Canción natal / Raquel Jaduszliwer

 

Canción natal
Raquel Jaduszliwer
Bogotá, Abisinia Editorial S.A.S, 2025
[XXVII Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía, 2024] 

La partitura

Por Mariano Calbi

Y te vas, con el corazón agitado, hacia la gran nevada
Yves Bonnefoy, Comienzo y fin de la nieve

 Me pregunto si todavía estamos a tiempo de leer a Raquel Jaduszliwer. Todo indicaría que sí. A menos que decidamos efectivamente leerla. En ese caso, nos volveríamos residuos del tiempo o lectores simplemente rezagados. Al presentarse, su poesía nos educa en ausencia. No para formarnos en fila o tomar la distancia. Ni siquiera para practicar la benevolencia de la disciplina o de la lección. La poesía de Raquel nos enseña lo que nunca nos enseñaron. Aquello que ya sabíamos pero de lo que nada queríamos saber. Un poema del mundo nos ha puesto en el mundo. Nos ha dado a luz. Nos ha dado un tiempo que es lo Otro del tiempo. Sin medida. No dura, sólo trae. Al traer, retrocede y abandona el presente al abismo disimulado por la eficiente relojería del capital. Un presente en menos. Una miniatura del tiempo. El poema se ausenta. Se enuncia.

A tiempo, sí. A tiempo, no. Si en el sino prevaleciera la recurrencia etimológica del signo (signum), nuestro destino sería el significar de la apropiación egotista, que administra referentes. Sin embargo, retenido en el sino, el poema se hace lugar. Y es ahí donde comienza a perder contorno como presagio de su propia extinción. El poema escucha el “no” del lenguaje: no me digas, te estoy diciendo, no soy tu herramienta, te desmiento cada vez que buscás convertirme en la antorcha clarividente de tu dicción; la penumbra es mi guarida. Lo que ocurre no deja de ocurrir en un tiempo venidero y por eso mismo, pretérito de un presente que se da sin darse, en la verticalidad intemporal del instante. Casi todo sucede en un abrir y cerrar de ojos, sin que se sepa a ciencia cierta qué pasa, qué ha pasado o qué pasará. 

Como la más inadvertida de las criaturas, el poema guarda el secreto de su aparición. Un secreto a voces. La in-condición descansa en una paradoja extrema. Si hay criatura, no hay creador. Ella lo engendra y aniquila. El nacimiento evidencia el carácter no causado del venir a nacer, la abolición afirmativa del fundamento y sus fundamentalismos. ¿Dónde es que estamos? ¿A dónde hemos llegado? Inclaudicable, la poesía de Jaduszliwer se escribe, se deja estar, como quien dice nieva o aún está nevando, al dictado o al cuidado de las preguntas, hermanas gemelas de lo que no se sabe. Y en ese lazo —Guadalupe Ruiz lo señala y estudia con precisión— vienen todas juntas a preguntar por su hacerse preguntas: “la pregunta es coral”. Innumerable, irreductible a la suma del uno más uno, siempre en menos uno. Procedente de las cosas y por fuera de la cuenta objetivante o la docilidad de animales amaestrados por extenuantes equivalencias. No hace falta engañarse. Imposible sacar las cuentas porque tampoco existe el collar. El lazo no hace lazo. Suelta en su preguntar, sólo hay la pregunta. Hay el lugar de la pregunta: 

Sabía que se trataba de algún lugar ausente
de los mapas, fundado mientras dormía.
El aire se veía impreciso, dudaba entre el destino
y la indeterminación.
Cuando la luz se hacía llegaban las preguntas.  

Un parpadeo. Un temblor recorre palmo a palmo el cuerpo de la criatura. Dejar ver para dejar de ver. La luz del dar a luz retira de la palabra el anudamiento caprichoso e imperial del referente: “La luz se aparta, se aleja envuelta en luz”. Se hace lugar la pregunta. Se hace lugar el poema. Sólo se trata de dar el paso con el coraje impostergable de una bailarina que no mide riesgos. Andrajosa, los convoca y alimenta. En el escenario menesteroso de su indefensión, constata el enigma del alumbramiento: “Ya no se mira atrás / A donde sea, vamos”. Embebida en preguntas, la criatura despliega la danza intermitente del poema: “Como una bailarina en el vacío, así se está”. 

Un poema de Yves Bonnefoy recorre la escena interminable de la lectura. Una carta ha caído al costado del camino. Las páginas están manchadas de barro. Las palabras carecen de bordes. Ilegibles, los signos deshechos hechizan la mirada. Escrita en el corazón del tiempo, la carta de Raquel Jaduszliwer tampoco busca la compacidad identitaria de emisores o receptores: “Te escribo con los ojos cerrados”, dice. Perplejidad de una carta en ruinas y extraviada en la persistencia del envío. Su poesía nos pone a salvo, al desestimar el emblema del tercero certificante o edificante. El poema no habla en código. Nos protege de la manipulación encubierta del significar que, ahora sabemos, es voraz y todo lo consume en el cálculo que organiza el sistema de pesas y medidas de los intercambios. No hay acuerdo ni transacción. Un animal herido huele el exterminio latente en el contractualismo expresivo del pacto elocutivo. La herida copia la blancura de la nieve y compone la partitura. Al referirse a Espiga de los días, otro de los poemarios de Jaduszliwer, Lucas Margarit advierte que la escritura se vuelve “sutura en la herida del vestigio”. El poema exalta la impropiedad del andar. Ritmo blanco, al ras, habla con la voz que no tiene. En su afonía deja el rastro inaparente de lo que nunca estuvo allí: 

Camina como el pájaro del caído aletear sobre la nieve.
Y en el blancor del día regresa la pregunta:
¿has conocido alguna vez en tu extensa o corta vida
esa voz sumergida en el núcleo de la canción
más verdadera? 

 Raquel escribe con el corazón en la boca, boquiabierta. ¿Habría que precisar que las palabras no son lo que habitualmente nos parece que son? Puede ser. Sin saberlo su poesía lo sabe porque escribe a pérdida y abriga la pérdida. En ella, las palabras nos despiden y emprenden el vuelo o el sobrevuelo de la enunciación. No se parecen a nada y lo dicen todo de una vez, indicando que no hay algo así como un todo, porque como partes se resisten a ser nombradas y son más que el todo que alguna vez creyó que podía encerrarlas en la irrisoria retórica de los inventarios o los recursos de estilo. Partes de partes que se multiplican y que no son partes, porque ni siquiera como partes alcanzan a ser unas. Partes de partes, el desprendimiento no tiene freno y escribe la partitura o el ritmo del corazón: 

Diástole y sístole, un mundo sigue acompasado
al ritmo de tu corazón.
Como la noche, así se expande, y se contrae
como un foco de luz. Entonces despertamos. 

Decir la palabra. Es cierto, parece fácil. Se suele creer que hablamos y que lo hacemos con las palabras que pronunciamos. Pero no es esto lo que sucede. Decir la palabra es decir la no-palabra. El lenguaje no tiene afuera. Nadie puede decirlo. Intraducible y carente de unicidad, es arbitrario incluso suponer que exista. Pero que la inexistencia sea su escandaloso atributo, no quiere decir que a veces, de manera inesperada, no nos toque o acaricie y nos haga cuerpo innumerable de lenguaje. En lo intangible del roce, el poema encuentra lo que de antemano sabe que va a perder. No importa. Se escribe igual e insiste:

Hoy diré la palabra vedada: corazón.
Hoy —y sólo porque es hoy—
la encontrarás como una estampa aquí.  

Batiente corazón, fuente de vida
hacedora de música.
Qué sería del poema si no dijera la palabra.

 La palabra fuente. Ciega porque no refleja. Con voz inaudita canta la canción natal. Una voz sumergida en la “canción más verdadera”. Última en su lejanía, da la vida que falta. Permanece en la cercanía de un creciente velarse. Lo que queda de vida de una vida todavía no vivida. La vida de las palabras “cuando aún no eran palabras”, apenas un “destello móvil”. 

Dijimos que la poesía de Raquel se escribe al dictado o al cuidado de las preguntas. Que escucha el hacerse lugar del lugar o el hacerse preguntas de las preguntas. Veamos una más: “(…) qué estaré diciendo, qué estaré diciendo en verdad/ cuando digo perderme”. La preposición resulta insoslayable. Decir en verdad no es decir la verdad. Ya lo intuimos. Las palabras del poema no instituyen objetos. No tienen amarre porque ningún significar es capaz de domesticarlas. La verdad del poema no descansa en la adecuación a un contenido. La verdad del poema es la herida que corta la dicción de punta a punta y hace que su mutismo enuncie un habla extranjera. Fractura expuesta y sin fondo, despojada del juicio o la opinión. Intrusa en un cuerpo horadado por el llamado de las cosas, ajenas ellas también a la música que en su aparecer se deja oír. Un tajo interminable que agrieta el camino de quienes avanzan sin otra brújula que la de un “corazón azorado”. El poema es en verdad, es decir, en la herida por la cual una vida se vive y disipa sin remedio. Una vida que abandona el mundo de los signos y persiste en el latido del corazón que se desangra. A su pesar, alcanza a vislumbrar en él la estampa insólita de lo que se resiste a transformarse en figura:

 Yo, que me había arrobado con una imagen fértil,
más propia de la jardinería que de un descendimiento,
ahora prosigo a tientas.

 En Comienzo y fin de la nieve, Yves Bonnefoy evoca los caminos de la infancia. Una niña tiene toda la casa para ella. Afuera está nevando. Corre de aquí para allá y apoya sus dedos sobre los vidrios de la ventana. Juega con su aliento y la humedad del cristal. Dibuja, traza y anticipa una escritura incierta. En Canción natal de Raquel Jaduszliwer la construcción se desploma. Más que habitar, el poema deshabita la casa. Si hubo salas, antesalas o habitaciones, ahora no las hay. Radiante, la nevada incita a la niña a abandonar la casa y a jugar con ella. La nieve la encandila. Transpone el umbral y escribe una canción en verdad

Así venían los días:
esa mano, ese brazo extendido, prolongándose,
los huesos tan estrechos, hacia arriba, subiendo
hacia un lugar vacío.
Hubo días así. Yo los recuerdo:
preñados de esperanza, imbuidos de espera.
Hoy que me veo ausente, extraño la constancia
de esas líneas de fuga que aún así, permanecen.

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