
Entierren a sus muertos
Alito Reinaldi
Ituzaingó, ÁrbolAnimal, 2025
Defensa de la memoria
Por Leandro Llull
«Entierren a sus muertos» nos ordena el título y en el imperativo laten el mandato y el pedido desesperado. Ya no se trata de cumplir con los dioses ni de velar por dignidades familiares: hay que sacar del campo de batalla a quienes, aún vencidos, siguen siendo objeto de embestida. El túmulo se construye parar evadir la intemperie del poder. Sepultar a los propios antes de que las hienas lleguen y continúen la profanación sin límite. ¿Pero dónde?
Se habla en nombre de y en el nombre de Abel, el afrentado, el aniquilado por fratricidio. La piedad se articula como la defensa de la memoria a través del rescate de los cuerpos en el desierto de la historia. Pero la historia es hoy, se hace en el hoy. Y en su péndulo, hay momentos de expansión y momentos de recogimiento. En estos últimos, la misión humanitaria prima. La palabra, entonces, debe abrazar y dar cobijo, alzar los restos y buscar ella también su reparo, en miras a conservar la llama durante la tormenta, «depositada en el polvo su peso».
La tarea importa una lucha entre la esperanza y la desesperanza, un ida y vuelta entre la afirmación y la negación de la luz. Acción y reacción, revolución y contrarrevolución, danza del fuego de los hombres. ¿Qué papel encarnar en medio las balas? El deber del poeta oscila y alguien al mismo tiempo puede decir «en el opaco filo del metal / (…) he concentrado / todo mi amor / por el mundo» y por otro lado dormirse «llorando por el niño que cae / sobre las piedras de un río chileno». Mientras tanto, la masacre no cesa y el poder se ensaña con sus víctimas convirtiéndolas en victimarios a fuerza de falsedades.
Quitar a los muertos del alcance de las garras, situarlos en las garitas de la ternura, estando «solo entre las cosas frías». En el delirio cantar: «Huelo tus patas, Perro, tu cuerpo mutilado. / Recuerdo el pastizal sobre el que me arrastraba / con el fin de obtener tu amor de perro. / He cuidado de ti y he llorado. // Pero mírame ahora: / desconocí tu carne y te maldije, / atravesé tu cuello con mis uñas / y tu sangre gotea en mi boca. // Purifícame, oh hermoso Perro, / y no me olvides». Acumular también el mal para que no continúe su dispersión y hacer con él algo que permita imaginar el mañana.
Enterrar a los muertos, adueñarse del daño para curarlo. Aun cuando la vida ya esté lejos de los cuerpos, las figuras recortan sus fantasmas y permiten mantener el diálogo. Enterrar a los muertos, y en el durante aprehender esas exhalaciones, entablar con ellas las conversaciones que impidan las manchas que los vencedores pretenden instaurar sobre sus presas. Habitar el vigor de la palabra como último bastión de lo humano, más allá de «los trabajos de la noche». Ahí, en el cuenco rosado que blinda el poema. De eso, entre muchas otras cosas, nos habla este segundo libro de Alito Rinaldi.
Poemas de Entierren a sus muertos
Mis manos aprietan las sábanas
que me cubrieron en la noche
intentando aferrar
las imágenes del sueño.
Frente a mis ojos se abre la llanura
que me separa del antiguo pueblo:
el olor de mi propio cuerpo ensangrentado.
*
Una extensa mancha púrpura cubre la llanura
y resiste la violencia de la luz matinal.
Tras ella, un animal
vaga arrastrando una de sus patas.
Guarda en su memoria un grito,
la sombra que huye y el terror.
En la noche busca el camino a la morada
que habitó su estirpe
y tropieza:
depositado en el polvo su peso,
ancorado en el sueño,
adopta el lenguaje
de todas sus presas
y repite, falsario, una plegaria.
*
La mancha ulterior, la quemadura
expuesta al sol de la mañana,
un recuerdo que fulgura como el oro
de la usura, oro amargo
de otra noche mutilada por el polvo
que apacigua otro recuerdo y otras muertes,
para luego, avergonzada, vomitar
el alcohol, la palabra
que avanza calculada y que recula
ante el desierto repetido tantas veces,
tantas veces fingido,
imaginado.