender demasiado hacia dónde se encamina.
Esas aguas, a veces aúllan, otras guardan silencio, esas aguas más eternas que nosotros, los humanos, los que según el autor, tenemos la costumbre de preguntamos sobre nuestra esencia sabiendo que tendremos un silencio como respuesta.
Allí están esas dos entidades, observándose. El autor por un lado, con sus infinitos narradores dispuestos a indagar el enigma de las aguas; por otro el mar, con su magnetismo, ese que aparece en los textos de la civilización desde Homero en adelante, ya sea como escenario o protagonista. Dos misterios que se indagan, a veces con confianza, con deseo, con entrega, en otras desconociéndose medularmente. Dice el autor: “Soy de nuevo un pájaro sobre el río, tengo que cuidarme y buscar mi sombra en el agua que corre, y solo volar sobre los pájaros y las olas, no detenerme para ver mi sombra, las olas confunden con múltiples reflejos”.
Por momentos, la actitud del narrador recuerda a Paul Valéry, ese poeta que quería ser marinero y concibe la escritura de Cementerio Marino como una especie de sinfonía para desplegar sus imágenes flotantes, esas meditaciones sobre la vida y la muerte mientras observa el mar desde su ventana.
Esa voz cercana de Los restos de la marea, con huellas de alquimia, oracular a veces, otras afín a la plegaria, es un canto a los prodigios del mundo, a la dificultad de vivir, a los sueños, al tiempo, a la identidad, que llegan a través de la mirada, la importancia del ojo, del oído y sus rompientes, de los olores entre estrellas, del tacto y las algas, de los círculos y laberintos. El papel del poeta como creador que siente y nos hace sentir en estos casi 75 poemas en prosa una cierta unidad debida quizás a un mismo período de gestación y a las obsesiones que conlleva cada parto. Escribe el autor: “En la parte alta de la hoja escribo la fecha de hoy, entonces el viento mueve las ramas altas de los árboles, las ramas altas cabalgan, escribo…”
El arroyo, el río, la cascada, el mar, poseen un habla que nosotros, los humanos conocemos desde siempre, desde el útero materno, una música que nos pertenece y acuna, una música encarnada desde el origen, esa a la que recurrimos cuando algo falla, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que es una música de la humanidad.
La poesía para el autor de Los restos de la marea es pasión, es deseo, es necesidad, es catarsis, es intuición, es, por sobre todo, una forma de estar en el mundo, su expresión. En su poética lo sugerido siempre es más efectivo que lo explícito. Al autor le llega una frase aislada, una revelación, un primer verso que le va a permitir que la escritura acuática, femenina, siga fluyendo, mientras camina, pasea entre árboles, en la orilla de la vigilia, o cuando se desvela en medio de la noche.
Cuando esa revelación le sucede, el autor trata de intervenir lo menos posible, busca con fiereza que no se disparen sus opiniones, ese “yo” necesario pero en muchas ocasiones entrometido. Walt Whitman decía que la razón es poco convincente, que el aire de la noche, las inmensas y escasas estrellas, la luna, el viento, los lobos, la oscuridad, son mucho más persuasivos para la poesía con sus imágenes reales u oníricas.
La poesía, no es una serie de símbolos arbitrarios escritos en una página, digamos que por sí solos no existen. El poema es algo físico, como lo es una comida, el sabor de una fruta, dos lenguas que se tocan, cuesta definirlo, quizá sea un estremecimiento. A veces ocurre que se encuentra con el lector adecuado, el lector que piensa que ese texto fue escrito para él, es allí, en ese instante cuando se produce el milagro del hecho estético.
Esto sucede con estos poemas en prosa de Santiago Rebasa, el narrador a través de la emoción, de las cadencias, del ritmo, sacude y despierta nuestras propias sensaciones. Allí, verdaderamente, en ese diálogo entre el lector y el autor es donde surge esa belleza, la experiencia poética. Esta experiencia es lo que Barthes denomina un espacio de gozo.
Las palabras –en el caso del autor de Los restos de la marea– dejan de ser simples símbolos y las lanza como vibraciones, huellas, sabores, flechas, preguntas, explosiones, y lo hace en forma intuitiva, con algunos, pocos, elementos surrealistas. Escribe: “Como piedras a los árboles fueron lanzadas las palabras, una a una y en desorden preciso, de modo que toman ahora forma de aguacero, de receta para un filtro mágico…”
Estas miniaturas de Santiago Rebasa con esa escritura sinuosa, ondulada como las aguas, se retuercen, se encrespan, corcovean, lanzan espuma, arrastran y devuelven a la orilla, nubes en la cabeza, pájaros en los pies, enigmas, utilizan un narrador en primera y tercera, pero no es un narrador estático, es un narrador pícaro, escurridizo, que se aburre de sí mismo, de su identidad, y se vuelve polifónico para vivir otras vidas.
Un narrador – actor empecinado como los tentáculos del pulpo, que rueda entre olas y se va metamorfoseando en diversos elementos de la naturaleza para constituir un inmenso coro donde nos susurran plantas, pájaros, lluvia, luciérnagas, hachas blancas, nenúfares. Y toda esa multiplicidad de voces que logran marearnos y sumergirnos en aguas abisales, dejándonos nadar a oscuras y con miedo entre sapos, entre esos peces dientudos del abismo, aunque a último momento algunas de ellas tengan una pizca de humanidad y nos rescaten. Escribe: “la vida anfibia, puedo aprender y hasta evolucionar, tantas veces fui pájaro sobre el río y tantas fui pez en su pico…”.
¿Por qué me refiero a poemas en prosa en este libro? Mallarmé dijo que desde el momento en que un autor cuida su estilo, es decir, cuando piensa en la eufonía, en que la frase suene bien, ya está versificando. ¿Por qué?, porque utiliza elementos de la poesía como el ritmo y las imágenes para despertar sensaciones, no sólo en él, sino en nosotros, los lectores, sensaciones que nos mareen, nos sacudan, nos revolucionen, nos obliguen a mirar más allá de este precario “yo”.
Además, el autor selecciona, o une, momentos fugaces de extrema belleza, miniaturas líricas. Ustedes quizás piensen en grandes narradores donde encontramos estos destellos ensartados en un texto mayor, podríamos nombrar a Virginia Woolf, Borges, Rulfo, Katherine Mansfield, Carpentier, Silvina Ocampo, Norah Lange, Clarice Lispector, Libertad Demitrópulos, Sara Gallardo, Juan José Saer, Elvira Orphée, entre otros. En todos ellos hay momentos de gran lirismo, pero a nadie se le ocurriría llamarlos poemas en prosa. ¿Por qué? Porque ese fragmento lírico necesita del resto del cuerpo narrativo para realizarse. En cambio, el poema en prosa, en este caso de Los restos de la marea, esas miniaturas se sostienen, en su brevedad, por sí mismas.
Da la casualidad que Neruda es una de las grandes influencias de Santiago Rebasa, pero no cualquier Neruda, sino el de Residencia en la Tierra. Estos poemas en prosa del chileno son una meditación sobre la totalidad de la vida, tienen resonancias metafísicas y un uso a destajo de técnicas surrealistas. Santiago Rebasa me contó que alrededor de sus 17 años, después de haber leído mucho la prosa y poesía de Borges, y un tanto abrumado por la perfección borgeana, se volcó a la lectura de otras poéticas. Y me dijo, literalmente, que, con Residencia en la Tierra, un libro que hasta el día de hoy ama, sintió que se metía en las venas de Neruda, en esas selvas y territorios exóticos del lejano oriente, en el océano Índico donde el poeta chileno estaba viviendo.
Quizás este poemario de Neruda, junto al poema en prosa como género que estaba en boga en Latinoamérica –y del que tuvimos grandes cultores, como por ejemplo Gabriela Mistral– podría ser el resultado de una toma de conciencia del poeta chileno frente a su estupor por esa cultura, en ese rincón extranjero. Y que ese desconcierto lo llevara a incursionar en un género literario que acababa de inventar Baudelaire en su libro póstumo El Splenn de París.
Este estado de asombro, de curiosidad del poeta chileno, es un estado que nuestro homenajeado conoce y, creo, experimenta con creces. Ya sabemos que un autor escribe por muchos motivos, aunque también lo hace para tener un espacio, para crear un nido donde habitar, sobre todo en estos tiempos caníbales que estamos viviendo. Antes de apartarme de Neruda, quiero recordar que el chileno escribió antes de Residencia en la Tierra otro libro de poemas en prosa que se titula Anillos, curiosamente uno de los títulos de Los restos de la marea.
No puedo mencionar todas las influencias del autor, pero sí hay una que no se puede soslayar y es la de Borges. El autor lo descubrió en el secundario, a los 13 años, Borges acababa de morir y leyeron El fin. En ese universo de los acordes, de la soledad de América, de la espera, en ese lugar donde la llanura siempre quiere decir algo, pero no lo dice, o lo dice hasta el cansancio y no sabemos escucharla o no logramos entenderla. El joven estudiante fue abducido por ese cuento que sostiene que el hombre muere, pero no su destino y así se dedicó durante décadas a habitar ese universo borgeano de laberintos, de espejos, del tiempo que fluye, del caos y el orden, del carácter ilusorio de la realidad, pero, por sobre todo, del mundo como escritura o como sueño de alguien. Y esta obsesión culminó, aunque nunca se aleje de los genes literarios de Rebasa, 30 años después con su ensayo Corregir la muerte. Borges, entre literatura y psicoanálisis.
Retomando, circularmente, el comienzo, el origen, el agua como protagonista de este poemario, el agua que se despliega con sus múltiples rostros, y reflexiona sobre el tiempo y dentro del tiempo ese “yo” que muta en la espera, en sus transformaciones, buscando, escribe el autor en esa escritura que corcovea como las olas “asir lo principal, lo que se fuga sin cesar de mi voz o de mi palabra ya escrita”.
Eso que quizás, saliendo de la ficción, en la supuesta realidad, encontramos a orillas del mar, en la arena húmeda donde dejamos marcados nuestros pasos, atentos a ese universo marino con el que deseamos fusionarnos. Entre pisada y pisada, aparecen objetos dispersos y, con una sorpresa infantil, agarramos uno, lo miramos, lo acariciamos, un regalo de las aguas para ofrecernos alguna pista de lo que habita en ellas, de su vida submarina, de ese inmenso enigma-escritura que nos regala, que nos ofrenda, hoy, Santiago Rebasa, con estos poemas de Los restos de la marea, esos pequeños fuegos, esas chispas, para los que aún apuestan al deseo, a los sueños, a la esperanza.
Poemas de Los restos de la marea
Selección: Silvana Franzetti
El recuerdo iluminado
La luz de septiembre alcanza, en ciertas horas de transición de la noche al día, un tono que no puede verse, los recuerdos se pueden oler, como al doblar una hoja hasta que se mojen los dedos, para sentir de qué está hecha la planta cuando amanece, o el jazmín de la calle Moldes, sus flores en el alcohol para extraer la primavera, la composición química de la luz de septiembre, que ya iluminó todo sin que tenga que salir el sol, todo el recuerdo iluminado en los pulmones que se expanden, prevenidos, por el olor de la luz.
Indefinidamente
¿Es que hay algo en algún lugar? Quiero decir, algo distinto al amor tejiendo las hebras que unen las cosas como la gravedad al sentido. Es una pregunta natural, de naturalista que camina entre las flores del campo, o a la orilla del mar, donde las olas ya débiles dejan los restos del agua. ¿Hay algo en algún lugar que coordina las olas en su retirada? Recuerda la hamaca del niño, sus alturas y el viento. Nunca pudo bajarse de la hamaca, aunque crea que pisa tierra firme, o arena húmeda, que se mete entre los dedos del pie para quedarse ahí, astillas de caracoles, un aviso de las cosas del mundo, acá estamos, indefinidamente, cambiando de forma, en todas partes.
Aproximación
Aprendo rudimentos de aproximación. Al observar construyo partes, el modo en que podrían estar dispuestas en el cuadro. No lo pinto, más cerca estoy de robarlo, o mejor, de comerme al venado y al lienzo, junto con el claro, con sus flores recién iluminadas, ahí donde el animal se había aventurado, con ojos y manchas, dada la impresión de la luz en mil golpes de pincel, o el paso de la luz por las hojas del árbol. Ahora se mece con la brisa que llega al centro del bosque, los ojos detectaron mi presencia, aprendo a perderme en el paisaje, acercarme es también detenerme, la aproximación cambia su sentido, el mundo se mueve, aprendo las letras de la espera, el color se hace con capas de óleo, son también oleadas de luz y sombra, cadmio y carmín, la sangre se mezcla con la tierra, hay clorofila, hay esmeraldas, pezuñas entre la hierba, una brisa lleva el olor del miedo y del hambre.
Litoral
La lentitud de los árboles, o del viento que los vencía, esa forma larga del tiempo, de las palabras extendidas, si llegaran tarde por esa parsimonia, qué sería de la memoria que pudo conservarse, cada palabra pronunciada, cada gesto, los cofres especiales para el humo derramado qué sería o qué será, de ahora en más, si todo sueño está destinado a ser distraído a una parte inútil, como ejércitos movilizados mil kilómetros por tierra, al frente sin guerra del mar, un litoral infinito que, pasado el tiempo, habremos convertido en campo minado de sueños no nacidos, que nadie podrá recorrer, y al que llegarán las olas por costumbre y sin testigos.
Pocos barcos
En cada lugar la lluvia suena distinta, los ángulos de la incidencia, la percusión del agua en los materiales. Antes de amanecer la noche crece, o es el silencio. A esa hora, la lluvia es un anuncio para los insomnes, el desconcierto de los desagües se afina con las rejillas. Cuando reinicia su ciclo, el motor del aire acondicionado borra las notas de la lluvia como un tanque artillado que ingresara en un jardín, volteando cercos y canteros. A esa hora, la lluvia es amiga de los insomnes, quieren que los lleve del otro lado, cuando quedan pocos barcos para cruzar.
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