Uno de los acontecimientos literarios del año es el cierre de la obra poética de Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937-2015), con la publicación del volumen segundo de La vida en serio. Obra completa (1958-1997). El libro. que reúne la totalidad de la primera parte de lo publicado por Bignozzi y complementa a la compilación inicial de 2024, es más profundo en información que su predecesor y agrega textos dispersos y manuscritos de Pragmatismo (1974), un libro álbum que tuvo circulación limitada. También recopila los comentarios críticos de las contratapas que sintetizan la obra de la autora, firmados por Diana Bellessi, Irene Gruss, Daniel García Helder, Eduardo Romano y Beatriz Sarlo, y una cronología hecha por Vanina Colagiovanni. La edición, a cargo de Mercedes Halfon, se presenta con el prólogo de Martín Prieto, que sondea vida y obra de la poeta de un modo incisivo y segmentario. Prieto logra componer pasajes abiertos que producen algo así como núcleos con rasgos que motivan interrogantes; lo que destaca por sí mismo la particularidad, por momentos oscura, alusiva y subjetiva, de la poesía de Bignozzi, tal vez fundamental en este, el primer tramo de su obra, dotada de declaraciones que procesan una biografía anclada en una juventud que resulta siempre anterior, precedente, por así decir, y vindicadora de la diferencia de lucidez y voluntad y decoro que afirma. Esta fijeza lleva consigo mapas de lectura algo nebulosa acerca del amor y el de la contingencia política, y define un orden estético cerrado. Vida, podría decirse, contra la construcción de la escritura, la conciencia de una debilidad que debe apuntalarse con soberbia patetizada. Para celebrar la obra de Juana, presentamos el primer tramo del prólogo, algunos poemas significativos de esta edición, una muestra de las contratapas de sus libros (el artículo de Eduardo Romano) y otra de los manuscritos, y la información bibliográfica necesaria.
J.V.
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La vida en serio. Obra completa (1958-1997)
Juana Bignozzi
Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, volumen II
Edición al cuidado de Mercedes Halfon
2026
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Prólogo, Por Martín Prieto
[Primera parte]
El 12 de febrero de 1958 murió en Choisy-le-Roi, Francia, Marcel Cachin, uno de los fundadores, en 1920, del Partido Comunista Francés y director del periódico L’Humanité, órgano oficial del mismo partido. Su muerte propició la publicación del primer poema conocido de Juana Bignozzi, en diciembre de ese mismo 1958.[1] Cuarenta años más tarde, en una entrevista de Santiago Llach y Marina Mariasch, Bignozzi repuso, un poco olvidada del asunto, su motivación y lineamiento:
El primer poema que yo publico en Nuestra palabra es un poema a la muerte de un líder comunista francés. ¡Por suerte él estaba muerto! Es esta cosa hueca, larga, el poema más largo de mi vida, donde yo decía lo que una chica de barrio, de dieciocho años, creía que era París. París para mí era como un cuadro de Renoir, no tenía nada que ver con la realidad.[2]
Si reponemos los faltantes y corregimos los desvíos: Juana Bignozzi tenía veintiún años. Era una joven militante del Partido Comunista, hija, como cuenta ella misma, del comunista del barrio de Saavedra, en la ciudad de Buenos Aires:
En ese barrio, nosotros éramos los comunistas: mi papá leía el diario, hacía reuniones raras y yo, que hice la primaria en la escuela de la esquina y la secundaria en una escuela que quedaba a diez cuadras, me sentí siempre muy separada: yo era la que iba al teatro, yo era la que leía, tanto porque me gustaba como porque mi padre me hacía leer…[3]
En la misma escuela secundaria escribía composiciones, hoy llamadas «consignas de producción», en las que le iba siempre bien, aunque no las asociaba con la literatura. Hasta que, en el último año de la secundaria, empezó a estudiar francés en la Alianza Francesa. Dada cierta intuición o fantasía de que aquello que escribía tendría un valor trascendente a la estricta obligación curricular, la joven Bignozzi compartió algunas de aquellas composiciones con su profesora de francés. Tal vez porque la imagen que de ella recuperaría muchos años más tarde («una flor exótica» en la Buenos Aires de los años 1950, por lo menos en la ciudad que Bignozzi frecuentaba entonces) se le hubiera representado de inmediato y creyó que de allí, al margen de su ámbito familiar o escolar, podría provenir un acompañamiento que probablemente no encontraría adentro.[4] Y aun: si no lo encontraba, si mademoiselle se mostraba indiferente a sus composiciones, esa desilusión sucedería por fuera de su ámbito de seguridades establecidas. Sería, apenas, una frustración íntima y secreta. Pero mademoiselle no sólo no fue indiferente, sino que de inmediato («a la clase siguiente») la confirmó en sus sospechas o ambiciones: «Ah, mon enfant, ça c’est de la poèsie». No sólo la confirmó sino, también, firmó un mandato, una presentificación, en la vida real, de esa perdurable escena de Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, en la que el maestro don Aquiles, después de leer en voz alta los primeros balbuceos de los «éxtasis» expresivos de su joven alumno sentenció: «Adán Buenosayres será un poeta».[5] Juana Bignozzi, dirá mademoiselle, también.
Estos materiales desordenados y no obligadamente relacionados el uno con el otro (la joven militante del Partido Comunista, la poeta «en general» sin poemas publicados —tal vez, simplemente, sin poemas, sólo con la idea de escribirlos— y el mandato a cumplir) se precipitan y se potencian en 1958. Bignozzi, recién recibida con título comercial, había empezado a trabajar primero como profesora de Contabilidad en las academias Berlitz y de inmediato como tenedora de libros. Y sin una presión económica precisa («empecé a ganar muy bien»)[6] pero atenta a que no era ese el ambiente en el que podría vincularse con quienes, intuitivamente, podría imaginar como «los suyos», le dijo al secretario del comité barrial del Partido «que quería aprender a ser periodista».[7] El secretario la presentó ese año en la redacción del recientemente inaugurado La Hora. Órgano del Partido Comunista. Diario de la mañana, donde al mes y medio cobró su primer sueldo. Allí conoció, en bloque, a Estela Canto, a Juan Gelman, a Andrés Rivera, a José Luis Mangieri. Dividamos al grupo. Por un lado, Estela Canto. Periodista, traductora, narradora, más tarde, biógrafa. Quince o veinte años mayor que todos los demás. Exnovia de Borges, quien en 1945 le dedicó «El Aleph». Comunista. Extravagante. Sola. De buen beber. Una figura con la que Bignozzi no sólo debe haberse identificado de inmediato sino sobre la que muy probablemente construyó parte de su propia imagen de artista. En No entender. Memorias de una intelectual, Beatriz Sarlo cuenta que Bignozzi fue su modelo de «mujer dandy».[8] Siguiendo nuestras presunciones, es probable que Canto haya sido el de Bignozzi. Por otro lado, la parte politizada, izquierdista de la generación del sesenta. Todos hombres, todos unos años mayores que Bignozzi. Gelman y Rivera con sus primeros libros ya publicados. El de Gelman, Violín y otras cuestiones, de 1956, acompañado por un prólogo-espaldarazo de Raúl González Tuñón. Ellos tres (Gelman, Rivera, Mangieri) serán, de inmediato, sus pares, sus amigos, sus compañeros. También en la redacción de La Hora conoció a Héctor P. Agosti, el mítico secretario de Cultura del Partido Comunista y director de la revista Cuadernos de Cultura quien, desde una posición simultáneamente literaria y política, confirmó el mandato de mademoiselle: «Muy bien, Juanita», le habría dicho después de leer alguno de sus primeros poemas.[9] Y fue posiblemente el mismo Agosti quien, entrenado en el exigente ejercicio de la literatura político-partidaria en el que a cada acontecimiento le corresponde su réplica literaria, llegada la noticia de la muerte de Cachin le encomendó a Bignozzi no la escritura de una necrológica sino, directamente, de un poema. De un poema celebratorio. Años más tarde, convertida en una resuelta y regular visitante de los grandes museos europeos, cuando la pintura ya sea uno de los asuntos principales de sus poemas y se jacte de reconocer, a simple vista, en un abarrotado salón de Florencia, un cuadro de Andrea del Sarto en medio de «un caos de vírgenes, que eran todas contemporáneas, muy similares» porque «ya conocía sus rasgos, su pincelada, sus colores»,[10] y también, posiblemente, porque en esos mismos años de la entrevista de Llach y Mariasch estaba componiendo un libro consagrado a cuadros y a pintores, que incluye uno dedicado a Renoir («ya no hay pintores del rumor de mi clase»)[11] dirá que el París del poema dedicado a Cachin es, precisamente, el de los cuadros de Renoir. Pero las convencionales marcas parisinas del poema (Montparnasse, los bulevares, las cocottes, los maquis) y la construcción de uno de sus versos como una autónoma frase unimembre, reuniendo a través de una conjunción copulativa dos construcciones sustantivas alejadas conceptualmente una de la otra, de modo de ensanchar su potencia imaginativa («cuatro tiros y un poema») provienen de Raúl González Tuñón, el definido maestro de los poetas comunistas de los años sesenta y probable modelo inspirador de «Sin embargo», uno de los poemas del primer libro de Bignozzi, Los límites, de 1960:
Conozco un gran poeta viejo
que una vez me dijo:
Si tuviera una profesión…
Y había escrito diez libros de poemas.
Y había recorrido el mundo cinco veces,[12]
La publicación de Los límites fue propiciada por Juan Gelman, quien también en aquel año iniciático de 1958 llevó a Bignozzi al grupo El pan duro. Poesía militante, de izquierda, como ellos mismos se presentaron en una antología de 1963: ni con «la demagogia social del peronismo», ni con «la revancha de las minorías celebradas en funciones de gala y recepciones en embajadas», enarbolando siempre «la rosa que blindara Raúl González Tuñón».[13] Bignozzi formó parte del grupo sólo dos años: hasta 1960. Y en la antología publicó una serie de poemas entre los que se destaca el que abre la selección: «La vida en serio», que va a ser el único recuperado en Mujer de cierto orden, de 1967. El título y la factura del poema funcionan como una discreta despedida de sus libros anteriores. Tanto de Los Límites como de Tierra de nadie, de 1962, cuya cuarta sección, como si aún la poeta estuviese atada a la presión del acontecimiento, se inicia con una cita del líder anticolonialista y nacionalista congoleño, Patrice Lumumba, acompañando su nombre con un complemento explicativo: «asesinado en África, 1961».[14] El sentido de los poemas de estos dos libros es por momentos confuso y parece responder, más que a un impulso literario, a un impulso vital. Pero, como sucede muchas veces con la poesía juvenil, ese impulso vital, al estar desprovisto del grano de la experiencia y de la reflexión sobre esa experiencia, en el transcurso de una vida en la que ha pasado más bien poco, se vuelve, paradójicamente, un artefacto puramente verbal. Un ejercicio metapoético.
[1] Juana A. Bignozzi. «Marcel de los Boulevares». Nuestra palabra, Buenos Aires, 4 de diciembre de 1958. El poema se reproduce por primera vez en la página 57 de este libro.
[2] Santiago Llach y Marina Mariasch. «A mí no me gusta la sinceridad en la poesía». Entrevista a Juana Bignozzi. suplemento Grandes Líneas…, El Ciudadano, Rosario, 3 de noviembre de 1998. En línea y en Osvaldo Aguirre (compilador). Contra los miserables. Conversaciones con Juana Bignozzi. Buenos Aires, Mansalva, 2025.
[3] Martin Prieto y D. G. Helder. «Por una poesía desangelada». Entrevista a Juana Bignozzi. Diario de Poesía, n° 46, Buenos Aires-Montevideo-Rosario, invierno de 1998. En línea y en Osvaldo Aguirre, citado en nota 2.
[4] Roxana Artal. «La edad de la luz». Entrevista a Juana Bignozzi. Evaristo cultural, Buenos Aires, diciembre de 2010. En linea y en Osvaldo Aguirre, citado en nota 2.
[5] Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres. Buenos Aires, Sudamericana, 1948.
[6] Jorge Fondebrider. «La ideología y la borra de la poesía». Revista Ñ, Buenos Aires, 14 de agosto de 2010. En Osvaldo Aguirre, citado en nota 2.
[7] Juana Bignozzi, «Yo». Diario de Poesía, nº 46, citado en nota 3.
[8] Beatriz Sarlo. No entender. Memorias de una intelectual. Buenos Aires, Siglo XXI, 2025.
[9] Martín Prieto y D.G. Helder, citado en nota 3.
[10] Valeria Tentoni. «La poesía acompaña a los otros, no a quien la escribe», Eterna Cadencia Blog, 9 de septiembre de 2014. En línea y en Osvaldo Aguirre, citado en nota 2.
[11] Juana Bignozzi. quién hubiera sido pintada. Buenos Aires, Siesta, 2001.
[12] Juana Bignozzi. Los límites. Buenos Aires, Stilcograf, 1960.
[13] «El pan duro». El pan duro. Grupo de poesía. Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1963.
[14] Juana Bignozzi. Tierra de nadie. Buenos Aires, Nueva Expresión, 1962.
Selección de poemas de La vida en serio
La vida en serio
Ahora he descubierto el sol, los perros y las mentiras.
La vida es más lógica, no he dicho mejor, sino más lógica.
Cierro los ojos y tomo sol, juego con un perro tan vulgar
que es imposible sentirse separada de él y miento.
Eso me obliga por las noches a sacarme los zapatos
como quien se desnuda,
a caminar descalza por mi casa,
a llorar a solas cada tanto.
Ahora miro a una mujer ni linda ni fea,
pienso que la pequeña vida continúa
y que todo dolor importante tiene testigos,
aunque sean un perro, el sol y las mentiras.
De Mujer de cierto orden (1967)
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De la revista Macedonio
Año II, número 4-5, Buenos Aires
verano 1969-1970
El ángel apoya la mejilla necesaria
si fuéramos cosmopolitas
viajeros de vuelta, dulce gente de mundo
nombraríamos otras cosas
pero la galleria uffizi está lejos
y todo esto tiene sabor a caras conocidas
……a pueblo en buenos aires
a paseos en una plaza de llanura
sabor a nosotros que no conocemos el ángel
……de la cítara en su ciudad
pero que apoyamos esta mejilla sobre alguna cara
……sin sabor a océano a agua salada
con olor a esta ciudad en que sobrevivimos.
De «Poemas no incluidos en libros» (1958-1975), en La vida en serio
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Cadáver por la palabra
persona por la gente
Por ejercer el miserable pecado de jactancia
manejo huecas trascendencias
solitarias eternidades
o sea
escribo
por escribir a punto estuve de ser solemne
por escribir pierdo la vida
por mirar a esta gente descuento mis culpas
lejos de falsas jerarquías que engendran peste
a punto estuve de integrar una secta
ave de rapiña de voz de todos
no entenderé del mundo más que lo entendido por todos
no olvidaré en el final el principio
no creeré en el signo sobre los otros
menos en la luz única sobre mí
para que mi vida se cumpla
pierdo el tiempo en confidencias
para escapar al desierto de los elegidos
borraré toda arista que me distinga
para que mi lucha no sea legítimo derecho de soberbia
sólo reconoceré la voz de los que nunca llegarán
a cumbres de lucidez
torres de talento
verdugos de los demás
ceniza de vidas menores
escribo
no me otorgaré la redención
De Mujer de cierto orden (1967)
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Contratapa de Mujer de cierto orden
[Segunda ed., Libros de Tierra Firme, 1990]
Por Eduardo Romano
Este libro, en 1967, venía a confirmar los hallazgos poéticos de Juana Bignozzi en sus títulos iniciales: Los límites (Stilcograf, 1960) y Tierra de nadie (Nueva Expresión, 1962). Por ejemplo, que una voz poética preocupada por lo político-social (había integrado el grupo El pan duro desde sus inicios) rompiera decididamente con el didactismo o la suficiencia dogmática habituales en aquella tendencia para asumir una enunciación formulada desde la inseguridad («nosotros, que estamos en lo que podemos»), la contradicción («mujeres de cierto orden con ideas precisas con ninguna idea») o la sarcástica frivolidad («mis múltiples amores, tan simpáticos, / tan apropiados como tema de conversación»), pero siempre alerta frente al conformismo: «a veces tengo miedo de que seamos felices».
Era consciente, asimismo, de que su manera hablada, conversacional, autoexpuesta, transgredía el anquilosado tono, supuestamente poético, de los panteones literarios que pretendíamos demoler: resabios del «trascendentalismo» cuarentista, atildamiento sonetero de los suplementos periodísticos «prestigiosos», hermetismo seudovanguardista, etc. Y cuyo punto de partida consistía en un diálogo distinto de «como se dice en los poemas». Sólo sus amores y «mis hermosos amigos» («los amigos en solfa / los amigos en serio», discriminaba sumando) constituyeron hasta hoy, que Juana reaparece en la ciudad, el espacio donde supo sobrevivir con dignidad.
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Fragmento de los manuscritos
de Juana Bignozzi que integran el libro-objeto
Pragmatismo (1974)
[incluido en La vida en serio]





