
Nueve
Ariel Terriles
Buenos Aires, De Súbito, 2025
Fantasma
Daneri se apersona en la sede central
del bachillerato para adultos
con el propósito acuciante
de finalizar sus estudios.
Algunas decisiones incompatibles
con el correcto discurrir del proceso educativo
y continuar navegando
lo llevaron a retrasar el momento de enorgullecer a mamá
las aguas dulces del conocimiento.
Lo sientan solo en un aula
con una computadora blanca
del plan Sarmiento
blanca como el delantal y la tiza,
el algodón, las nubes y los picos de la cordillera
alta en el cielo.
Le queda lejos la niñez y el cuaderno telaraña campeón de la cursiva,
goma de borrar robada para corregir
sujeto derecho y predicado.
Un fantasma recorre San Juan,
el niña o la niño sensible
sabrá de qué estamos hablando.
Daneri se impacienta cuando refresca la página donde se aloja
el cuestionario de 20 ejercicios o consignas para aprobar.
Un fantasma recorre las aulas
el niño estudiante camina a la escuela
maletín cuero de vaca y uniforme impoluto
lluvia y trueno y volcán en erupción
o un monstruo gigante azotando el pueblo.
El camino al templo del saber y el alma, produce sacrificios
fatiga e ilusión.
Niño estudiante y mártir
no alteres tu marcha.
Daneri se queda estupefacto.
Un fantasma entra el aula
se sienta a la derecha
dejando un rastro de caracol ectoplasmático
allá por donde pasa.
Su cuerpo de tela blanca trasluce y deja ver
el armario de chapa
que arrumba cuadernillos educativos en desuso.
Mientras apoya sus apuntes, lápiz negro
y su goma azul y roja
Daneri se persigna
Gloria y loor
honra sin par
El día más feliz de mi vida
Llego a tierra firme, después de atravesar
el cuerpo húmedo y oscilante del río
a un ritmo que intentó adormecerme y no pudo,
por mi ansiedad de llegar.
Veo a mi mamá y a mi hermana en la orilla, esperándome,
bajo de mi balsa con mi cartera de cuero y los regalos
que traje de mi aventura de días y días: una serpiente
que multiplicaba su cabeza en racimos,
el ojo apagado de un cíclope, un abrigo
hecho de piel de oso panda, piezas de madera talladas
y piedras a las que pinté caras de distintas expresiones y colores.
Cargamos las cosas hasta la casa que queda a unos metros del río,
mi abuela nos espera en la cocina.
Escucho la lluvia sonar en el baño
y mi nombre en la boca de mi mamá,
antes de entrar le digo:
estoy cubierto con la sangre de un dragón,
soy inmortal.
Ella me da una esponja.
Respiro el vapor del agua caliente
y las gotas que sudan los azulejos,
cuando el ritual del baño se acaba, mamá me pone el pijama
y siento la trama de la tela sobre mi piel desnuda y soleada,
camino hasta la mesa con el pelo goteando
y me siento en mi silla,
la tele está prendida
en el canal que quiero,
por mi nariz entra el perfume
de la milanesa empapada en jugo de limón.
El destino de los dinosaurios
Vos y yo
tuvimos el destino inevitable
de los dinosaurios.
Quedamos atrapados en capas afectivas distantes.
Nuestras huellas se llenaron de agua podrida
y pequeños organismos empezaron a proliferar.
Vos y yo, vimos dinosaurios
volar en cielos impolutos.
Vos
y yo
nos sostuvimos con garras retráctiles
a nuestros cuerpos
mientras el mundo se sacudía
por un objeto caído
del espacio exterior
suspendiendo nuestra última cita.
En mi mesa quedó
el libro de Frank O’Hara
que te había comprado.
Vos y yo confundimos
el afecto con golosinas.
Que el fin del mundo
no nos agarre desprevenidos
me decías, con el temor que conlleva
vivir la propia finitud dinosauria,
la conclusión del amor.
Vos y yo vimos a los continentes separarse
y pensamos: eso no nos va a pasar.