Sin litoral a la vista
Inéditos
Plano
¿Siempre habrá sido así, un plano perfecto?, ¿una superficie llana hasta donde va la vista? A lo largo del año, solo cambia por las texturas que le dan las distintas siembras. Las plantas copian una altura pareja, mientras ondean al unísono con el viento. Mi vista, cuando voy por la ruta, como en un acto reflejo, se inclina a la izquierda. Después de la virgencita, en el cruce de caminos, busco esa lejanía lisa. Austera y artificial, siempre me pareció una especie de escenografía; una extensión ideal, estática, estancada, donde nada va a rodar si no se lo empuja.
Objetos
Hay elementos que se multiplican, repetidos y esparcidos entre los sembradíos en la inmensidad de la llanura. Parecieran estar allí por una pura casualidad o un azar que hace olvidar quizás la lógica de alguna disposición venida de otro tiempo, pensada para el uso y la vida que había en las antiguas chacras. Y aquí parado, quieto en campo abierto, giro como un faro en el medio de este espacio y mi mirada barre trescientos sesenta grados. En ese rodar lento se yuxtaponen objetos diversos, algunos más cerca y otros más alejados. Vestigios que mi ojo observa: el árbol solitario detrás de algún molino viejo, tanques grises y el montecito misterioso e impenetrable de plantas salvajes. Rastros como mojones olvidados, interrumpidos cada tanto por esos nuevos galpones plateados y brillantes, que aparecen en el paisaje como naves conquistadoras recién arribadas en medio del trigo verde de septiembre.
Caracola II
Solo un inmenso mar pudo detener su geografía inconmensurable…
“Elogio de la Pampa”, Atahualpa Yupanqui
¿Y si el rumor de casuarinas fuera para que no olvidemos ese mar, el único capaz de ponerle un límite a esta inconmensurable geografía? Entonces ellas, como me dijo Lupe, estarían con nosotros para recrear ese zumbido del oleaje que desde aquí nunca alcanzaríamos a escuchar. Basta cerrar los ojos y dejarse llevar por su rumor que nos recibe justo en el recodo del camino, cuando venimos hacia el este y los pasos, tranquilos, cambian hacia el sur. En ese momento, es como meternos en la inmensidad quieta de la llanura y navegar sin litoral a la vista, solitarios, mar adentro.
Flotar, caminar
¿Hay algún término, una palabra justa que indique la acción de caminar por el llano?, ese transitar estable, en equilibrio, como si se navegara en un río calmo, o se planeara a la manera de los pájaros cuando despliegan las alas y, sin esfuerzo aparente, como al descuido, parecen flotar en el aire. En ese caminar, mientras nos movemos, la vista invariablemente está clavada a la altura exacta de la línea del horizonte, allá lejos, donde converge todo, y vamos siempre como derechitos y a la velocidad que cada uno quiere. Quizás hasta podríamos avanzar con los ojos bien cerrados, para detenernos luego y, sin ningún esfuerzo, permanecer quietos, en armonía, hasta que al rato volvemos a marchar como si nada sucediera, sin subir ni descender. ¿Habrá alguna palabra, ignorada por mí, que con sólo decirla nos revele la sensación de caminar de ese modo? ¿O acaso debemos inventar alguna voz nueva, que formada apenas de pocas vocales y consonantes sea ella la idea misma de andar en lo llano?
Agosto
“La helada quema más que el sol”
Si no fuera por las veces que vi la fecundidad de esta tierra repetirse en ciclos de siembras y cosechas abundantes año tras año, las lluvias copiosas, la humedad de siempre, y en cambio me dejara llevar sólo por lo que observo en la mañana de agosto, pensaría que no hago más que transitar por un desierto eterno de pastos secos a punto de prenderse fuego. Mientras la ruta deja que el auto ingrese a toda velocidad en ese paisaje desolado y vacío, la impresión se refuerza con los pastizales ajados de las banquinas. También los yuyos altos al costado de las vías están marchitos y se bambolean rígidamente al impulso del viento glacial. Al frente y a los lados, los lotes de los campos parecen ser uno solo: un llano infinito que se mimetiza con los barbechos amarillos, de aspecto quebradizo debido a las escarchas y el frío. Como una manta pareja, casi sin pliegues, los rastrojos cubren todo y disimulan lo que bulle dentro de la tierra, mientras en la superficie, la estación invernal nos engaña con su apariencia de irreversible aridez.
Coleccionista
Una ciudadela medieval
dibujada en la tela con precisión,
que cuelga exacta sobre la reja,
se sostiene entre el frío y la niebla
de la mañana de invierno.
Tejida en la noche,
su trama de intrincadas callejuelas radiales
y de apretadas calles concéntricas,
repetidas de menor a mayor,
oscila con el viento.
La descubro como un coleccionista atento
para sumar objetos
a mi inventario de fragilidades.
Lupe
Quiero capturar cada movimiento sutil
de la encapsulada flor del cactus
mientras se abre.
Me asomo a la ventana varias veces
y no creo observar nada diferente.
Sin embargo
al menor descuido de mi ojo vigía,
estalla preciosa, irremediable,
impar.
Y quedo otra vez quieto,
burlado por el destino escurridizo de la flor
y de todas las flores,
enredado en la impericia de jugar
a ser un celador del tiempo.
Edgardo Raponi (Bombal, prov. Santa Fe, 1966)
Es arquitecto de profesión, recibido en la Universidad Nacional de Rosario. Actualmente reparte sus actividades entre la arquitectura, la docencia y la literatura.