En diciembre de 2025, Echinopsis, editorial nacida recientemente que teje su hacer entre Madrid y Buenos Aires, presentó en esta última ciudad los libros de las colecciones Anémona, de poesía, y Ave del paraíso, de ensayos. En su texto de presentación, las editoras cuentan: “Nuestra editorial entrelaza poesía y ensayo con una mirada estética que cuida el hecho artístico como se cuida un jardín secreto. Buscamos el preciosismo, el detalle mínimo: un pétalo sedoso bajo la luna, una rareza que pide ser hallada. Tendemos un puente entre España y América Latina para recorrer, colección tras colección, el vasto y hermoso territorio de la lengua española”. A continuación, ofrecemos selecciones de dos de los títulos de Anémona: En el océano de la materia, de Roxana Molinelli, y Nueve días cayendo, de Jimena Marcos.

En el océano de la materia
Roxana Molinelli
Madrid, Echinopsis, 2025
Selección y texto introductorio de Valeria Cervero
Del espacio exterior de la Luna
al espacio sideral uterino,
los versos de Roxana Molinelli nos vienen a recordar,
hoy más que nunca,
que “no hay sed de conquista” en la poesía;
más bien la búsqueda de la alquimista que,
después del invierno,
después de lo quebrado,
encarna el “mineral común”
y da su cuerpo para gestar
a la que cura y florece:
“Que toda sea poesía”.
La luna también es un desierto
tierra de volcanes dormidos
no conoce otra forma de agua que el fuego
y quiero decirle
que no vengo a quitarle nada que
no hay sed de conquista
en el contacto de mis pies contra su piel de roca
en el roce de mi vestido azul en sus azules
que quiero caminar siete colores
de las dos, de nosotras, de mí
que me sostengo en la búsqueda
que no conozco otra forma
de equilibrio, quiero decirle
quizás mañana un mineral común a nuestros cuerpos
se convierta en medicina, quiero decirle
las cuatro esquinas del universo florecen.
Ecografía 1:
¿Vos te controlás?
Escucho su voz de índice apuntando
antes de saber que un chichón minúsculo
se había convertido en un mioma
de ocho centímetros.
La ecografista supone, me culpa, ignora
que mi útero es un universo en expansión
buscando
la forma.
Árbol de otoño
un entrevero de claroscuros
señales
entre las ramas de la pérdida
una hoja
avisa
este amarillo es solo luz
árbol de otoño,
qué sabemos del color, del morir mañana
del coro silencioso
anunciando la caída…………la expansión
de tus colores de una presencia física
que recubre todo
que tapa lo visto pero no mirado.
Mamá,
nos decís que no podés creer
cómo una flor se abre así en la oscuración de la noche
digo mamá inventó esta hermosa palabra
oscuración
la busco y no, sí existe, pero no se usa ya y creo
que mamá y la noche oscura guardan otro fondo
donde las flores invitan a una vieja danza
de poetas a ciegas.
Dicen que en el origen no había fondo
sino
caída.
Ecografía 4:
Sin huevo
nada se veía en la pantalla
de las formas que surgen del sonido
pero sé que lo intentaste
yo te vi
alada luz naranja
en el umbral de la materia.
Si abandonáramos todo lo que nos daña
qué harían sin nosotras todos esos daños
en su jardín de sueños qué harían
esperar las floraciones de
la orfandad del mal
una floración que cae
como un instante aturdido, se repite
y el mal sin que nadie reciba
su llanto, el grito.
Que toda se haga poesía
la importancia la venganza
el desgarro de la locura
que todo se haga poesía.
La tortuga, leo
atesora como oráculos
o en códigos musicales
los secretos del origen.
Los mayas
en su caparazón ven un mapa del cielo.
Los augures chinos
aún buscan presagios en su lomo.
En los cuatro puntos cardinales
diferentes especies guerrean
contra los demonios.
El Norte
lo defiende una tortuga.
En el fondo creció un níspero
deben haber sido los pajaritos
que llevan y traen semillas
mientras el árbol se multiplica en frutos del mismo nombre
como un legado dulce y colectivo que no pesa
¿Eso es posible?
Hablo de reproducir, soltar, esparcirse.
Lo espontáneo llega, se disuelve o afianza
al modo de su potencia no elegida
¿Habrá otra forma?
Y en seguida quiero encontrarle otra palabra a forma
una
que no sea el eco de una masa pesada y vaya
sin esa distancia infinita.
Todos comemos de una abundancia por la que nadie trabajó
nos sorprende lo natural
en el patio de la infancia.
Ecografía 5:
embrión único y vital
dice el informe
concepción espontánea
estas náuseas
que dan borde a lo silvestre
tu pulso
una danza, mapa vivo
se alza desde el centro del tiempo.
Dicen que estar en un útero
es como el espacio sideral
no hay
arriba abajo
no existe la gravedad
como mecerse en líquido de estrellas
pequeña astronauta
me atrapa la sorpresa
de tu movimiento.
Roxana Molinelli (Quilmes, prov. Buenos Aires, 1983) es editora y coordinadora de talleres de escritura. Más textos y datos en: Flor de Ave
*

Nueve días cayendo
Jimena Marcos
Echinopsis. Madrid, 2025
Selección de Valeria Cervero
Hacia la isla
En mi lengua privada, aislamiento
significaba fuga hacia el refugio
que construí en el living de mi infancia.
Sillones verdes, piso de granito rojo
abrevadero de lava incandescente
arrojada por un volcán
que hacía erupción
en el corazón de mi madre.
La biblioteca cargada de libros
y diccionarios sostenía también
las horas del día, mientras me encerraba
con la ilusión de comprender el universo
la mecánica estelar
quiénes eran los hijos de Zeus
y los hijos de los hijos de Zeus.
Conservo las hojas prolijas que escribí
en ese tiempo abarrotadas de flechas y anotaciones
frases, nombres de ninfas y nereidas.
Mi existencia cifrada en las cáscaras de nuez
que acumulaba a un costado de la mesa, arcas
destinadas a protegerme
para que alguien (parecido a Noé)
reconociendo algún valor en mí
me ovillara un día en su interior
y después del diluvio
me ofreciera un arraigo.
Me fui de Buenos Aires una mañana de septiembre.
No te olvides de tomar agua
dijo mi madre
apoyada en la escalera mecánica
el movimiento nos separaría
dejándola a ella en la tierra
para alzarme
en vuelo hasta Madrid.
Los escalones subieron
su figura se hizo pequeña
el desamparo suyo antes
que el mío se abalanzaba
sobre el océano.
La pulsera que me regaló
tres cruces pampas
de plata envejecida
tintineaba al son de mi mano
que se agitaba como un parabrisas
tratando de remover un velo
cada vez más brumoso
entre nosotras.
Comencé a vivir
dentro de una prenda que ya no tenía
mi medida, la arrastraba
tratando de acomodar los dobleces
elásticos apretados
un cierre
que no llegaba hasta el final.
Mi corazón repetía la imagen
de una pluma que vi caer.
Mi último recuerdo en Buenos Aires:
un descenso lento como el de Lucifer
nueve días cayendo, dijo Milton
en su Paraíso.
Ahora en Madrid las naranjas y las uvas
relucen en destellos, veredas anchas
en las que hubiese deseado
aprender a andar en bicicleta.
Acá me muevo con una incomodidad
llena de privilegios, ya no sé
si conservo el derecho
a mi viejo dolor.
Mi abuelo entendería.
A los veintitrés llegó solo a Buenos Aires
en la demolición día y noche
tapaba la lengua
madre que nunca olvidó.
Hoy soy yo quien desde Europa
mira el otro lado del océano
las noticias que llegan son voces
sin cuerda vocal suenan
sirenas en el aire.
También tengo miedo de escucharlas.
Siempre el silencio fue su mejor
consejo: non fa rumore
me dijo aquella tarde
sentado en el parral de nuestro jardín.
Su hermano había muerto
cerca del Portal de Mármol
en Macerata.
Su dedo índice temblaba
tronco rugoso
bajo el nido de mi mentón.
Mi padre conoció el mar profundo a los cinco.
Un viaje en barco desde el Puerto Seco
a la promesa plateada de Argentina.
En Salamanca jugaba a la bolita
sobre el agujero que una bala
había dejado en la tierra.
Él recuerda la imagen
sus parientes agitando pañuelos
en despedida desde la costa
y que en el mar aprendió
a escribir sus nombres:
José, Alberto, Sara, Gloria…
Las letras torpes talladas
con el filo de una moneda
en el camarote estrecho
donde dormía con mis abuelos.
La noche rosa y trunca
parecía floreciente en altamar
pero el agua escondía sus amenazas.
La primera vez
caminábamos por la orilla
del Tíber, me contaste
de tu trabajo como corresponsal
en tres guerras. Fumabas
amasando el tabaco
con ojos atentos, un balanceo
las hebras dentro del papel
se acomodaban encendidas
entre sí
como nuestros cuerpos.
La primera combustión
fue humo y luego llanto
tu fragilidad, que dijeras:
no sé del sufrimiento
y yo pensara entonces
en la fuga de tu corazón
oxidándose como las sustancias
cuando empiezan a arruinarse.
La primera vez
anduvimos por Trastevere
me preguntaste por una estrella
dibujada en mi hombro
y me dio vergüenza que estuviera allí
sin explicación
no como los otros tatuajes
mis frases, los hilos de mi vida
una ciudad circular diseñada
para no ingresar, para nunca
encontrar un inicio.
Llegué a Roma después
de una confusión. Te conté
que podía estar hasta diez meses
volando como los vencejos, planear
al lomo de una corriente cálida
incluso, dormir en el aire.
Pero vos me dijiste:
te recibo en mi casa
que parece un barco
aunque no se meza.
Está quieta, como yo.
Creí en esa quietud
la capacidad de amarrarte, hacer tuya
la agitación de un muelle.
Mis guerras sucedieron
dentro de la caja de música
que mi abuela me regaló, obligada.
Tanto me gustaba el sonido
mecánico de Satie, su magia
brotando de un rincón, detrás
del terciopelo.
Yo iba a su casa llena de marimonias
a visitar primero
a la bailarina minúscula
vestida con un pedacito de tul
que nunca estaba limpio, y emergía
una Venus desde el mar.
Esa caja fue el ánfora
donde guardé por muchos años
papelitos inútiles
y boletos capicúa. Era roja
por dentro y fuera, como yo.
Un contenedor de furia
amuleto
adornado con sutilezas
y recordatorios de buena suerte
pero pronta a dispararse con su música
girar continuamente y horadar
el silencio de una noche de campo.
Las matanzas que viví
en miniatura quedaron danzando.
Desde cierto ángulo, la bailarina
parecía un animal depredador
los brazos tallados
clavándose en el aire
las piernas filosas
como cuchillas.
Tantos viajes en tu lista y nunca
habías visitado el fin del mundo.
Buenos Aires se veía frágil
como la ternura de un brote
después del granizo.
No tuve el valor de llevarte a conocer
la plaza de avenida Belgrano
donde solía caminar
los domingos por la tarde.
Pasamos en auto
por una de sus esquinas
vi de costado el centro aromático
de arbustos que en estos años
crecieron por fuera
de mis ojos.
Vuélveme a mi elemento natal,
pues temo caer
John Milton
Tengo una foto cerca del sepulcro
de San Pedro.
Lo crucificaron boca abajo
a pedido suyo, como señal
de humildad frente al maestro.
Aunque yo pienso
que su profundo deseo era volver
a la tierra, a la madre.
Harto de los asuntos de Dios
su muerte
fue un nacimiento invertido
un grito de protesta, el regreso
al vientre del mundo.
En esa foto, yo también retorno
a vos.
¿Quién podría diferenciarnos?
Rubias, con una timidez
que casi nadie advierte
en el centro del pecho, un lapislázuli
opaco
igual al que papá te regaló
engarzado
en el anillo de compromiso.
La fuerza de vivir detrás de una piel
gélida, transparente y la herencia
de un dolor mezclado con rabia.
Las dos sabemos de partos dolorosos
y del amor que se corta
desflecado como una cinta.
Estoy lejos, mamá. Pero espero
encontrarte en la tierra
cuando aprenda a morir
mi cabeza
en dirección a tu vientre.
Jimena Marcos (Lobos, prov. Buenos Aires, 1984) es Licenciada en Psicología (UBA), tiene una Maestría en Psicología (Fundación Jung de Buenos Aires) y una Maestría en Escritura Creativa (UNTREF). Más textos en: Poetripeados