Una selección de poemas de Alberto Girri, por Diego L. García

El poeta y ensayista Diego L. García extrae y analiza una muestra de la poesía de Alberto Girri, bajo la premisa de que es poco leído, con todo lo que el viejo maestro aportó acerca de la composición poética.

Intuyo que muchos y muchas poetas jóvenes se están perdiendo de leer a Alberto Girri. Lo considero un maestro de los aspectos que me interesan de la escritura poética: disección del lenguaje, construcción de un evento, incrustaciones discursivas, alteridad de lenguas y forma ensayística. No suele ser el autor más citado ni referido en este tiempo, posiblemente el mundo editorial le deba un refresco a la altura de lo que merece.

Creo que la mejor forma de entrar a la obra es mediante sus textos sobre la escritura. En este caso, unas viñetas tomadas de Notas sobre la experiencia poética (Losada, 1983), una joya que recomiendo con énfasis.

Una intuición. Dentro de nosotros, el poema consume grandes porciones de lo que nos degrada. (p. 73)

Expandirse. Como concentración y como limitación. Más lo último: reducir, reducir, reducir. (p. 74)

Que la finalidad haya sido una percepción, el pertinaz deseo de existencia. No estáticos objetos individuales denominados poemas.  (p. 75)

Legitimidad de reconocerse en el poema escrito para uno mismo, pero por Otro. (p. 56)

Que lo que se corporiza en obra no adquiera el peso de una carga que nos hundirá. Desplazarse en un espacio amplio de indiferencia, antes que sea tarde. Anularse, diluirse, no es destruirse, es evitar que nos destruyamos. (p. 57)

Y ahora que empezamos por ahí, sus poemas pueden resonar de otras maneras. Muchas, diversas, maneras que siguen ampliándose hoy en día. Es que Girri no para de ser un adelantado.

Vamos con un ejemplo, del libro Poesía de observación de 1973:

POESÍA DE OBSERVACIÓN

Especial don
del apartamiento, privilegiado
tacto, concentración,
……………………………………la astucia
de embozarse, retirarse de toda luz
que intente desmentir la certeza
de que hombres y topos se asemejan
perseverando en la oscuridad, subyugados
desde la remota y olvidada circunstancia
en que al superior conocimiento
prefirieron el solecismo de rumiar
presagios de una inminente, segunda Caída,
y la extinción de lo que resta
de memoria, nostalgia,
por una segunda Venida.

Esto es un carácter. Ejemplar precioso
de misántropo, conocedor como pocos
de las dificultades de las épocas,
y que se encoge de hombros,
nos borra de su espectro
con la prestada apariencia de un asesino.

Es difícil —o más bien ingenuo— que un poema sintetice todos los movimientos de un autor. Pero en este texto se reflejan unos cuantos de nuestro poeta: el ritmo quebrado de una respiración sin miedos a no fluir melodiosa (Guillermo Sucre lo describió como “morosidad sintáctica”); las gotas gordas ampliando palabras claves, resonantes; lo mítico releído, apropiado, puesto a captar un presente; construcciones de sujetos novedosos, envueltos en espectros de una estructura que parece desplazarse y salirse del riel con sus consecuentes “dificultades” de época (un guiño irónico).

Algo que me gusta mucho de Girri es el hilo de su trabajo, la manera en que esas piezas compuestas en diferentes momentos se conectan y traman algo, una Obra con mayúscula. Por ejemplo, del poema anterior podríamos saltar a este otro, del libro Quien habla no está muerto (1975):

DE ABRIR LOS OJOS Y NO OÍR

Sordo, sordera al entredicho
de palabra y comunicación,
palabra y representación,
y significación,
palabra y lo indecible.

Sordera por conformidad,
…………………………………….la del sordo
a que palabras y hechos
se contemplan sin interferirse,
desgranándose según
sus propias órbitas,
…………………………………….libradas las palabras
al puro engendrarse, puro manar de ellas
solamente palabras,
…………………………………….nombrando,
no qué es lo que nombran,
nombrando, pero sin acercarse por completo
a disolverse en lo que nombran,
nombrando, como argumento
para deshacerse de lo que nombran;
nombrando para que lo nombrado
tenga su rótulo, centro, núcleo,
que es la palabra que lo nombra
y no haya así vacío
ni miedo al vacío

Sordo,
…………sordera
de abrir los ojos y no oír,
…………………………………….cercanísimo parentesco
con la que ataca a las almas
decapitadas por la Palabra de Dios.

Reorganicemos un poco la información: ¿es un remix de la parábola cristiana del Sembrador? Tal vez; al menos seguro está en su fondo. Es un hermoso poema para leer en voz alta. Las rimas iniciales en –ción con los bordes cortados con filo teórico-lingüístico, hacen a uno de los intereses de Girri: la materia del lenguaje del poema (en ese orden). Luego la parte en cursiva, una especie de rap que decanta en la palabra “rótulo” y desde ahí rueda el rollo al reinicio: “Sordo, / sordera…”. El final es misterioso, vaya cada uno/a a su encuentro.

Cuando la poesía se hace cargo del lenguaje no hay “épocas” de uso o estilo que nos indiquen cómo navegar la lectura. Hay algo que sucede de nuevo cada vez que alguien pone los ojos u oídos en esa secuencia; más un evento que un objeto.

Uno más (no dejen de tener presentes las notas que cité al comienzo; intuición, degradación, reducción, percepción, destrucción). De Casa de la mente (1968):

KUSANO SHIMPEI: QUEROQUÉ LA RANA

Nací en los suburbios de Bolonia,
en un estanque de lotos,
cabeza abajo y pataleando al cielo;
el cielo del somorgujo,
era para mí una fuente de asombro.
Mi nombre es Queroqué,
título que yo misma me conferí, naturalmente.
Un día fui atrapada en una red
y llevada sin demora a una universidad,
exactamente, al laboratorio Galvani.
Algunos estudiantes (como suele suceder),
susurrando una barcarola lo pasaron por alto…
Aquella tarde, en el año 1780,
un escalpelo fue aplicado en mi abdomen
y el mundo concibió la idea de la corriente eléctrica.
Estaba muerta,
estaba fuera de este mundo,
el cielo italiano era muy, muy hermoso.

Este poema es del japonés Shimpei Kusano (traducido desde el inglés). Lo que Girri hace es insertar sus “versiones” entre poemas propios, algo que Silvio Mattoni ha pensado como una orientación para la lectura de sus composiciones. Me quedo pensando en esa imagen final: “el cielo italiano” (sería un buen título para una antología del poeta, ¿no?), que es un cielo Otro, a la vez extranjero y paradójicamente el mismo cielo Uno. Pero lo hermoso es el cielo italiano como sintagma. Girri utiliza como epígrafe de En la letra, ambigua selva (1972) una frase de Wallace Stevens que nos da algunas pistas para pensar el funcionamiento de su arte: “La literatura se basa no en la vida sino en proposiciones acerca de la vida”. Cuando Kusano/Girri dicen “estaba fuera de este mundo”, nos ponen de inmediato en ese desplazamiento; nos ubican en el poema. Y ahí pasan cosas extrañas. Una vez Borges dijo de Girri: “a veces no lo he entendido; pero siempre que lo he entendido, lo he admirado. A veces el poema me ha excluido, por incapacidad mía, no por torpeza suya”. Lo que ocurre es que la poesía nos excluye de las pretensiones. No sé si lo que le pasa a la rana es una metáfora de esto (en un momento me pareció que sí). Pero, a diferencia de Borges, no me preocupa si estoy en una de las veces en que entiendo o no entiendo. Podemos transitar lo dicho, viajar en esas ráfagas de lenguas… cualquiera sea. Justamente por ahí rumbeaba Girri.

Cierro con otra de sus imperdibles notas sobre la experiencia poética:

En lugar de ser edificada con lo recordado, que la página, sin memoria y sin yo, se convierta en construcción del presente. (p. 94)


Diego L. García (Buenos Aires, 1983) es Profesor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Ha publicado poesía y ensayo. Entre sus títulos más recientes se encuentran Un sábado por la mañana (Buenos Aires, Buena Fortuna, 2025) y Unos días afuera (Antología) (Buenos Aires, Pixel, 2023).