Poesía Litoral. Festival de poesía en Santa Fe

Poesía en los bares del Litoral

Los pasados jueves 16 y viernes 17 de noviembre se realizó en la ciudad de Santa Fe el primer festival de Poesía Litoral, que convocó a poetas, editores, músicos y raperos de diversos lugares del país. A continuación, una crónica de algunas lecturas más registros gráficos y poemas de tres poetas de la zona: Santiago Alassia (Rafaela), Diego Planisich (Avellaneda, Santa Fe) y Ana Wandsick (Rosario).

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Por Larisa Cumin

Litoral es una forma de llamar a esta zona del país donde la tierra y el agua se enredan como raíces apelmazadas en una maceta. Ríos, lagunas, bañados bordean la ciudad de Santa Fe; pero lejos del agua y a metros de la Terminal de Ómnibus, frente a la plaza España -un oasis en medio del cemento- y en un bar japonés, tuvieron lugar las lecturas y las mesas de discusión en el transcurso de dos tardes. El trasnoche fue a penas a una cuadra en otro bar de nombre cosmopolita.
En el tradicional Bar Tokio se desarrollaron las lecturas y las dos mesas de discusión. Sólo se servía cerveza, café o gaseosa y algún que otro sánguche. En ese lugar el tiempo iba lento como los ventiladores que giraban sus cabezas desde lo alto de las columnas espejadas. Afuera la vida seguía a otro ritmo. Embotellamientos, bocinazos, sirenas, frenadas de colectivos, grupos de chicos que salían de la escuela no se enteraron de lo que en el interior pasaba. La gente que empinaba vasos y tazas podía escuchar y mirar al poeta de turno leer al mismo tiempo que se veía reflejada desde el espejo que al fondo decía: American Club cigarretes.
A la entrada del bar se instaló una larga mesa llena de libros de editoriales independientes: Corteza, Danke, Blatt & Ríos, Neutrinos, Ivan Rosado, La gota, Parientes, entre otras. Participaron poetas de distintas partes del país, pero principalmente de la provincia. De ellos cabe destacar la lectura inaugural que estuvo a cargo de la reconocida poeta y cineasta local Marilyn Contardi. Los poemas de largo aliento del rafaelino Santiago Alassia atravesados por palabras piamontesas. La voz suave de la poeta local Agustina Lescano que deshilvanaba poemas breves, cargados de ternura y fuerza donde en medio de lo cotidiano adviene siempre la extrañeza: la tranquilidad de una mandarina al sol es asaltada por el desorden y los ruidos de una casa nueva. Diego Planisich, poeta del norte de la provincia santafesina, apilaba versos y ladrillos para para construir una casa y una poética propias en su libro Grayskull (próximo a ser editado por Corteza ediciones). Mientras todo eso pasaba la máquina express del bar y los sifones de soda sonaban, no siempre en los silencios de la voz. Y entre las mesas un gato corría un ratón de plástico. Ningún poeta sonó igual a otro, cada poética es diferente y a la vez se emparenta o no con las demás. Así fueron escuchándose durante las dos tardes las voces de Claudia Masín, Damián Ríos, Mariela Gouric, Analía Giordanino, Ana Wandsick, Julian Bejarano, Ariel Aguirre, Francisco Bitar, Marcelo Diaz, entre otros.
El viernes hubo trasnoche de poesía en el bar Monte Líbano luego de la cena. Allí leyeron poetas locales, muchos desde celulares o libretitas escritas a mano o plaquetas, de entre ellos cabe destacar a Rosina Lozeco, Sofía Gerboni y Pricila Hernandez. Además, Poesía Litoral contó con dos mesas de charla y discusión. El jueves tuvo lugar la mesa sobre “La edición de Poesía” coordinada por Jorge Jacobi de la que participaron las editoriales Ivan Rosado, Neutrinos, Corteza y Blatt & Ríos. Todos los editores remarcaron las dificultades del financiamiento y la distribución, y la forma en que eso muchas veces puede influir en las decisiones de edición. Pero, a su vez, resaltaron la importancia y el placer que ser independientes les genera. Pareciera ser esa tensión entre los obstáculos y el placer de hacer circular un catálogo que a cada uno lo desvela, lo que los define y los mueve. Ana Wansick (Ivan Rosado) planteó que editar es un trabajo como cualquier otro atravesado por dos desafíos contantes: resistir y, sobre todo, poder trabajar. La parte más dura del trabajo para ella empieza después de la edición cuando el libro está terminado en cuanto objeto, y todo depende del esfuerzo y el movimiento para que no quede guardado en una caja. Daiana Henderson (Neutrinos) resaltó que la edición es un trabajo que se hace gracias a muchos otros colaboradores: amigos, libreros, reseñistas, gente que lee bien y va señalando un camino que aporta a la hora de definir un catálogo.
La última mesa fue “La poesía de la Calle” que estuvo coordinada por Analía Giordanino y en la que participaron los grupos de rap Venenoso Flow, Alto Vuelto, y alumnos y profesor del taller de Rimas que se realiza todas las semanas en La Mirage. Ante la pregunta de si lo que hacían era poesía todos respondieron que sí, ya que es un modo de convertir la experiencia en poesía urbana, y hablaron de dos formas de creación, tanto a partir de la escritura como de la improvisación (freestyle). Para ellos la poesía de la calle es lo que permite auto-reconocerse en el mundo desde otro lugar y decirse por fuera de los discursos hegemónicos. Los integrantes de la charla resaltaron que es muy fuerte la presencia del rap entre los jóvenes de los diferentes barrios periféricos de la ciudad, lo que también ocurre en gran parte del mundo, y atribuyen esta expansión a la facilidad para el acceso, ya que el rap puede hacerse sólo la voz. El evento finalizó con un recital gratuito de la banda local de rock Experimento Negro en La Mirage.

 

Algunos poetas participantes del festival

Santiago Alassia

Uno

(De la serie “Los antepasados”, en Francotrinadores Santafesinos, antología coordinada por Yamil Dora, 2017)

“Si hay algo que no quiero es molestar”,
decía mi abuelo cuando le venía el magún,
y se iba de la casa pedaleando despacio
en su bicicleta gris, con rumbo incierto. Mi abuela
salía al camino a gritarle unas palabras:
“ma’ no seas porco hacerte ir
sacate de una vez esa viaraza”. Después
agarraba a sus nietos y nos metía a bañar
en el fuentón de lata. Era invierno y el agua
estaba para pelar chanchos. Con sus manos curtidas
de ordeñadora, nos metía por turnos y nos frotaba,
con un poco de rabia, los brazos, la cara, las piernas,
hasta que el olor del jabón blanco invadía los rincones
de la cocina, yendo a mezclarse con el vapor de las hojas
de eucaliptus, que ponía a hervir en un jarro
sobre la estufa a leña. Nosotros
hacíamos preguntas: “¿quién gana, nona,
a pelear: el tigre o el león, el perro o el perrún?”, sólo por decir
algo que nos volviera nuevamente habitable
ese silencio duro de su cara. Y a ella, podíamos sentirlo,
se le iba suavizando la tensión de las manos
en un movimiento gradual, hasta pasar
del frote a las caricias.
El abuelo, mientras tanto, se tomaba unos ajenjos
y unas copas de caña en el boliche de Melgratti
junto a Rubén, el valesano gritón, y a Batallino,
el piamontés medio loco que decía
tener listo el sulky para volver a Turín.
Al día siguiente era todo pajaritos, salir al monte
a buscar la culebra, tomar matecocido. Algo
habrían acomodado en la noche, el nono y la nona,
para olvidar la pelea y dar a sus nietos
otra tarde de sol.
Con los años supimos que “magún”
era una palabra que infundía respeto
entre los gringos. La usaban poco,
apenas cada tanto, para aludir
difusamente
a esa rara melancolía de añorar
una tierra que ya no recordaban.
Ahora nosotros, quiero decir,
mis hermanos y yo,
decimos magún cuando nos reunimos,
una vez cada año, el veinticuatro
o el treintaiuno, y no sabemos
por qué costado sacar conversación.

 

Fanto

De Hueco en el mundo (fragnento) (Rosario, Baltasara Editora, 2015)

Yo no soy un babacho, no soy un ciruja,
lo que pasa es que tuve algunos problemas:
un palo en la cabeza que me dieron las vecinas
por haberme atrevido a espiar en sus bombachas,
compañeros de la escuela que se iban de mi lado
cuando hacíamos la ronda (decían que mis dedos
estaban arrugados y apestaban a creolina),
un tío un poco idiota que chorreaba las paredes
con el locro del invierno que tragaba a cucharadas
los domingos de mayo.
Y yo nací en mayo y fue domingo, debe ser
que esa mugre de mi tío se prendió en mi cabeza
porque ahora la gente me choca en la ruta
y me deja tirado y me dice babacho.

Está bien que soy pobre y no tengo aparador
ni moto ni casa para guardar chucherías
pero no soy un babacho: me gusta el basural,
esa junta de gomas, costra y carretadas
de arpillera y alambre poco iluminado
por las noches, cuando no pasa nadie,
ni siquiera un ratón, y chupo solitarias
cáscaras de papa, y pienso que vivir
es lo que me gusta, y esperar la tormenta,
y hacer el amor con todo lo que pasa
en mi cabeza: la pelusa
que les crece a los niños al salir de la escuela, el dobladillo
del batón de las abuelas que se arruga cuando esconden caramelos, la pintita
de sangre en el hocico del cuis que escarba una trinchera, la corteza
mojada del lapacho al que me trepo cuando hay viento, las gotas
de la lluvia que me pegan en la cara como agujas,
yo me dejo,
me hago lazo,
me dejo acariciar y meto la piel mía
en todo lo que sea cóncavo en el mundo.

 

Diego Planisich

De Grayskull (próxima edición, por Corteza, 2018)

Grayskull

Los pelos apuntan al cielo
en esta construcción
que está a media altura
Estos hierros del 12 aseguran el futuro
de una estructura que guardará secretos
Las paredes de 20 serán el claustro
de una película que rodará
permanente
en cada parte del sitio
Aún queda media carga de arena
el resto ha pasado a mejor vida
o quién sabe
Las piedras
de las que nadie sabe su procedencia
alcanzarán para los próximos metros

Ladrillos apilados,
alumnos de primaria
que el hombre tomará de a uno
y subirá a un lugar más alto
en el mundo

Hay hierros oxidados a la intemperie
me dicen que no es grave, que soportarán
un poco más de lluvia
En este lugar se construye Grayskull
y aunque sin puentes levadizos
no descarto plantar en el frente
un ejército de flores

 

Sin tanta magia

En casa habrá un televisor
de los de ahora
No necesitará una mesita
de esas con ruedas que pivotean
Estará amurado a una pared
como un esclavo con mínimos
movimientos
No paseará por las habitaciones
llevando su luz precaria
no me erizará los pelos
cuando arrime el antebrazo
a la pantalla
Al parecer
Deberé prescindir de eso
como de tantas costumbres
de la infancia

 

Ana Wandsick

De Un huracán lento (Rosario, Danke, 2016)

[Lo juro:]

Lo juro:
me preocupa
que mi novio
se haya lastimado las manos
queriendo abrir cervezas con la llave
mientras paseábamos por Paraná
la tarde del sábado
por el barrio del PC.
Pedimos ayuda en un puesto de frutas
y nos abrieron las botellas
con un cuchillo sucio
pero de buena gana.
La cantina no abre y la sed insiste
cosa que parece más el rewind
de un corto que ya vimos
que una experiencia nueva.
Día siguiente
y antes de entrar al túnel
hay irupés junto a la ruta:
radiantes y fuera de lugar
provocan su naturaleza
de tan cercanos.
Chau, vuelvan.

 

E.L.I.N.H.G.

En la isla luz transpirada
aceite y llama
densa la noche
pasto duro crece
No hay gobierno

En la isla ancha madrugada
gasoil robado
arenas que hablan
partido federal de las lanchas
No hay gobierno

En la isla no hay gobierno
mandan todos
aunque
ninguno
duermevela en fiesta
anarquista en siesta
No hay gobierno

En la isla no hay gobierno
y al pelo se me pegará este limo
pido al agua por los pescados
Que entre las matas broten
Que podridos florezcan
Que sin más amanezcan
Hasta que eclipse el mundo