Javier A. Saleh: Tres teclas a partir de Do

Presentamos una selección de poemas de Tres teclas a partir de Do, libro publicado por Javier A. Saleh. Sumamos también un texto del autor sobre su proceso de escritura y la información biobibliográfica correspondiente.

El desde bizco del jazz
Por Javier A. Saleh

Nosotros sobre nosotros pero sin el plural. Y sin el yo. Y sin que el impersonal sea ajeno a la complicidad con el lector. Con cierto lector. El trato es una dialéctica entre lo que surge y lo que se corrige. Hacer máquinas de lenguaje. Pero parados desde un saber (ejemplo: se sabe de música clásica, se conoce incluso las bases del juego con la electrónica y el punchi punchi, pero se elige hacer jazz). No existe la improvisación absoluta. Como nada absoluto. Llamémosle una improvisación organizada. O la reorganización de lo improvisado. El desafío: cada poema es un sujeto. Cada frase es la mínima unidad poética. Ambos deben poder defenderse solos sin el libro. Pero el libro, que tampoco es un absoluto, es el faro conceptual y teórico hacia donde esas teclas se dirigen. Luego se tacha el concepto y la teoría. Y queda la poesía.  

En Sujeto sobre uno avos (2016) sentamos las bases del poema como individualidad, pero al mismo tiempo definimos al libro como algo más que las sumas de las partes. En Caballera a nada grados (2021) intentamos establecer cierto perspectivismo poético como un análisis matemático, pero de la poesía en sí. Y en Tres teclas a partir de Do (2025) pusimos en juego la experimentación (lo que en electricidad se llama un cortocircuito controlado y a ver qué pasa) planificada. Perdón pero, sí, para todo libro hubo una teoría. Perdón, no niego que el relámpago no me sorprenda, pero prefiero las comunidades que hacen rituales para hacer llover. Las que en el proceso también tienen una teoría de esa nube con forma de oso. Justo ayer soñé con, no mentira, no soñé nada. No hay nada tampoco sobre mi abuelo árabe, ni sobre el juguete que me tragué por error a los cuatro. Por supuesto que me pasó ver medio con un ojo cerrado una palabra o por dislexia y confundirla con otra y no me privé de encender el fueguito de las asociaciones libres. Pero no es que por ser azaroso no pasará por el tamiz de la idea.

Al mismo tiempo, porque mucho sucede en simultáneo como un ensamble, no puedo pensar la poesía sin el concepto de libro. Nada creativo lo puedo pensar sin un concepto matriz. Pero tampoco puedo pensarla sin la idea de poema sujeto y de unidad existencial. En esa tensión construyo mi tablero de ajedrez. El formato de ir atrasado entre cuando lo escribí y cuando me corregí (a veces adrede, con diez años de distancia) favorece el añejamiento, la supresión fuera del ego, y el límite entre alejamiento y reescritura de vinos estancados. Por ejemplo, que la frase tenga individualidad; porque puede que no sea su momento, para ese poema o para ese libro. En ese sentido apuesto a esa simultaneidad de sentidos y no a la verticalidad. No estar atado al libro pero con la idea de libro como fuerza rítmica y de tono.

Luego sí, toca cuidar con triple cinco el mediocampo de la sintaxis. Viene el juego de los epígrafes apócrifos. Tejer jazz. Comentarios o asteriscos, como árboles pintados con un círculo rojo para guiarnos en la montaña. Como una traducción de la poesía a poesía. Mucho después viene el ordenamiento de poemas, la acusación entre sí por cercanía de palabras, o por lejanías de señales en común como si todo esto tuviera un ritmo sublingual. Ese campo magnético, el libro. Como el marco del cuadro que se pintó. Nadie mira el marco, pero también está ahí. Sosteniendo. Mucha idea y vuelta en la lectura del texto en modo autocrítica. Me permite corregir desde cierta ajenidad (pero ojo, no el famoso “no me reconozco en esa frase”, perdón, sí, me reconozco, sí, la escribí yo, y sí, me identifico, perdón), y que esa ajenidad me permita tachar y autocorregirme el ego de diez años atrás. Dejar un huelgo casi infinito,  a veces de meses, para la experimentación, y que todo se parezca a un búfalo pero que no embista como un búfalo. El libro no es el Estado como una suma de los individuos, ni el título es una frase sacada de él, o de sus partes. En ese sentido, voy tratando de estar, en cada frase, en un lugar en donde nunca estuve en mi escritura. Todo lo que siento de oficio lo tacho. Se me dirá, pero amigo, tu libro tiene 160 páginas. Y sin embargo es la tachadura la que habla. Y no para de hablar.

Selección: Valeria Cervero

 

I

(y todavía se puede hilar más fino
el fuego no entiende su propia ceniza
(de que la música nunca en el instrumento)
por eso se habla tanto del paréntesis
y tan poco de lo tachado)

¡oh, perros detectores de explosivos
rodeando a un ladrillo hueco!
el helicóptero pasa tres veces
por la misma frase
sus cuatro quintos de lo mismo
difaman nuestro patito feo
invertebrado de estilo
y el reseñista lo presenta
como si fuera un método
o un pez de color
como si su marmita personal
pesase lo que es debido

y como si fuera a encajar
su sombrero
sobre una cierta cabeza
que se deja observar
(la espada suspendida
sobre la mano que escribe)
y un silencio para nada embarazoso
del alambre torcido
que ya no vuelve
a su primera posición
igual quien moja los labios
por cortesía
en los bordes del whisky
pero lo suyo es el agua

así la vivisección de los pájaros
que cantan en más
de una frecuencia
hasta pulir la canción

el rifle detrás de una pared
para que no se estipule
de dónde el disparo

la pared no está quieta
simplemente se anticipa
a nuestro movimiento

(todos los aplausos
se parecen
y solas se activan
las regaderas de césped)

lo simbólico nunca pasa
por el lugar de los hechos

por ejemplo
morder la punta de los guantes
para retirarlos de cada dedo

esta metáfora
tiene mucha nieve encima
pero no por eso después
de tanto cavar
hallarán una pala

hecha la salvedad:

a la última calle de tierra
cuesta verterle
la primera cal.

III

(la cejilla es al jazz
como un espacio en blanco
a la riqueza de forma
por eso el dedo índice
desorientado
toca todas las cuerdas juntas
arrastrándose)

de niña Billie Holiday
le tiraba piedras a los caballos
y como recepcionista
escupía los panes que daba de desayuno
Thelonius Monk era un campo magnético
posando con la mano en la pera
Ray Charles fue Ray Charles
sin nadie del gobierno a la vista
y los gatos de Dizzie Gillespie
no se apoyaban en nada

todos dibujaron un árbol desnutrido
una casa sin techo bajo la lluvia pareja
en época de lluvia
todos metieron su poesía
en la primera caja sin nombre
ateos al paso 1 y paso 2 del psicotécnico
inventaron el ruido del ojo cuando se cierra
(cada cosa con su lona de cadáver)
una poca de aire
en el encierro de un frasco

como si extraer fuera posible
cada herida es una manera de mirar,
y lo mismo, el cuchillo ciego de pozo
entra

sedentaria la forma
siempre es la parte célibe
de la mentira en su madriguera

lo que dentro de la arpillera
ya no patea

pero todo esto
no tiene de poesía
más que el nombre
(no dice lo mismo
las dos veces huecas
que poesía dijo)
la misma melodía
es planteada pero
algo se cuela

ahí el músico ausculta,
y la flauta para nada dulce
calla
muestra un paisaje.

VII

(ante gruesas pinceladas
en papel fino
venidas a menos
y algunas que otras
fuera del cuadro
el maestro de sonido alza la mano:
ahora vos volido de mosca)

la mariposa se posa sobre el hielo
la frase crea al ser
no otra cosa ocurriendo
(y valga la ironía
la cima no es gran cosa)
que la ontología del poema
a la que matemáticamente
le llamaremos con cariño diferencial
delta pe como si fuese un apodo

el cuadro descentrado
tampoco nos promete el ser
y los copos de nieve
se ordenan solitos
en la maternidad de la nevada
y en su dibujo exacto
ya nada es blanco

la pared es un solo lado
pero si eso significa
el estribillo sin canción revivido
entonces el carrusel callado
lejanamente un tono, un tono
aunque no música
endurece (con su silencio girando
el vinilo también girando)
la miel de llegar al fondo
del asunto:

cada verso es un sujeto
con su propio ser
(ahora que me publican
las grandes editoriales
lo puedo decir)

el silencio de la vela en la casa
que acabamos de incendiar (¡eso es!)

pero en poesía nada llega a casa
ni a la soledad de los alvéolos cerrados
y tibios

ni como fierro frío
con forma de cisne
(entender viene retrasado
pero viene)

sangre segura de sí misma
que hacia lo que no quiere sangre
se curve ella sola

tratando de apaciguar las cosas
los pedacitos del rompecabezas
se alejan del total
para ser ellos mismos

y esta madera balsa
quieta en la coagulación
pone cara de circunstancia

el por qué las casas
se hacen más altas
tiene todo en la mano

y ocurre de muestra
la sombra de una ceniza
recién ceniza en el aire
dentro del bostezo frágil
del tema

como si adrede torcido
el mango del poema
a la par que el cisne

o como si luego beber a la salud
de pepitas de silencio veteado
encontradas (que no es la gran cosa)
se lamiera sus centavos.

XIII

(sonata para mano derecha y centro derecha
(útil para ciertos tipos de pesca)
de una sola nota larga bajo observación
frente a un silbido agudo;
lo de variaciones de gaviotas atrapadas en la brea
corre por cuenta del intérprete)

una oscuridad que acapara
en voz baja
se deja ser entre rejas de luz
como una música que irrumpe sutil
y se da a sí misma un rostro
de ojos vendados
para no intimidar
por lo que es

y aunque no todo es a veces
fotografiado para la poesía
(estilo de esto estilo de aquello)
este velero sin nombre propio
de instante en instante
en su pausa de párpados
parece hecho para ella

y volcada la cesta de agua dormida
hasta la nada se sonroja

tambores que de pronto
cambian de ritmo
y se extienden como raíces
hacia la arena

pero nadie pregunta
por el entendimiento
y los peldaños se desvanecen
como una luz justamente
que no se toca

jadea (cual deshielo en ciernes)
y se demora ciega
de oleaje

y lo que es peor, nacido de la forma
un silencio cavado nos presiente
aquí nadie presta atención al cisne
que negándose a la foto alza la frente

ese nunca, sólo ese nunca es la suma
el pasto todavía no pisado
ese nunca verdor
como un pez inmóvil
entre dos tanzas.



JAVIER A. SALEH (BUENOS AIRES, 1976)

Es poeta, guionista, productor y periodista. Fue uno de los fundadores de La Hernia de Sísifo, grupo multiartístico que desde 2009 recorrió el país durante cinco años. Dirige el taller comunitario de poesía La Cesárea, en Ciudadela; y con Miriam Berkowsky coordina el taller virtual de escritura creativa No es el barco de Penny. Desde 2018, junto a Marcos Bentos, desarrolla Paso de Jama; el proyecto musicaliza a poetas de todo el país y produce el programa de radio Los hijos de Coltrane, dedicado a la poesía y el jazz.

Poesía
Tres teclas a partir de Do, edición de autor, 2025
Caballera a nada grados, edición de autor, 2021
Sujeto sobre uno avos, edición de autor, 2016

Links
Poemas. En La Biblioteca de Marcelo Leites / De lo que No Aparece en las Encuestas / La Ficción del Olvido