Pablo Caramelo

Un zumbido bajo y constante

1

Había una voz. Decía lo que decía
sobre el fervor: fábulas, claro,
un ángel irreconocible, con arrugas y
manchas sobre su piel, o milanos
sobre el ratón furtivo, o un mero avión
de papel, la hoja arremolinada, modos
de anunciar la dura vida que despega.
Ahora es eco, deambula. Discutimos el lugar.
¿Confundimos la memoria de una histeria?
Rodeamos juntos la congoja. Juntos,
sin dejar de ser cada cual quién es.
Ensimismados, las ojotas nos retrasan.
(El interior de cada criatura no se puede cotejar).
Edificaron encima otras versiones del futuro.
Y abandonaron lo edificado: ningún secreto
se retuvo. La maleza cubrió el plan y
las exégesis clandestinas. Asoman piedras
en el agua. El agua se escurre lejos.
Muros desiguales, carcomidos. El padre
del amor es el caos, pero esta vez la ruina
no es hermosa. ¿Rebotaba ahí la voz
antes de habitar entre nosotros?
Te elevarás negándote: nos dijo eso y
algo más que nos mantuvo en el suelo,
desplegados por caminos de tierra.
Hubo una voz, repetimos a quien escucha
fumando en su jardín, y alza las cejas,
y quisiera decir: tal vez la hubo, tal vez
no fueron ustedes los testigos.

2

En cada turno oscuro un gemido coral,
en cada indicación imprecisa
las madres asfixian al futuro dios
entre sus ropas, el zorzal se aturde
cuando su canto grazna y, entonces,
prefiere hundir también sus patas
en los desagües fríos y resignarse
a una tonada más simple, más antigua.
Los ciclistas que recorren la noche
relatan ese repliegue de la vida, cuya
penumbra vibra para bien y para mal,
y turba a los ancianos despiertos:
nunca tardaron tanto las señales del cielo.
Sombras sobrecogidas en vano, regatean
sus horas en nombre de un antiguo velar.
Un pregón entra en el palier, recorre el pasillo
de la morada, padres supernumerarios frotan
el moho de los pesebres. Resuellan edictos,
despachos de un nuevo orden jadeante.

3

El show cotidiano, su máquina ilegal,
trastorna tu descanso: otros huérfanos
de pie detrás de la pared. Cosen sábanas,
manteles, una extensión precisa su trabajo.
Desteñidos huérfanos de amor y de trama,
deben cubrir la desnudez, repartir los platos.
(¿Acaso quisimos el bien? Derrotas y sueños
son uno). La materia cumple su disolución mordaz
frente al letargo de la memoria y de las manos.

4

Boca abajo dormías y debajo
de la puerta pasaban citaciones,
volantes, un resumen del Corán:
sonreírles a tus hermanos es caridad.
El polvo de la flamante ciudad agrisaba
tu cráneo. Las siluetas corrían en la pared.
Una nota grave estremeció los muebles:
despertaste, tu alma no había regresado.
Podrías estirar la duermevela, pensar que
los muertos y los mirlos charlan entre ellos.
Pero el asombro no sirve para los viajes
de regreso: en la claridad biliosa de la mañana,
las fábulas se cansan de repetir lo que intuyeron.

De vez en cuando, en medio de los gritos,
un destello. Una emergencia luminosa,
imposible de seguir. Con la apariencia
de relax que nos produce esa epifanía,
nos miramos: no alude a un mundo sumergido.
Es ella misma. Un cambio de aire para seguir
la agitación sin rumbo. Hablamos mucho
sin obtener nada. Extraviamos la taza de té
y el sentido del brío. Sin numen ni penurias,
en el cuarto inmenso, tres clavos en la pared. 
Abrazados, discutimos la imagen que sostenían.


Nota. Estos poemas pertenecen al libro Un zumbido bajo y constante publicado por Barnacle en 2026.



 Pablo Caramelo (Junín, 1964)

Es poeta y actor de extensa trayectoria teatral, también director escénico y dramaturgo.

Poesía
Un zumbido bajo y constante, Buenos Aires, Barnacle, 2026
Impresión, Oscuridad, Buenos Aires, Barnacle, 2024
Dádiva brutal: pensamientos sobre el juego del padre, Buenos Aires, 2023
Dormancia, Buenos Aires, El Jardín de las Delicias, 2020
Notas frente a una puerta desvanecida, Buenos Aires, Grupo Editorial Sur, 2018
Falso feudo, Buenos Aires, Nova, 2014
Buenos Aires planea una revolución justa, Cáceres, Extremadura, Ediciones Liliputienses, 2014