
La vara y el río
Laura klein
Buenos Aires, Hilos Editora, 2025
Palabras-riscos
Por María Mascheroni
I.
En un libro anterior, Bastardos del pensamiento, dice Laura Klein: “ved como saco miel de mi propia pesadilla”, un verso que permanece en mi memoria desde que lo leí y que me veo tentada de poner como título cuando pienso en la poética de Laura. Ahora, si prescindimos al leerlo de la propiedad privada, y sé que Laura nos autorizaría a ello, esta pesadilla —como bichos de lenguaje que somos— también nos pertenece. Aunque, sin embargo, sacar miel de allí ya es otro cantar.
Si para nosotros, los humanos, es el lenguaje celda o prisión, esto —por fortuna— no siempre se percibe en los avatares del diario vivir. Laura Klein se esfuerza en levantar esos muros. Esas rejas. Las construye a la vez que las muestra. Es al mismo tiempo, herramienta y materia sobre la que actúa. Se ubica en esa tensión inevitable entre la potencia reveladora de las palabras y su inherente, congénita limitación.
Como si Klein luchara contra una mala voluntad del lenguaje. Hay pujos, pujos que dejan lesiones a su paso. Palabras en arduas, a veces crispadas, relaciones con la palabra. Que digan de otro modo, otra cosa. Ecos de una experiencia insonora que busca a través de las palabras sonar, volverse audible. La poeta genera así una nueva experiencia: La vida interior de la discordia. Así la llama.
Y, en simultáneo, Klein encuentra el cauce o produce la grieta por donde es posible alguna salida. Todo se cuece en el mismo caldero de su voz poética. En sus preguntas. Y esa fuga brota en forma de belleza loca, en un lirismo que cada tanto irrumpe atonal en el poema, alivia al lector y deja a la voz poética ebria de posibilidad. “no lo sé / por más que registro estos pensamientos / me hago ideas distintas / me hago una idea de naranjas y de flores para llevarme conmigo hasta el final” o en el poema de la leche: “el ímpetu de amor influye: al menos si hubiera una barca / para quedarse absortos”. Un descanso cuando un río comienza a fluir.
II.
¿Cómo llega este libro de una belleza violenta y apacible a el corpus poético de Laura Klein? ¿qué hace de reconocible, qué de distinto? Pienso con temor a crear un error que en otros libros el río aparecía como una interrupción. Y digo río, aunque esa palabra no apareciera antes, me refiero a una función, un fluir. Una interrupción bella y apacible entre los riscos y las varas. Una interrupción que era pausa o brisa en la imposibilidad del lenguaje en la que Laura Klein conduce y conoce.
En este libro, en cambio, parece que la vara es la que interrumpe el río. Y así lo hace más presente. El río de esta vara es un río que corre imperturbable, como una siesta o una brisa. O una vida: “la vara es mía / la saqué de un río a la hora en que el sol clava / sus rayos en el agua mansa” o “Coloco la vara con fuerza sobre las aguas / cansada me veo hacer sin sentido en medio del río. / La lancha se encoge para dejarme pasar / no le pregunto a mi ojo si es hora ya de separarnos / dejar la vara y partir”.
¿Interrumpe el fluir de las aguas la vara?, el río se mofa de la vara y gambetea el azote que esta argumenta, se ríe de la vara cuando el junco es vara, y, cuando la vara junco, justo ahí, ¡qué fiesta! Sin embargo, no es tan simple, ¿habría junco que se mece flexible de toda flexibilidad si en esta escritura desapareciese toda vara? La vara, por fin —injusta medida— hará de la fiesta celebración, rigurosidad del poema, alivio para esa corriente incesante del decir.
Este libro se lee como un solo poema, fragmentos que se encaraman entre sí, insisten y golpean hasta fatigar el aliento. Son ocho las partes en las que Klein ha pensado el poema, un camino hacia un final, mar abierto. No puedo dejar de pensar que aquí el paisaje no es un paisaje. Es el primero de sus libros que se desarrolla en un espacio en apariencia exterior, de intemperie. Un ambiente natural, donde la naturaleza es absorbida o arrasada por el pensamiento hasta volverse, por la operación poética, un paisaje interior. No hay animales. Las figuras o personajes que remiten a la naturaleza se avendrán por la fuerza a ser maneras de ese pensamiento. No grácilmente, palabras-riscos que se expanden hacia las vicisitudes de lo humano. Si algo contemplamos allí, si hace un templo de ese paisaje, es en el nudo del lenguaje, en su presencia como vía de incomprensión de nuestra realidad.
Construido a través de la repetición de ciertas palabras-materia que nos llevan a imaginarnos en un lugar. Palabras se repiten a lo largo del poema. Vara. Cara, lancha. Rostro. Golpe. Junco. Río. Vida. Vivir. Cuerpo. Golpeo. Denis Levertov dice: “Las imágenes equivalentes son una especie de Rima no auditiva”. Eco y reiteración. Una musicalidad. Pero pienso también, están construyendo un espacio posible, que según he verificado, los lectores escuchan o reconocen como Delta o Tigre. O sea, que produce la evocación de un lugar. Un lugar que alberga, que contiene, aunque es abierto. Y aunque no está descripto como tal, sabemos que hay río, que hay junco, que hay lancha, ola. Que muelle. Esas repeticiones configuran un espacio donde la poesía sucede. Tal vez esa construcción permite un acercamiento más amable e hipnótico a este texto, que envuelve al lector antes de saber en qué se ha metido.
El paisaje se va formando en nosotros por reminiscencias y afán de reconocer. Está en un borde. Los elementos río, vara, junco, lancha están al servicio de los avatares del puño y las ganas de vivir.
Y están los golpes. Y el miedo de golpear. Y la pregunta. ¿La esperanza? de que lo que aún vive quiera vivir. Hay una temporalidad circular que va y viene entre los golpes a su cara, a la propia y a la cara que hay que separar. Hay golpes que no se sabe exactamente de dónde provienen: “Una intención baja sobre el mundo / entre sien y sien partículas fluidas se amontonan / —chocan / buscan la salida // Pienso en los reflejos visibles de las venganzas / en la compañía que representan // con las hélices hundidas en las raíces escuchamos el daño”.
Uno podría decir que es un libro violento y, sin embargo, yo leo ansia de una ternura que quiere ser extraída con esos golpes y que por instantes domeña a la vara de golpear: “Me dejo los ojos en un almendro / la vara que llevo conmigo no los pudo romper ni rayar // La vara es mía. / La corté una tarde en que el yuyal movía sus tallos / a cuál más cortante / lo hice buscando cierta paz, para preservar las distancias. / Mientras, extraño la ternura. / Juro que la estepa va conmigo”.
Hay una dirección marcada en este poemario: la voz que enuncia pasa de ser una con el fiel de la balanza, con la vara que mide, golpea y juzga, a separarse más tarde de la vara, que ya no sea esta quien dirá si quiere o no vivir, o cómo vivir: “Y busqué en la loma del horizonte una forma que pudiera deslizarse por el mundo / fuera de los ríos y las varas”. Y la pregunta que insiste en el poema ¿quieren vivir? no se dirime en oposición vida-muerte, hay una apuesta a querer vivir. Ese querer vivir como un aumento de vida en oposición a una vida poca, una vida no vivida.
Puedo decir que he leído mucho la poesía que escribe Laura, ¿que la conozco? No sé. Hice esto: volver a leer en voz alta este poemario completo, a fin de conocer el efecto en mi cuerpo de esa experiencia de lectura. Y así ayudarme a escribir estas palabras. He golpeado mis pensamientos que no piensan. Golpeo y trabo lo que se diría. Entonces, no escribo, me enredo entre los golpes y la vara en lugar de dejar al río llevar sin tropiezos mis palabras. Estoy desconcertada, leí muchas veces La vara y el río y cada vez, cada nueva vez, me sumerjo en un mundo que parece hablar de una experiencia que en mucho nos atañe y vuelve a tornarse incomprensible. Ese poder tiene el libro. Pensé en mi infancia, diez, once años, recordé cuando, recostada en un sillón hamaca que había en la galería, miraba el cielo y trataba de pensar inútilmente en qué era «infinito» o cómo podía imaginarse “la nada» y mi desesperante e impotente esfuerzo no terminaba por ello. Volvía a empeñarse en el asunto y sentía en mi pequeño cuerpo el vértigo, los chispazos de los cortocircuitos del pensar. Recordé esto este mes en el que volví a estar sumergida en La vara y el río, cada vez más perdida, cada vez nueva, cada vez viva. Queda entonces una poderosa pregunta instalada para nosotros como un horizonte: ¿quieren vivir?
Fragmentos de La vara y el río
Me golpeo el rostro
con una vara de junco que partí en noviembre
una tarde sin sol.
El cuerpo no me acompaña. Pienso,
una vez más
en lo propio y en lo impropio.
El junco en mi mejilla suena sin vergüenza
a dolor prestado, a cosa acabada
entre golpe y golpe
una lancha pasa sobre mi cara.
Es el tiempo que me doy para saber si quiero vivir.
Mi cara sufre, no me acompaña
por más que permanezca
hay un espacio entre las sienes que no conoce.
Atempero el choque —mi cara no es un río.
Pienso, esta vez sin rencor
en cómo miento y en cuánto hemos ido juntas.
La vara es mía
la saqué de un río a la hora en que el sol clava
sus rayos en el agua mansa.
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Le golpeo el rostro con una vara mía.
La había partido para mi uso
pero cuando vi ese desorden de rasgos frente a mi persona distinta
me decidí.
Mi mano en el junco y su cara
iban a ser un río abierto, alejado de cualquier rostro viviente.
Miro por inercia el camino entre mi puño apretado
y su mundo. No lo pienso
—mi mente también tiene miedo de golpear.
Lo haré, me digo,
lo haré.
Hasta cuando amanece hay un sector del bicherío que se está
muriendo.
Yo no soy menos, me dije,
busqué en la superficie
y le rajé las ganas de vivir.
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Yo quise hacerle una tumba y un río.
Pienso en el odio y en las cosas que le haría a su cara
si me acompañara otra vez.
Sí. Cada vez en el agua lo haría otra vez.
Veo la lancha pasando por mi junco derecho
el agua tiembla donde la he golpeado.
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Y qué sería un junco en el planeta cóncavo una tarde de abril, sin rostros en el río, sin risas aplastadas por lanchas pasajeras, sin túnicas que suenan como rejas contra el cuerpo, sin aves que me trajeran plumas para afilar, sin el amparo de ser un cactus, sin la brújula que hoy brilla sobre el agua, sin los golpes que me dieron en la cara y cuando dormía, sin la pobre cara propiamente puesta sobre el cuello, sin el cuello intentando zafar de la vara que se acerca por la retina, sin cálculo para arrancarme de la arena, sin miedo para huir. En las manos inútiles la flor del cactus.
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Era una tarde cualquiera y no se podía vivir. Pero el junco vivía, sobre estas secas mejillas, enzarzado en su tarea de golpear. Que había sido creado, no había duda. Que yo tenía miedo, tampoco. Y ahí se demoraban junco mejillas y yo. Algo estaba por resolverse. Mi cuerpo, por una ráfaga junto, observó la zanja donde el drama no llegaba a desplegarse. La ola pujaba porque la lancha no me aplastara entera, otra vez, esta semana. Algo estaba por extinguirse. Yo estaba ahí, sin embargo. Y alguien decía: “Te suplico, te suplico: ´No quieras morir´”.
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Esperé entonces una velocidad, de donde viniera. Después arremetí, cara al viento,
contra toda expectativa y todo dulzor.
Links
Más sobre La vara y el río, de Laura Klein. «Poesía de moralejas inciertas», por Daniel Gigena, en La Nación.
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