Mitad fuego, mitad viento
Inéditos
Entre Baruj y las uvas
Sobre el tapial las uvas viajan hacia marzo,
en parte lilas, en parte verdes, inflan sus gemas de carne
y tensan los peciolos y las ramas mientras las hojas
tiemblan de escalofrío ante la brisa
que cura la fiebre del verano.
A esa altura, tienen mucho de criaturas desentendidas
de lo vegetal que se hacen
a sí mismas bebiendo en pozos
de luz entre los párpados
del parral. Yo las miro como a los pájaros
que vienen y ellas, en vez de cantar, sonríen
de reflejos todavía opacos pero firmes,
y creen en un dios que atraviesa las materias,
las teje y las une en una trama vibrante
y a lo largo de los átomos y los hilos
las deja sentir la música que las compone
si el aire de la mañana llega y dice de repente
«hoy, acá, del todo».
Recomposición del centro
No hay otro centro que no sea dar,
dar/darse desde el punto mínimo ocupado
y no acaudalar, no amontonar, no apropiarse;
que escurra, que irradie, que suene
y resuene eso que es, como el filamento
que forja el universo en aleteos,
o como la niña antes de ser niña fue un nudo
de fibra y sangre pulsando la pantalla
contra el abdomen, el padre espectador.
También ella se iba de sí,
y ahora corre al mar para entregarse
a las olas y a la sal. Dar/darse,
propagar lo dado
que se tuvo
sin tener.
La gran música sorda
Si viste los lejanos mares deshabitados,
del norte o del sur, las aguas abiertas,
seguramente sentiste tu corazón
una molestia, un tun-tún
interfiriendo la gran música sorda
a nuestros oídos y palabras, del silencio
tendido en la línea de horizonte:
un bicho, una piedra apretada
contra la piel, la presencia
de uno ahí, en la lengua
del viento y de la sal, mientras el resuelto océano
amándose consigo baila. No estorbes, dijiste,
dentro tuyo nada podría valer
frente a la grandeza de esta fuerza
cuyo respiro abarca mil vidas.
Pero después pensaste:
«soy esa gota, que rueda por el aire
entre la espuma, brillo un instante
y enseguida me fugo; sí,
un suspiro de algas al trasluz,
y el corazón, el corazón…».
Bajo los árboles, a ojos cerrados, me quedé escuchando el mundo
Cinco minutos bastaron para sentir el miedo.
Cada matiz, cada voz e intervención, ampliaban la distancia del fondo,
ensanchaban el espacio y horizonte. Tanta proliferación, tanta vida
oculta bajo cada piedra, hormigas inaudibles que colaboraban
con el rumor. Todo estaba hecho de un tejido
infinito, creciente, inalcanzable, a lo ancho y a lo largo,
comiéndose el vacío. Bocinas, escapes, horneros,
ráfagas de ramas como pinceladas al oído, espesas y precisas.
Los niños gritaban tras la nuca, lejanos y deshilachados, vivos.
Miedo ante su felicidad en miniatura entre tanto oscuro:
frágil, expuesta, abismada en uno. Miedo de ya no participar
aferrado a este silencio.
Melanochloros
Vi al pájaro carpintero
en el jardín juntando hormigas,
su realeza era dorada
engarzada por toda la capa negra
aun cuando hubiese bajado
a enchastrarse los pies,
él, un pensamiento rojo
en la cabeza, mitad fuego,
mitad viento, araba sin esfuerzo,
mordía sin piedad,
la luz del sol,
como un arcángel
del deseo.
Scroll
No podemos demorarnos, y estamos demorados.
Las imágenes pasan en cascada como ajenas.
«Que ce monde demeure», decía el poeta,
que este mundo perdure. Que se dilate y se asiente,
que bote a tierra ahora, cuando volamos
como semillas estériles en el polvo.
Que este mundo demore, de morada, sea la nuestra
y no un eterno caer al pozo.
Que este mundo nos duerma en los suelos,
nos abrace de pies, nos trate, nos hable de árbol.
Que ningún dedo pueda ya borrar el presente, lo presentado
por propia voluntad. Y el cielo será cielo;
la tierra,
tierra.
Canción en fuga
Mañana helada, vi el vapor
en la boca del pájaro.
Zorzal era, entre las ramas,
su voz hecha humo de anillos
y el penacho de luz.
¿Qué alma-melodía
……..o brocal del corazón
pecho afuera?
………….Nadie responde,
salvo el resonar de la memoria
como círculos de moneda
en el espejo del pozo.
Y si miro ahí, ¿quién ve?
¿El pájaro, el oído-sombra?
Ahora ya no pienso, voy
en los tibios aros
que desvanecen el aire,
la canción.
Kiosco porteño
Titilante estaba el cartel a mediodía.
Avenida Entre Ríos y Sarmiento,
se apagaba y se prendía con esfuerzo vano
por cumplir su misión:
GASEOSAS – CERVEZAS – VINO.
Ahí me vi bajo la fiesta
solar, disuelto entre la gente,
lejos de mí, pululando también,
como suspirando la existencia
igual que un foco
ante un fuego de estrellas.
Nadie me escuchó, nadie supo
mi ternura cuando pasaron
las alumnas de la escuela de danza.
El brillo del instante
se perdió entre tanta
claridad mundana,
y el kiosco fue uno,
y uno, su lámpara.
Naranjo en la mañana
Bajo la luz distendida
mirando el árbol me enteré
de que la empresa-yo que dicen debemos ser
se resiste a ver el fruto en el azahar,
en la naranja el jugo.
Esta pujanza de habla requiere
de mí un sin-más-allá, demorarse
sobre los pétalos-puntilla y el aroma fugitivo
que se esconde entre las hojas,
no pensar,
no hilvanar, un des-provecho
del acá y ahora.
No hay infinitos fines ni escasos medios,
hay explosiones de corazones y de cosas
en el zumo de la felicidad-presencia,
una marea astringente de estar en uno
y en lo otro por estar nomás,
que borra toda mella
de futuro y descarta
el esto-sí / esto-no, asume
el mundo en su hoguera
y arde en él.
Tibieza de otro orden
Íbamos en busca de los gansos,
la siesta balanceaba el sol para los ojos,
las palomas extendían sus ristras en vuelo
y los horneros sus hilachas de canto.
Pensábamos que estarían isla adentro
en la sombra que los borra de los hombres,
soñando o emplumándose con la primavera,
pero luego de la curva los vimos
todos juntos en la otra orilla del lago.
Mientras nos acercábamos
ella los señaló; yo también me asombré
más allá del placer
de ver los colores, los cuellos, las patas,
las plumas fibrosas y limpias,
cortantes de luz.
Sentí la destreza de sus vidas congregadas,
la suma clara de los cogotes retorcidos
para beber la superficie,
el conjunto de las palmas
tegumentosas y carnales
contra el cemento, y las alas abiertas
para el grito, el lance sutil al agua
como manchas volátiles de nubes
a través del cielo: su gesto de bañistas
a lo Cézanne o lo Renoir.
La vida —sus vidas— latía en un acorde
con decenas de notas,
tan perfecto como las manos
de Schumann sobre el piano,
tan opuesta a la nuestra,
dispersa y controversial, rota.
Era el día después de las elecciones,
las urnas habían hablado, el odio
vencía, y nosotros, mi hija y yo,
entre los gansos, estábamos seguros
de que todavía algo podíamos aprender.
Hay un cuadro, en el museo de enfrente,
nacido muy, muy lejos, en los talleres de Sisley,
donde los gansos son las únicas figuras
discernibles en las orillas del Sena
sobre el pueblo de Saint Mammés.
La misma plasticidad de ese blanco
era la imagen de los gansos
empapándonos los ojos con su óleo
cuando me arrodillé junto a la nena
para mirarlos. Y dije:
un pincel seríamos,
unas cerdas dejándose bañar
con la tibieza de otro orden.
Leandro Llull (Rosario, 1983)
Colabora en distintas revistas literarias digitales, entre ellas, Otra parte, El diletante y op.cit. Se encuentra a cargo del taller literario La rama hacia el este, dictado en la Biblioteca Popular C.C. Vigil, y dirige la colección Alfa de la Editorial Biblioteca.
Poesía
Luna del cazador, Buenos Aires, Bajo la luna, 2023
Otra luz, Bardos, 2023
La vida sin centro, Buenos Aires, Salta el Pez, 2022
El gamo, Buenos Aires, 27 Pulqui, 2019
Maratón, Buenos Aires, 27 Pulqui, 2016
A los pibes crudos, Bahía Blanca, VOX, 2015
Horas menores, Huesos de jibia, 2013
“La lengua en soledad”, en VV.AA., Prueba de soledad en el paisaje, Buenos Aires, Mansalva, 2011
Disonancia del jardín, Rosario, EMR, 2009