La memoria hace ruido a tren / Sabrina Barrego

La memoria hace ruido a tren
Sabrina Barrego
Buenos Aires, Las Furias Editora, 2023


Un ritmo para narrarlo todo

Por Damián Lamanna Guiñazú

En Rabo de Foguetes (1998), su libro de memorias, Ferreira Gullar -poeta, militante, teórico del neoconcretismo, viajero- cuenta que una noche de 1975, encerrado en su habitación, con el asedio de la falta de noticias de Paulo, uno de sus compañeros de militancia, los pasos de las fuerzas policiales cada vez más cerca y la imposibilidad de encontrar un destino seguro hacia donde poder huir (su pasaporte estaba inhabilitado quizá por su viaje por la Unión Soviética), necesitó escribir su poema total, el que pudo haber sido el último. Un poema de casi 100 páginas escrito de golpe como un vómito o un torrente para comprobar, a través de la poesía, que él, Ribamar Ferreira, había existido. Frente al peligro —un peligro real como el siglo XX, lejos de cualquier paranoia o simulación— de la tortura o la desaparición nació el “Poema Sucio”, una de las obras máximas de la poesía latinoamericana. El núcleo (o uno de los núcleos) de este poema del exilio (que es también un poema sobre el tiempo) es la pérdida del origen, el pueblo natal evocado a la distancia, las chapas frente al río podrido hundiéndose en la oscuridad.

Luego, el sonido del tren: el traqueteo de los versos para creer en el viaje, la aceleración hasta el cambio de ritmo, que como nos indica Meschonnic es un cambio de vida, por ende un cambio político. Entonces, el poeta lleva su hogar sobre las espaldas y lo enciende por última vez en una habitación lejana, clandestina. Escribe su pueblo, su ciudad perdida —es decir, vuelve a perderla para no olvidarla; se clava la lengua en el corazón y tira. Nos dice acaso que si el cuerpo se pierde debe haber voces, memoria. Y no se trata de una memoria cualquiera: se trata de la memoria de un poeta. Una memoria que transmuta la experiencia hacia esa dimensión que Agamben nombra como lo inmemorial (1985). Si bien volver es imposible todos y todas lo sabemos, lo factible es hacer de nuestra casa, de nuestra infancia, un territorio sagrado fuera del tiempo para una y otra vez verlo emerger y desvanecerse en los sueños. Dice Ferreira Gullar en el “Poema Sucio”: “la ciudad está en el hombre / que está en otra ciudad / la ciudad está en el hombre / pero no de la misma manera / en que un pájaro está en un árbol / no de la misma manera en que un pájaro / (la imagen de él) /está/ba en el agua / y tampoco de la misma manera / que el susto del pájaro /está en el pájaro que yo escribo // la ciudad está en el hombre / casi como el árbol vuela / en el pájaro que lo deja.”[1]

A esta altura hablar de escrituras del yo o de autoficcion para describir un momento o una tendencia dentro de esta maquinaria que podemos llamar literatura argentina implica, prácticamente, un grado cero. Donde hay una necesidad, nace una ficción. Sí, en cambio, es posible rastrear linajes que rebalsen tanto el carácter anecdótico de cierta poesía pasteurizada, publicitaria, como la neurosis y el miedo a la desaparición de nuestros avatares siempre jóvenes que recorren las redes sociales. Encontrar otras formas de sanación que le dan identidad y le busquen la vuelta a esta época sin utopías ni verdades. Pienso por ejemplo en las películas de los HIJOS (M, Los rubios, Papá Iván, Juan como si nada hubiese sucedido), en las novelas de María Teresa Andruetto y María Negroni, y los poemas de Horacio Zabaljáuregui, todxs ellxs militantes, sobrevivientes. También en las autobiografías de Silvia Molloy, Jorge Monteleone, Edgardo Cozarinzky, entre muchas otras; en los diarios de la gran Rosario Bléfari. Los derrotados de los 70 y sus hijos generacionales: esa fusión de lenguas, de memorias entrelazadas en los márgenes del páramo y sus monumentos. Después de la violencia y la mudez de la dictadura, el trauma y los primeros años signados por los dos demonios (y la vergüenza para poder decir), esta necesidad desbocada de narrar. De hacer que la vida individual —la intimidad del duelo—le gane algunos metros al Relato Histórico, así con mayúsculas. Memorias débiles, nos diría el historiador italiano Enzo Traverso: los vencidos levantando la voz para sanar, primero; para disputar la historia como un gran tal vez, en un segundo round. Para construir una comunidad nueva sobre la sangre es necesario ensayar una plegaria.

Leo La Memoria hace ruido a tren de Sabrina Barrego (Las furias, 2023) y pienso nuevamente en esta necesidad de narrarlo todo. En el hambre a la inversa: cavar una huella más profunda e imperceptible que el cuerpo y soltar nuestra versión. En la fiereza de escribir la pérdida para cargar con ella como un talismán o un nombre. Pienso en Ferreira Gullar acechado por la muerte y también en una mujer bonaerense/mendocina de muchas épocas y sangres caminando detrás de su hijo, que avanza apoyándose en un cayado o un báculo, proyectando esa escena paradigmática de La tierra Baldía (1922), pero hacia el futuro. Viendo cómo el mundo conocido se derrumba, el mundo que las nuevas generaciones verán arder, pudrirse y ser sobrevolado por nuevas enfermedades inventadas. Dos mil veinte y los meses de la zozobra, el miedo y la ilusión. Hay indicios para cambiar el mundo pero el cansancio y el corazón vacío nos harán volver al ritmo irrefrenable aún peor que antes. “Fitter happier”, hiperproductividad conectada, delivery absoluto desde el sillón mental y neofascismo con todas las letras hablando en la tele. La memoria de los dispositivos reemplaza la potencia de los olores, esa pérdida metonímica que se nos presentó como novedad junto al virus. Esta es la época de la paz y la repetición, la aceptación feliz de la vida de derecha -hermosa categoría pensada por Silvia Schwartzbock en Los espantos (2015)-; es decir, la economía idéntica y la rebelión en la cultura, los sábados a la noche, todos juntos pensando y poniendo pausa. Mientras el individualismo extremo se adueña del lenguaje y nos acorralamos, Sabrina propone volver a escribirlo todo: dar señales de existencia, como un acto imprescindible. Porque existimos y el peligro es el olvido, la soledad, el borramiento.

Aunque presentar un libro se parece mucho a una motivación para hacer crítica literaria, me gusta pensarlo más como una invitación a no pretender decirlo todo y fracasar y por ende secar las paredes y las cabezas del auditorio (ahora lxs lectores) en el intento. En todo caso, éstas podrían ser unas primeras páginas fantasmas que direccionen una lectura, que habiliten una puerta desvencijada y se desvanezcan. Entonces el hierro cobrizo chirría y detrás se abren al menos cuatro caminos posibles, neblinosos: en primer lugar una travesía mística, religiosa. En esa versión de la historia hay judíos errantes que abandonan su tierra sagrada una y otra vez y hacen de la diáspora una identidad, el sol los incendia y deciden no matar a sus hermanos palestinos sino darles la mano para juntos no saber a donde ir pero ir igual: hacen su templo en los caminos, condición para su comunidad. El segundo camino desemboca en el río, allí donde los domingos flotan flores blancas, el sagrario de la historia argentina reciente y no tan reciente: de los pueblos originarios asesinados a la memoria de la dictadura militar: Aquellos silencios en el linaje que al final emergen en una charla ocasional, como el pasto debajo de los adoquines en la Buenos Aires de Martínez Estrada. A través de la historia familiar encontrarse en la historia de un continente. La poeta escribe en un cuarto acechado y vuelve a vivir todo de nuevo. En tercer lugar, justamente, la poesía como una forma de ver, de respirar, de andar permanente. De Kavafis a Teiller. El ensanchamiento del mundo que solo las voces de los fantasmas hacen posible. Atravesar la vida con una tropilla de cabras maestras -aprendemos de ellas-. Los relámpagos debajo de los ojos que permiten ver siempre un poco más. Por último la disputa, siempre. La historia no resuelta entre el centro -la ciudad- y los interiores, los barrios. La ciudad y su lengua que cada vez nombra menos y la intemperie, la tierra fértil o quemada, las espigas del pasado. Una diatriba por la lengua que implica también saber desarmarse, agradecer al cruzar puentes, pisar la orilla con respeto, no colonizar territorios.

Es díficil calcular cuántas vidas vivió la narradora de estas crónicas. Cuantas generaciones. Cuantas guerras. Cuantos portazos silenciosos hacia la ruta. Sí, nos consta, y nos lo dice con claridad, hasta qué punto los recuerdos que no le son propios la constituyen, le otorgan una responsabilidad. Los recuerdos que no nos son propios son nuestra genealogía más honda. El poeta, la poeta será la encargada de escribir la memoria de su comunidad, de su gente, y, dice, recién está empezando. Hará de su infancia una pérdida donde mirarse, donde no ir a buscar nada. El territorio de lo inmemorial donde podemos reconocernos como humanidad. Resistir ante el asedio de la atrocidad. Legarle una mitología a nuestros hijos. Si la cosa se pone oscura que tengan un cuerpo vivo desde donde reconstruirse.

Para terminar y cambiar un poco el tono, quiero evocar una anécdota personal de estos días. Un domingo de octubre fui con Melisa y nuestros hijos al Parque de la Memoria. En la entrada compramos un barrilete para que el más grande probara el ritual y la diversión de remontar uno por primera vez. Terminamos haciéndolo nosotros mientras él se iba a jugar a los legos con un amigo recién conocido. Pensé, desde ya —porque sabemos cómo vivimos—, en Santoro, en los símbolos, en la poesía como forma de contar la historia reciente, en el cielo, los pájaros y los baños sucios. Vi cómo el barrilete se cruzaba con otros allá arriba, como una versión o avatar, y luego desaparecía al mimetizarse con el cielo muy celeste. Pensé, incluso, en ese murmullo que siempre nos está hablando y que tenemos que saber escuchar porque cada día grita más difícil y, como corolario, imaginé poemas que por suerte, para mí y para los demás, no escribí. Después de guardar el barrilete y despedir al nuevo viejo amigo, con los llantos de por medio, caminamos por el parque y nos adentramos en el río. De fondo, ese monumento flotante dándonos la espalda. Un hombrecito sobre el río de los asesinados. Melisa me preguntó si sabía quién era y no supe qué contestar pero por el contexto imaginé que debía tratarse de la silueta de un detenido arrojado al río por los militares desde un avión como el que trajeron al país y llevaron a la ex ESMA hace unos meses. Días después, me encontré con Sabrina en un Bar de Malabia y Corrientes y me dio su libro en formato físico para que, en vistas a esta presentación, dejara de sufrir con pdfs y fotocopias. Abro justo y encuentro. Dice la cronista sobre su visita al Parque de la Memoria el marzo pasado: “Hace un rato llegó un mensaje de mi hermana: ESTO es lo que vimos, escribe sin aclarar y adjunta un apartado de Facebook que narra la historia de Pablo Míguez, un adolescente de 14 años, secuestrado en 1977 de su casa de Avellaneda, por una patota de la última dictadura. (…) Lo que vimos ese día (ese hombre niño que fotografiamos, sin lograrlo) es una escultura flotante de acero inoxidable llamada Reconstrucción del retrato de Pablo Míguez. Representa un niño de tamaño real que flota en el Río de la Plata y que no da la espalda, sino que mira al horizonte de frente, ese horizonte arrebatado”.

Vivir adentro de una máquina de narrar y transformar sentidos que se encarga de volver sobre los cabos sueltos. Agradecer cuando la literatura sucede. Las nuevas ficciones hacen pie en nuestro acervo de fantasmas. Nos dejamos ir de su mano. Gracias Sabrina, por la revelación. Gracias por la fuerza.

[1] Versión de Paloma Vidal y Mario Cámara. Buenos Aires: Corregidor, 2008.



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