Javier Galarza (1968-2022): La religión Hölderlin – Dossier

Ensayo del archivo de la revista Poesía Argentina

Javier Galarza 2019. Foto: Julieta Bugacoff

Cuerpos en la poesía argentina

Por Javier Galarza

[Texto publicado en la Revista Poesía Argentina, N° 6, junio de 2014]

Estas líneas surgen de un trabajo de taller. Se intenta pensar en algunos de los máximos referentes de la poesía argentina y en su consecuente interacción. Sin verdades absolutas ni relativismos en boga. Abriendo pequeñas reflexiones para que sean completadas o refutadas. Da igual. Pero abriendo. Pero pensando.


Cuántos cansados de mentir se suicidan en cualquier verdad.
Antonio Porchia

INTRO

Para partir de algún lugar (de todo lugar hay que partir), tomamos los nombres de algunos de nuestros grandes poetas y los agrupamos en torno al concepto de cuerpo (no necesariamente en la acepción que le dan a la palabra Deleuze o Spinoza).

Entonces pensamos a Alejandra Pizarnik como el cuerpo suicidado.
A Jacobo Fijman, como el cuerpo marginado.
A Miguel Ángel Bustos, como el cuerpo desaparecido.
A Paco Urondo, como el cuerpo revolucionario.
A Juan L. Ortiz, como el cuerpo místico.
A Héctor Viel Temperley, como el cuerpo presente.
A Nestor Perlongher, como el cuerpo transgresor.

Los pensamos así para aprender a deshacernos de estas calificaciones. Para palpar el acierto o el error.

JUAN L. ORTIZ

“Abierto es el hablar del ateo, o más aún, de aquel que reservando al dios su lugar absolutamente vacío, percibe” (Gerard Pommier, La excepción femenina).

La percepción es algo que Juan L. Ortiz entendió como pocos. ¿Qué le decía ese paisaje, en apariencia principal “argumento” de su obra? A contrapelo del naturalismo o de la representación, ¿sería acaso esa Naturaleza la presencia tácita, lo que exhausta de no decirse?  “Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo/ a pesar de esas llamas dulces contra junio”. ¿Está el poeta insinuando a cada paso lo indecible de esos bosques, el heracliteo fluir del río o la tristeza inlocalizable del ocaso? “Cómo, si no, esa sobre-presencia, o casi, que aún de lo invisible,/ obsede, se aseguraría,/ el centro de la media tarde misma,/ sobre qué olvido?”.  Lo lejano en lo más próximo. El paisaje cotidiano narrado desde la extrañeza, la percepción pura (Rilke, la octava elegía), la desprotección tornada hacia lo abierto (Rilke tomado por Heidegger para la conferencia “¿Y para qué poetas?”), el “yo es otro” (Rimbaud) del simbolismo de las correspondencias (Baudelaire). Como el Rhin para Hölderlin, el horizonte “sorprende los signos de los dioses”. “Mas amigo, qué otro infinito, allá, podría repetirme/ y aun desdecirme/ en el juego con un confín/ que no sería/ confín?”.  “El poeta, un místico, una mujer, muestran de tal modo, en esa elección del resguardo en la desprotección, de un fundamento sin fondo, la región ideal donde el hablar presenta su acuerdo con el goce de un Todo que se apoya sobre la Nada” (Gerard Pommier, La excepción femenina).

El poema “El río” propone un interesante cambio en las preposiciones. Entre el primer y el segundo verso, el poeta frente al río pasa a hablar desde el río. Esta inversión en las preposiciones fue subrayada por una alumna durante una lectura comparativa entre Juanele y Heidegger. Restos de expresionismo hacia el destello del ser en el lenguaje: “Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego, / cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?”.

NÉSTOR PERLONGHER

La poesía de Néstor Perlongher irrumpió en los años ochenta a contramarcha de las escuelas imperantes y aún sigue fascinando y molestando por igual. Travestismo, militancia activa en el Frente de Liberación Homosexual, parodia de todo poder (Canción de los nazis en Baviera), la ayahuasca y hasta la Religión del Santo Daime conforman un cuerpo que deja la barrosa huella de su paso. Durante su enfermedad terminal, Perlongher escribe otro estupendo poema llamado “El mal de sí: Detente muerte…”.

El final, lejos de menguar su apuesta poética, da lugar para redoblarla: “No es lo que falta, es lo que sobra, lo que no duele./ Aquello que excede la austeridad taimada de las cosas/ lo que desborda desdoblando la mezquindad del alma prisionera”. Esta última apuesta parece responder al “Poesía es lo que usted está viendo”, de Joaquín Giannuzzi. Frente a la mirada del poeta ciudadano medio, Perlongher se permite brillar en el enchastre del cisne que se extingue, ve junto al LSD y las plantas alucinógenas. La sobrenaturaleza que pedía Lezama Lima ya había logrado su aquelarre semiótico en “Abisinia Exibar” o en “El cadáver de la nación”. Pero esta sobreapuesta de El chorreo de las iluminaciones da lugar a poemas como el estremecedor “Canción de la muerte en bicicleta”: “Ahora que me estoy muriendo/ Ahora que me estoy muriendo”, estribillo que podría ser entendido hasta por un objetivista recalcitrante. ¿El antitotalitarismo como la apertura del discurso? ¿Desmesura del cuerpo tornando la apolínea queja melancólica en bacanal dionisíaca y final? ¿Objetivista clausura de la mirada o expansión de las potencias del lenguaje, deriva infinita del neobarroso? 

HÉCTOR VIEL TEMPERLEY

“Pero una liebre un pájaro una perra/ me miraron a los ojos al corazón al sexo/ como creo que sólo me miró también el mar/ una madrugada de verano en que vagaba/ con una pistola en el puño sin tener donde afeitarme”, escribe Héctor Viel Temperley en Legión extranjera. Dueño de una poesía de cuerpo presente: la masculinidad, el nadador, el hombre que se desnuda bajo las estrellas del invierno; Viel Temperley avanza silenciosamente hacia su mito. Pronto vendrá Crawl (1982), con su estribillo “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis” y un final no menos sugerente: “En confines de tinta/ Me sacaba del odio”. Queda para analizar la estética de Temperley junto al imaginario de la película El nadador (1968), ese hombre que emprende el retorno a su casa vacía nadando a través de las piscinas de sus amigos, “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: mi cuerpo”. También para Temperley el cuerpo es pregunta y desafío. Al año siguiente aparece Hospital Británico y comienza la leyenda. Un libro escrito durante la convalecencia de una operación de cerebro, calificado por el autor como esquirlas, donde los textos de toda su obra retornan en forma profética junto a la confusa luz del final. El cuerpo del nadador atraviesa toda su obra. “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada”. Brazada a brazada hasta que su poesía atraviese el tiempo para encontrar en las décadas siguientes los lectores que merece.

PACO URONDO

“Mi confianza se apoya en el profundo desprecio/ por este mundo desgraciado. Le daré/ la vida para que nada pueda seguir como está”. Amor, aventura, coloquialismo, inserción del tango; Urondo vivió una vida peligrosa que él mismo eligió: “donde no vale la pena/ morir por ninguna causa;/ siento repugnancia o alivio”. Su poética utiliza formas diferentes, de la lírica inicial al coloquialismo con diversas estaciones de por medio. (El poema “Arijón” y el libro Adolecer son ejemplos de ello). Puede entenderse el gesto de Urondo como un todo revolucionario, no libre de épica. ¿Un cuerpo de acto cancelando la rumiante inacción de la duda? “Si ustedes lo permiten,/ prefiero seguir viviendo./ Sin jactancias puedo decir/ que la vida es lo mejor que conozco”.

Volveremos sobre estos temas hacia el final de la nota.

ALEJANDRA PIZARNIK

“Hablo del lugar donde se forman los cuerpos poéticos como una cesta llena de cadáveres de niñas”, escribe Alejandra Pizarnik. Esos cuerpos podrían ser la náufraga, la muchacha, el maniquí desnudo, la dama pequeñísima. Es decir, los sujetos textuales que la poeta puso a jugar en el poema. El cuerpo suicidado mide la brecha entre la demanda y la imposibilidad de satisfacerla. Siguiendo una cita de Simone Weil en los diarios de la autora, “el drama es que tener hambre y comer son operaciones diferentes”. El poeta en la estirpe de Rimbaud concibe la revolución en términos absolutos: es la vida lo que hay que cambiar. Como escribe Artaud: la vida está enferma. Desde este punto, la poeta pregunta “para qué ojos si aún no hay qué mirar”.

MIGUEL ÁNGEL BUSTOS

Miguel Ángel Bustos suena profético. Pero no pretendemos hacer una lectura tendenciosa o facilista. Puede leerse como se lee a Rimbaud, cerca del cual intuimos su filiación literaria, pero con un pasado cercano que nos toca y nos duele. Durante el encuentro surgen alusiones al formalismo ruso, junto al tema de la muerte del autor, textos de Barthes y Foucault. Nos preguntamos si no sería cinismo o mala intención política leer a poetas como Bustos o Paul Celan deshistorializándolos o sacándolos de contexto. El cuerpo desaparecido dice por ausencia. Es otra forma de estar presente. Otra forma de decir. “Tuve que morir/ volver a ustedes”, escribe el poeta, y cuesta separar esos versos de la desaparición física del poeta, el silencio posterior sobre su obra y la reciente reedición. ¿Cómo leemos versos como “quiero probar un cuerpo que no muera/ que no olvide. O caeré como un ángel de hierro con/ cien muertos en las alas…”?

El filósofo Alain Badiou contrapone la Anábasis de Saint John Perse a la Anábasis de Paul Celan. Compara la lírica con reminiscencias colonialistas de Perse con el texto atravesado por el siglo XX en Celan. Bustos, como Celan o Kafka, es un artista tocado por el siglo XX. De este lado del mundo. Con categorías de pensamiento propias. Bien lo supo el poeta cuando partió por Latinoamérica para elaborar la cosmogonía de El Himalaya o la moral de los pájaros. Entre los poemas que permanecieron inéditos hasta la edición de su obra completa, leemos “El ángel de la anunciación”: “Mi patria va muda/ oh mi tierra no quiero que estés sola/ pero qué hago con mi ángel de la muerte./ Pasea conmigo/ lee conmigo/ ama lo que amo/ duerme a mi lado./ Si me quieres así/ con las alas oscuras/ seguiré cantando./ Y cuando vivas/ te llevarás mi ángel/ me iré en tu cuerpo”.

JACOBO FIJMAN

Yo quería jugar…

“No hay cosa peor que amar el cuerpo”, le dijo Jacobo Fijman a Juan Jacobo Bajarlía. En el pensamiento del poeta, el cuerpo se pierde en el amor o junto a la exaltación de la materia. A Jacobo Fijman le prohibieron la entrada a la Biblioteca Nacional. Pasó gran parte de sus días en el Hospital Borda (es probable que no tuviera otro lugar adonde ir). Luego de su muerte, la Biblioteca recuperó su cuerpo, expulsado en vida, en formato de libro, higiénico y políticamente correcto. Ahora sí, apto para el consumo.

“Toda mi carne mortal recoge la blanca limosna del misterio”. Fijman atraviesa cada libro de su obra en un peregrinaje místico que culminará con Estrella de la mañana y los poemas póstumos. El itinerario del despojo. El cuerpo marginado de quien reniega del mundo, de quien es negado porque su sola presencia acusa o remuerde, es decir, recuerda al ciudadano medio cuánto le cuesta desprenderse de eso tan poco que tampoco tiene. ¿Fijman y su Gramática de estrellas fijas? “Ánimos de pavor yacen en mis profundas soledades./ No es el mismo silencio, no es la misma estrella”.

PREGUNTAS E INTERACCIONES. FINAL ABIERTO

Hubo interacciones entre estos cuerpos. Bustos frecuentó a Pizarnik. Luego de un intento de suicidio, conoció a Jacobo Fijman en el Borda. Se encontró con Paco Urondo. Paco Urondo, a su vez, como muchos poetas de su generación, viajó a conocer y a reportear a Juan L. Ortiz. Escribió “Arijón”, estupendo poema contemplativo en la línea del entrerriano. Juanele nunca dejó de ser un hombre comprometido con la revolución, y su viaje a la China maoísta es un acontecimiento que incide en su visión del hombre y el mundo. Es allí donde nacen los formidables poemas de El junco y la corriente. ¿Puede calificarse de suicida el gesto de Urondo al ingerir una cápsula de cianuro para no delatar a sus compañeros? ¿No suena profético o visionario el mismo Urondo cuando escribe en su poema “Algo: con tu muerte/ vendrá una nueva/ y desconocida vergüenza”? ¿Resulta paradójico pensar que la etérea poesía de Juan L. Ortiz conforma un tomo de más de mil páginas y un kilo y medio de peso? ¿No logra Alejandra Pizarnik un registro porno en el poema “Sala de psicopatología” que el neobarroso jamás llevó tan lejos? Pizarnik parece ajena a cualquier revolución hasta que escribe: “La noche soy yo y hemos perdido./ Así hablo yo, cobardes/ La noche ha caído y ya se ha pensado en todo”. ¿Hay mayor golpe que la voz de Juan L. Ortiz diciéndoles a sus colegas que no se cobijen pues “la poesía es la intemperie sin fin” o escribiendo, tras la muerte de García Lorca, “oh poetas en la noche estúpida y cobarde”? Perlongher, durante su enfermedad, escribe un impensado homenaje a Viel Temperley, en el poema “Estaño espanto”: “gemidos del doble en el rincón/ que no se ve de el hospital/ (británico)”. ¿No es acaso revolucionario el gesto de Fijman cuando se abraza a un policía y se presenta diciendo: Yo soy el Cristo rojo? Hemos elegido a estos poetas; afortunadamente faltan muchos otros para completar un pensamiento más amplio sobre la poesía argentina y sus cuerpos.

Concluimos estos apuntes con un poema del gran Edgar Bayley, contra todo congelamiento en el lenguaje. Para no morir en cualquier verdad.

A SER OTRO

he venido a ser otro
a ser el mismo
a entrar salir a estar despierto
no quiero eternizarme en una cara
en un traspié canal en un cuidado
he venido a ser otro
a convertirme
en cal en hoy en calle
en mi enemigo
he venido a mezclarme
a estar parado
a darme a ser a no mirarme
a no decir ya está he terminado
he venido a estar a empobrecerme
a seguir con mi apuesta
entre los hombres
he venido a morir o no morir
enamorado
a partirme en cielotierra
entre dos pasos
habitando el desamor o la alabanza


***

Cuatro breves puntuaciones sobre la amiga y el amigo en la poesía en español

1.

La extensa obra poética de Juan L. Ortiz está atravesada por la presencia de la amiga:

Dónde mi amiga a un infinito de la siesta… // Dónde a un infinito de la gravedad… // … Donde, mi amiga? –pregunta el último poema de La orilla que se abisma.

Sí mi amiga, estamos bien, pero tiemblo/ a pesar de esas llamas dulces contra Junio… …Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,/ cuándo, cuándo el amor no tendrá frío? 

¿Referirá la amiga o la niña a su compañera? ¿O a la poesía misma, ese tú invocable tan inasible e ingrávido como los poemas del autor?

2.

La misma palabra atraviesa la poesía de Edgar Bayley:

digo amiga con palabras con horas/ con ojos con adioses/ con claridad y sombras/ y una estrella

En su libro Celebraciones incluye dos poemas con esa palabra: amiga (“…para decir este amor incesante/ abierto,/ amanecido”) y amiga que descubres que revelas (“acaso la tierra misma”).

¿Es la amiga amante con la que marcha hacia un sentido iluminado y cierto?

3.

Alejandra Pizarnik recrea con maestría la lírica de cancioneros y romanceros en Escrito en el Escorial: “te llamo/ igual que antaño la amiga al amigo/ en pequeñas canciones/ miedosas del alba”.

La autora deja inédito un poema dedicado a Silvina Ocampo, titulado “Al alba venid”.

al alba,/ voy a partir/ al alba no partáis, al alba/ voy a partir.

4.

Hallamos las palabras amigo y amiga en el origen mismo de la literatura en español, en las jarchas mozárabes del cancionero medieval.

¿Temas y palabras fundantes de nuestra lírica?

Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.
Amigo el que yo más quería,
venid al alba del día.
Amigo el que yo más amaba,
venid a la luz del alba
.