Caterina Scicchitano. Soberbias

Soberbias
Caterina Scicchitano
Buenos Aires, Mansalva, 2025

Robando en el Zara

¿Y si me bajo en Bulnes y voy a robar a Zara?, pensé recién, en vez de ir al departamento a mirar el celu. Es que está muy fácil robar en Zara últimamente, porque está lleno de turistas brasileños que dejan todo muy enquilombado, y entonces robar está bastante simple. No quisiera admitir mi método ni admitir que estoy un poco maníaca. Trabajar me da igual si total siempre me echan.

Siempre te van a echar de los trabajos, eso lo tenés que saber siempre.

Me tomo la B y estoy yendo con uno, me tomo la C y voy con otro que me llamó «Princesa», y en la D voy a lo de mi favorito. Quiero volver a odiar todo otra vez.

Igual, la otra vez volví a odiar todo otra vez cuando en la obra de la maravillosa directora Lucía Seles había un chico alto que se hacía el que entendía la obra. Se hacía el canchero, como queriendo decir: «No me hace falta reír ya que yo entiendo esto a otros niveles». Y para colmo estaba desparramado en la silla, como ocupando dos asientos más, como si alguien se la estuviera chupando. Seguro era para impresionar a la chica que estaba al lado de él, pero yo tenía unas tremendas ganas de preguntarle: «Che, flaco, ¿qué tanto es tu saber y por qué no lo compartís con todos así también lo sabemos?».

Lavalle y Esmeralda

La ciudad está construida para que no tengas una buena experiencia en general. Si te fijas cada dos o tres manzanas hay una madera amarilla que te impide el paso y te astilla o una obra en construcción con un ruido infernal cuando tratas de decirle algo importante a alguien. Lo que me hace creer que todos estamos teniendo una experiencia parecida. Me gustaría ver la vida desde la perspectiva de la línea de Subte E, los carteles led y los semáforos que obedecen órdenes. Ellos sí pueden funcionar como robots pero, yo creo que aún nosotros no y te digo por qué pero arruinaría mucho este momento de paz que tengo por Lavalle y Esmeralda donde un chico con lentes y una pobre chomba rayada azul toca una flauta de escuela mientras otros hombres y mujeres gritan desinteresadamente «cambio dólar cambio». Me hubiera gustado ver desde la perspectiva del dólar el cerebro del chico y el sonido espantoso que sale de su flauta todo junto al mismo tiempo hubiera sido muy cómico para mí.

Me encanta, me encanta, me encanta

Me encanta El Noba, pero está re muerto ya. Me encanta su actitud, sus ojos dilatados por la droga. Me atrae que escribía re bien. O sea, cuando dice «Tu wacha está conmigo la paso a valor» es como que la convierte en un cálculo de Excel, ¿estoy en lo correcto? Seguro es de esos que te hace sentir magia en un segundo, lo sé, pero está re muerto ya. Yo re hubiera sido una de sus Chicas. Mirá la actitud que tiene. Yo nunca probé la cocaína, pero re hubiera estado presente observándolo tomar. ¿Y mirando videos de qué? De motos. Y escuchándolo hablar de sus sentimientos. Yo nunca fui a Florencio Varela, pero hubiera ido a visitarla a tu mamá, a comer bizcochuelo de naranja y decirle: «Yo siempre le decía que use casco».

Con la mejor de las ondas

Basta, Santiago motorizado, hasta acá llegaste. Es mentira todo lo que decís y nadie te cree. Hacés que toda una generación de señoritas crea en los hombres y no es así, no es justo porque es mentira que hacés todo para ellas. Tenés una vida y sabemos que vas a comprar más parmiggiano para tirarle a tus penne ragazzi, y estoy segura que nunca tuviste un Renault Fuego, y que cuando compras camperas Adidas azules lo haces con la intención de enamorar, pero a mí no me enamoras. De hecho, te considero mi némesis y quiero continuar con esta enemistad hasta las últimas consecuencias, y si un día te cruzo, espero poder decirte todo esto en la cara. Sos como un Babasónico, pero con un poco más de conocimiento en leyes. Ni te creo que hayas vivido en una casa con sillones sucios, o ni idea de qué escribís, pero no te creo nada porque básicamente nunca te vi enamorado. Te la pasás cantando ¿y creés que eso es amor? No me convences con nada y estoy segura que si viniera Claudia Schiffer a uno de tus recitales bobos a verte, ¿sería el amor de tu vida? Vos qué, ¿vos qué harías?

Me encanta desaparecer

Yo no me deprimo más, ustedes se reirán, pero lo digo en serio. Hay una sensación que no puedo describir nunca, pero que los sintetizadores de los ochenta sí podrían. No sé cómo traducir la música de música a ritmo y de ritmo a sensación. No tengo yo ese talento. Una vez le dije una palabra muy dolorosa a alguien y esa persona se quebró delante mío, y esa persona era inquebrantable. Me sentí poderosa cuando lo hice, porque esa persona me había lastimado a mí. Pero quebré mis propias reglas de «tratar bien a los demás porque todos pasamos por algo».

Cuando me paso de rosca en la maldad me encanta «todo aquello que sea inmoral». No sé por qué nunca nos amigamos con esas ganas de «una diversión desmedida». Recuerdo cuando hacía muchas meditaciones y tomaba la droga conocida como metanfetamina, comprendía cada vez más que mi propósito era ninguno y que ninguno iba a venir a darme una razón por la cual vivir, y desde ahí planteo cómo llevar mi vida. En la calle siempre pregunto a mujeres por direcciones y a los hombres los corrijo cuando le dicen un piropo a alguien. A veces hay que marcarle el camino a la gente, porque ponen su atención en una cosa y eso es estar en constante placer. Pero, ¿qué hay más allá de no sentir placer? En ese agujero, el mundo es para siempre y es mío, y es mi tesoro interno que nadie va a conocer.


Reseñas (fragmentos)

Por Gustavo Toba / En Otra Parte
Los textos de Soberbias son alocuciones dichas en un contexto muchas veces indefinido que la autora, por así decir, se inventa para decirlas; frases mordaces que, en la continuidad de la lectura, van acoplando y desperdigando significaciones. El sentido se junta y se dispersa con ese ritmo rápido, de relámpago, que es propio del libro, y en la coincidencia tonal construye una suerte de caja de resonancia: son voces críticas y a la vez banales, casi siempre sarcásticas o impugnadoras, que al leerlas quedan sonando. Por momentos, uno podría representarse en ellas, por el modo en que irrumpen con su enunciación, la figura de una estandapera corrosiva. Pero del stand up, que es un formato altamente codificado y que trabaja con contenidos generalmente convencionales y situaciones reconocibles para causar su golpe de efecto, que es la risa, Scicchitano solo toma el punto de partida, el momento inaugural: el instante en que alguien se para y, de la nada, se pone a hablar sin mediaciones con el único objetivo de emitir una serie de opiniones, casi podría decirse de manera inmotivada, sin que nadie se las haya pedido. Pero con ese gesto, se arma una escena: “Y bueno, sí, la verdad tengo que admitir que estuve desvariando un poco estos días. Traté de no creer en nada y no tener creencias o pensamientos mágicos. Pero creí en todo y tuve aún más pensamientos mágicos poco probables en la realidad como: esta tarjeta de débito no se acabará nunca. Y hoy llegó el día en que tal vez deba guiarme más por la realidad y no escaparla”.

Por Juan Rocchi / En Hurlingham Post
Empecemos por el yo y el vos, ese aparato tan particular de ByF [Belleza y Felicidad] (y tan denostado). En particular el yo, hacer de la propia experiencia algo digno de ser narrado, es fácilmente criticable: puede ser individualista, caprichoso, autocomplaciente. Al mismo tiempo tiene un potencial positivo: puede ser contestatario, responder al propio deseo y no a un mandato (mercantil, institucional, extranjero, etc.). Por otra parte, como escribió Claudio Iglesias en Corazón y realidad, un buen crítico tendría que darse cuenta de que en ByF no se jugaba tanto (o solamente) el yo de quien hablaba, sino el vos al que se estaba apuntando. Eran obras y textos dedicados, teledirigidos. ¿Cómo era el yo de ByF, a principios del 2000? Naive, juguetón, femenino. ¿Y a quién se dirigía? A su entorno cercano, a quienes circulaban por la galería.

Por el contrario, en Soberbias el yo es un poco violento, un poco border (“Nada me da vergüenza, solo parecer loca, e igual me encantaría poder ser yo al cien por ciento y putear mucho y no respetar ciertas leyes”). Pero sobre todo avispado: tiene definiciones respecto del mundo, y sus juicios parecen ser llevados por una racionalidad maníaca que acompaña las sacudidas del sentimiento. En el mundo actual, signado por la violencia, la ingenuidad no tiene lugar ni siquiera como simulacro: justamente el yo que permanece, para hacerlo, tiene que endurecerse y avivarse (“Un agente literario me contactó desde España y me quiere representar. ¿Representarme a mí? Va a tener que ponerse de mal humor por hacer filas delante de viejas platinadas y cosas por el estilo. Seguro le voy a decir que sí porque mi alma es cara, y Europa tiene los euros para comprarla. Venderse siempre, ya que de humilde no la jugué nunca”). No puede hacer una actividad romántica como vender acrílicos en una motito; más vale tiene que tomar trabajos y perderlos, manguear, aprovecharse de las situaciones que pueda para sobrevivir (“¿Sabés que cuando alguien llama doctor o doctora a alguien es porque quiere sacarle guita?”).