
Oro verde
Ohuanta Salazar
Paraná, Camalote, 2025
Escrito por la vida sobre la carne
Por Leandro Llull
En Oro verde, la narración hace nido en el verso y despliega a lo largo de sus páginas un bildungsroman sentimental, estético e intelectual, a través del cual su protagonista ganará la juventud mientras descubre que el yo, sobre todo el lírico, es un espejo del universo y viceversa. «Tanto es arriba como abajo; como es adentro, es afuera», reza el Kybalión y ese principio de correspondencia será asumido en forma solapada mediante el asombro ante el conocimiento científico que, en física, química, matemática y astronomía, la niña recién venida del norte seco absorberá a través de todos sus sentidos, casi por ósmosis, en el humedal entrerriano.
No hay una linealidad en la historia, sino manchas experienciales que, como la energía viajera de las estrellas, se constelan para construir una vida. Por eso el poema resulta el vehículo para el acontecimiento episódico, y su conjunción como grumo de eventos magnetizados bajo un mismo campo de fuerza tiene lugar en un trasfondo tópico, un eros de paisaje y de época. El pueblo de Oro Verde es escenario y escena, horizonte y cascada de luz, sueño y vigilia, y su gente aparece para reflejarlo, para dejarlo fluir en ellos, para espejar la emotividad de la estudiante ávida de experiencias, enamorada de los seres y de las cosas.
Esto transforma el género de lo iniciático en un haz de fugas cuyo centro es entregarle la voz al verso y dejarla correr por las líneas que lo atraviesan. El apoyo subjetivo del relato se da con levedad, como si los poemas apenas necesitaran depositar la punta de sus pies sobre las peripecias del yo para asegurar su baile. Las vivencias propias únicamente valen en tanto y en cuanto catalicen el calor comunitario, y el aprendizaje de las ciencias duras solo se adquiere si este anuda lo remoto con lo inmediato en busca de aquella gran hermandad de teoría y vida que arde en todo pensamiento devoto: «Solo notas de una cuerda, / musiquita que fue átomo / y será átomo // de tierra del camino de los eucaliptus / o de tu boca, de tu mano / o del universo».
El amor, el desamor, la admiración, la violencia, las esperanzas, la alegría, los secretos de esa una que canta desde y por su propia garganta le pertenecen a un aquí-y-ahora compuesto por muchos cuerpos y muchas voces. Como los pájaros que hacen trinar la especie en su pico individual, la poeta es muchos sin borrarse: «Mi invitaron a seguir con ellos / en eso de tocar puertas y cantar. (…) Y yo / que andaba apichonada extrañando mi Jujuy, / carrocear con mis amigos en septiembre, llenar / de flores la calle Córdoba, trasnochar en el parque / y a vos, / amor violento de otoño. // Sin darme cuenta era una risa más / en la caravana, las calles de árboles y de pájaros / fueron canciones y esa noche / más que nunca empezó la primavera».
La formación ocurre entonces como una suma de chispazos mínimos que poco a poco van tramando la llama apta de ser señalada como tal: el cuerpo pleno del anhelo. Y esos destellos (incontrolables, inesperados, fugaces, imprevisibles) alimentan el poema cuando este quiere empaparse de la elasticidad de los años fundantes, los tiempos donde nuestra materia se halla dispuesta a enamorarse de los múltiples conductores que el mundo arrima a sus potencias, hasta entablar con ellos la conexión deseante. Bajo esta luz, la lectura de lo escrito por la vida sobre la carne arroja un rostro que fue el futuro y que se hizo presente hasta decir «yo». Desde su boca, la ciencia y el poema nos avisan haber llegado a su pequeño destino, a su avatar donde «parece que todo se aleja del origen empujado por algo, / como los rayos de sol sobre este horizonte verde y dorado».
Poemas de Oro verde
Ruido de fondo del universo
Pasó que Penzias y Wilson estaban instalando una antena
supersensible en New Jersey y escucharon
un ruido de fondo, ondas de muy baja frecuencia,
tal vez eran palomas, pensó Wilson
y estuvieron largo tiempo buscando nidos de pajaritos
para quitarlos de la zona de interferencia.
Vi el cartel de la ruta 11. Íbamos de Paraná
a Diamante con diecisiete años
y nuestro primer amor. El sol sobre el campo
dijo también Oro y Verde, quise parar ahí, atardecía.
Acostumbrada a los cerros nunca había visto
un horizonte tan despejado y comprendí
ese confín del que hablaba Juan L.
No estás viendo el sol como es ahora, dijiste
la luz demoró ocho minutos en llegar. Entonces,
el sol que vemos es pasado, quise decir, pero callé.
Conocí la facultad y te enojaste,
habíamos quedado en estudiar juntos otra cosa
y yo te amaba más que a mí,
pero el pequeño pueblo a cada lado de la ruta
con callecitas de pájaros y árboles y ese
camino de eucaliptus me enamoró.
Pasó que Penzias y Wilson escucharon una radiación
que no venía de la tierra, había viajado por todo el espacio
desde hace trece mil setecientos millones de años
cuando toda la materia estaba en un punto, juntita,
la energía quería bailar en movimientos asincrónicos, singulares
y necesitó expandirse, liberarse en una gran explosión.
Ellos escucharon el eco del Big Bang, cenizas
del origen del universo y les tembló la voz para nombrar
el fondo cósmico de microondas.
Las microondas prueban que el universo se expande,
nos había enseñado el profe Lamas, allá en Jujuy.
Parece que todo se aleja del origen empujado por algo,
como los rayos de sol sobre este horizonte verde y dorado.
Y pasó que tenías razón. Mi Big Bang comenzó ahí,
cuando dejé de mirar tus ojos para ver
aquel atardecer de Oro Verde expandiéndose
con la misma belleza que los restos de nosotros
viajaban cada vez más lejos.
El otro cielo de Tycho
Su pueblo de origen cambió de nombre después de la guerra,
desde ese momento, Tycho sería Danés.
Quienes lo habían criado resultaron no ser sus padres,
sino sus tíos captores. Su madre, quien no era su madre,
le leyó libros de astrología y astronomía y Tycho
se enamoró de las estrellas.
Ocurrió un eclipse de sol en agosto de 1560
mientras él estudiaba latín en la universidad.
Aprendiendo leyes, furtivamente buscaba y dibujaba
una a una las estrellas sin conocer el telescopio.
Inventó un sextante enorme para ubicar constelaciones,
planetas que iban descubriendo sus ojos en la noche.
Todos los muros de su palacio en Uraniborg fueron
mantos colgantes, planos del universo.
Encontró un error en la conjunción de Júpiter y Saturno
entonces, con un pincel, Tycho Brahe corrigió el cielo.
Bajo otro cielo en Oro Verde
Mi mamá y yo mirábamos las estrellas
en el patio de Los Zorzales, qué lejos se ven aquí, decía,
en Jujuy están más cerca, y yo pensando alegrarla
con lo mismo que me había maravillado a mí,
la luz que nos llega queda igual de lejos, má
¿sabías que salió hace millones de años?
Ella, ojitos preocupados señalando las tres Marías
¿y ahorita, ahorita, qué hay ahí?
Acaso nada, tal vez nacieron otras, dije feliz
de poder enseñarle la fascinante incertidumbre
que para mí hacía más infinito al universo
¿Estoy viendo un cielo de mentira? dijo
¡Qué feo, m’ijita lo que aprendés acá!
Para Tycho, la tierra estaba quieta
aunque los demás planetas giraran alrededor del sol,
discutía con Kepler, por la órbita desobediente de Marte,
uno anticopernicano y otro copernicano, los dos
que más sabían del universo miraban un mismo cielo
y veían otra cosa.
Como mi mamá y yo esa noche de Oro Verde.
Nombrando las mismas estrellas que ella me enseñó
cuando yo era changuita en Obanta, sentada sobre sus piernas
abrigada en su abrazo, tal como le habían mostrado
su mamá Porota y su abuela Marcelina.
Mi mamá vio un cielo que se fue,
yo vi la luz que llegaba.
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Más sobre la autora y Oro verde. En Entrevista, en Espías Rusos / Poesía, en Mis Poetas Contemporáneos 2 / Reseña, en APU, por Pilar Sanjurjo