Florencia Fragasso: Melliza

f_florencia_fragassoPresentamos una selección de poemas de Melliza (Buenos Aires, Gog y Magog, 2018) y una nota de su autora sobre el libro.*

Florencia Fragasso (Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires, 1975) publicó los libros de poesía Extranjeras (Buenos Aires, GogyMagog, 2005) y Superpoderes (Buenos Aires, El ojo del mármol, 2015; España, Ediciones Liliputienses, 2017), y las plaquetas Poemas de la observatriz (Buenos Aires, Arte Plegable, 2004) y Sinestesia (Buenos Aires, Ediciones Presente, 2012) y Veinte sillas (Buenos Aires, mágicas naranjas, 2019). Sus poemas y traducciones fueron incluidas en las revistas Tsé-tsé, Vox, Plebella y Hablar de Poesía, entre otras. También en antologías de Argentina, México y Polonia. Actualmente coordina talleres de lectura y clínicas de escritura poética.

 

 Los insolados

Cuenta la leyenda familiar
que nuestros padres se insolaron un verano
cuando eran jóvenes y novios

Echarse al sol era sexy
en una Mar del Plata en blanco y negro
donde fumaban hasta los asmáticos

una época en la que no existía
el protector solar ni el daño
a la capa de ozono

–o tal vez el ozono
no se había inventado todavía–

Se insolaron de pura juventud
de tanto exceso

Ese adorable desenfreno
casi nos quita
lo único que tenemos en común,
incluso antes de llegar a ser nosotras:
ellos
nuestros padres
los jóvenes eternos

Cáscaras

Los cuadraditos laminados en oro
están ahí para quedarse:
no se descascara el dorado a la hoja
de Viena fin de siglo
diecinueve,
no se despegan las piezas
porque, aunque cueste creerlo,
no es un rompecabezas lo que forman.

En ese fondo móvil de oro y ondinas
estaba ambientado el cuento
que mi papá nos contaba cada sábado
–o sábado por medio–
en el living de Bánfield
–mis piernas cortas
despatarradas
en el sillón–

*

Para mediar entre los sillones de cuero negro, te envío este cenicero de pie de Bariloche: tres piezas de madera maciza que se encastran en un equilibrio frágil. Espero que el paquete soporte el viaje y llegue bien. Y que no tardes mucho en descifrar las claves del encastre.

Bautismo

No sé nada del día en que nací
salvo lo que vos dijiste al verme
y ahí te clavaron, exótica mariposa disecada,
con alfileres en el corcho

Las familias viralizan esas frases de los niños
y las van estirando hasta que las palabras
se vuelven lanas con las que tejen
una bufanda de personalidad

Oracular

Habitábamos un jardín de las delicias
todo pilchas todo
accesorios en miniatura
de la femineidad universal
cultivada en el microcosmos bonaerense

Jugar era preparar
el juego, acomodar, poner en orden
los objetos, decir lo que iba a suceder
clasificar

Mientras la vida se estaba haciendo
a gran velocidad
vos, tu mente de niña en patineta,
te ibas yendo
diciéndote lo que iba a suceder
dándote letra
armando urgente la valija

*

Mami,

Vamos otra vez las dos descalzas en el vaivén acompasado de la cuna; la cuna aerostática que vuela mientras se descascara el dorado de la proa y cae como lluvia finita sobre el mundo.

Vamos, pioneras de pantalón arremangado, los brazos endurecidos por el remo. Espérennos.

* Nota de la autora.

Melliza, de Florencia Fragasso, Buenos Aires, Gog y Magog, 2018

Melliza es un libro de poemas que surge de un cuento oral. “El cuento de las mellizas” formó parte de mi niñez; forma parte, huidizo y fragmentado, del relato que me hago de ella, y a veces creo que mi gusto por la escritura tiene que ver, en gran medida, con haber sido receptora de ese cuento. Escribiendo estos poemas, me lo pude apropiar desde la ficcionalización. Ponerle un dique, temporario y falaz, al interminable fluir de la memoria. El cuento es al mismo tiempo un dato autobiográfico duro y una fábrica infinita de ficciones. Creo que lo vengo escribiendo hace años, quizás desde el verano de 1986, cuando, entre los médanos de Valeria del Mar, mi papá nos contó un episodio de las mellizas por última vez.
Mis recuerdos del cuento se mezclan con los juegos de infancia compartidos con mi hermana, con un imaginario ornamentado y lleno de texturas, con la sensación de “cápsula de cristal” en la que recuerdo haber vivido. La hermandad, las diferencias y complicidades, el espejo fiel que se enrarece, las distancias posteriores, la búsqueda de rediseñar o desandar esas distancias, fueron dándole forma a este libro que, aunque bien breve, contiene versos de los que podría tironear y extraer una madeja de historias.
Creo que aquello que escuchamos en la infancia, no tanto lo que está adentro de un libro sino más bien dentro de una voz, es tal vez lo que más moldea nuestra forma de percibir el mundo y nuestras decisiones. El libro es mi pequeño homenaje a la literatura oral y a la potencia de la escucha. Esa escucha infantil que es a la vez atenta pero distraída, en la que el lenguaje propio y el ajeno todavía son amalgama, concierto, resonancia.


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