
Un mal de familia
Juan Domingo Aguilar
Madrid, Hiperión, 2025
Ames parentes si aequus est, aliter feras. Notas mentales sobre Un mal de familia
Por Marcelo Daniel Díaz
Qué es una familia, anillada la pregunta nos lleva una y otra vez a replantearnos cómo son nuestros vínculos más íntimos desde el momento en el que aparecimos en este mundo. Tu padre, el padre de tu padre, tu madre, la madre de tu madre y así. Cada voz y trama configurando una micromitología familiar donde los secretos se susurran de boca en boca; habitaríamos una caverna en la que la luz apenas llega para recordarnos quienes somos en el hilo o el tejido de nuestros seres queridos. Hay frases, órdenes enunciadas en una discursividad afectiva: «Oposita, de escribir no se come, dijeron tus padres. / Deberías ser profesor de secundaria analista, médico, / piensa en las vacaciones, / la paga, la libertad / provisional que te concede el Estado. / Trabaja para vivir no al revés, / como tu abuelo, el pobre, / por la mañana en la sucursal bancaria / y por la tarde vendiendo cervezas. / Hipotecó todos los olivos / para darnos un futuro. / Te toca mantener su memoria. / Hijo, por favor, hasta habíamos comprado / un nicho con tu nombre y oficio. / Con todo lo que hemos hecho por ti / por qué no quieres ser / uno de los nuestros». Hablamos de un ritual de graduación que empieza y termina en el mercado laboral: docentes, albañiles, gasistas, arquitectos, abogados, médicos, etc. Los poetas brillamos por nuestra ausencia: el oficio más triste y más fragilizado por sus condiciones laborales, no lo digo yo, lo expresa en alguna oportunidad Rita Segato.
La orfandad se ha vuelto un lugar común desde que la noción de familia en términos sensibles y sistémicos se convirtió en una moneda corriente desde los últimos treinta años hasta el presente: «Los días de frío justo antes / de que / mi hermana y yo / nos fuéramos de viaje, / mi madre lavaba alguna / de nuestras sudaderas viejas / aunque no las hubiéramos usado / y las colocaba sobre / el radiador del salón / para que se secaran rápido. / Decía que así al menos, / aunque nos marchásemos / la mañana siguiente / al recogerlas / podría abrazarlas / como si fuéramos nosotros». Si la familia habita un inglú, o una caverna de una manera o de otra habrá un destello afectivo, unos chispazos que nos recordarán nuestra humanidad, la capacidad de sentir, de acompañar, de abrigar. ¿Por qué esa posibilidad de abrigarnos en nuestra desesperanza ha desaparecido de los signos de los tiempos del presente? ¿Qué hicimos para que el manto que nos mantenía unidos se desintegre completamente hasta llevarnos a este plano donde la nada hizo su trabajo silencioso hasta borrar cualquier posibilidad de sentidos para y con los otros? ¿Qué sucedió en estas décadas para que ese nosotros inclusivo de una familia se desintegre en partículas como pequeños copos de nieve en un inverno interior que nunca termina?
La gran familia quizá sea un invento burgués, o eso diría Roudinesco: «Mi abuelo hipotecó sus ideas / por una casa en la playa / a siete plazos, / uno por cada hijo. / Desde entonces cargamos / sobre nuestras espaldas / un ataúd lleno de sal». El capital es el corazón de todos los lazos sociales, y por qué no termina tocando con su mano el núcleo más sentimental que nos mantiene vivos junto a nuestros seres queridos: ¿Qué hacemos cuando perdemos nuestro hogar? ¿Qué se hipoteca con una casa? Hablo ya de la depredación invisible en estas décadas ha dejado en las calles a familias enteras, el desahucio, el homeless, la gitana que me vendió unas medias mientras escribía esto en un café y me dijo: “Se nota que sos bueno, Dios te bendecirá”. ¿Dios bendice a las personas con los corazones rotos? Le pregunté, sí, me dijo: “Tené fe”, y si ya no tengo fe me bendice igual Dios: “Sí” y me soltó la mano como un milagro venido de un tiempo fuera del tiempo. Ahora vuelvo: el capital hizo que cualquier narrativa, vivencia, biografía, estuviese atravesada por una novela gótica: el miedo a perderlo todo. Si recordamos con precisión no sé si Carver se le ocurrió trabajar el miedo en sus versos, digo mencionar el abandono de las grandes ciudades a las personas que transitamos las calles, hemos construido no-lugares. ¿Será la familia otro espacio inhabitable para abrigarnos como nuestros ancestros alrededor de una fogata rodeados de garabatos en el centro de una placa que luego leerán arqueólogos miles de años más adelante cuando nosotros no habitemos este planeta? Y así hasta perder la esperanza. Por eso peregrinamos con oraciones laicas y llevamos invisibles en nuestras mentes el peso infinito de nuestros muertos.
Qué van a dictaminar los urbanistas del siglo XXI: «Otra ciudad, otro piso, una cama / demasiado azul demasiado grande / demasiado blanda en la que me / hundo como si fuera de agua, / una ventana con un paisaje diferente / al que acostumbrar los ojos / cuando no puedo dormir. / La luz que dibuja / formas desconocidas en la pared, / la sombra de mi mano / que imita un perro, un pájaro / un conejo la sombra de mi mano / que acaricia mi cuerpo fingiendo / que acaricia otro cuerpo. / Todo nuevo y sin embargo / por las noches / la misma sensación :/ donde caben dos / casi siempre falta uno». En el mapeo de las estadísticas estará tu nombre o el mío: qué significa caer en estos tiempos. ¿Hay un fondo para la caída si no tenemos nada con qué sostenernos? ¿Y al final qué nos espera? Volvimos a una realidad parecida a la de los comienzos de la humanidad pero perdimos no sólo la capacidad para dibujar y la grafía, o el garabato, del primer alfabeto, perdimos la luz de los afectos que nos permitieron llegar a este punto y aquí la pregunta: después qué sigue.
No hablamos del padre, de la madre, quizá haya que bucear en esas figurar hasta encontrar nuestras semejanzas y nuestras diferencias. ¿Habremos naufragado en la búsqueda de contención sentimental? La autoridad de nuestros padres se habría perdido en una tormenta de los tiempos que corren, y aquí la pregunta que nos atañe: ¿Quiénes somos? ¿Cómo reconstruimos las piezas del rompecabezas de nuestra identidad? ¿De dónde sacaremos la fuerza y la ocurrencia si ya nadie nos acompaña? Cito: «Cuando era pequeño / vi llorar a mi padre por primera vez, / mi tío hacía películas caseras / y una tarde proyectamos / la del último viaje / que hicimos en familia. / La cara de mi abuelo / apareció junto a una balada de fondo, / entonces aprendí, / todas las canciones de amor /tienen por protagonista / a un muerto». La familia perdió su gramática de afectos, sus normas, lealtades, su manera de habitar esta realidad líquida cuando no frágil, vos, yo, cada uno de nosotros una pequeña célula incompleta vista desde cerca, perdimos el núcleo vital que diagrama los organismos llenos de vitalidad, no hay leyes simbólicas para evitar el ostracismo.
Para concluir. ¿No está lleno de consignas el mundo? Carteles que nos organizan la vida, como en esas canciones de Ok Computer de Radiohead, sea feliz, alimente sanamente su cuerpo, cuide su piel, mientras las personas comen de la basura haciendo largas filas aquí y en cualquier lugar del mundo: «Un cartel en el aeropuerto promete / lo que hemos sido incapaces de dar. / Es engañoso: repetimos cada vez / que un anuncio muestra una familia feliz / o una pareja de escapada rural; / son todos tan perfectos, / los colores encajan con la atmósfera, / encaja la casa en la que viven, / encaja el brillo del coche bañado por el sol, / la mesa en el centro del jardín / donde esperan sentados la comida. / Los anuncios son engañosos, / repetimos cuando lo único / que parece no encajar bien / somos nosotros». La realidad se divide en los planos, los que acumulan, diría Segato, y los que nos dedicamos a la poesía: de qué lado estás vos. ¿Vamos a seguir las indicaciones del cartel? ¿O vamos a edificar nuestra vida desde la nada? Juan Domingo Aguilar desde un pasado remoto nos invita quizá a esto último, si no hay sentido qué nos queda por hacer: inventarlo, crearlo y volver a crearlo otra vez hasta que otra vez volvamos a ser nosotros mismos en un mundo donde apenas podemos decir nuestros nombres sin balbucear, sin miedo, digo, nos llama a revisar el pasado para que el porvenir sea más amoroso con seres sentimentales como nosotros.
Poemas de Un mal de familia
Daikin
El cambio climático
también es una cuestión poética:
de repente agosto es el mes más triste
porque el agua golpea
en nuestras ventanas
y en nuestros ojos,
en noches de verano como esta
pienso en los días de lluvia
en los que paseábamos juntos
dando pequeños saltos hacia delante
para evitar mojarnos los pies,
en noches de verano como esta
quisiera enviarte una foto decirte
mira desde que te fuiste
el mundo se secó tanto
que los únicos charcos
que esquivo
son de los aparatos
de aire acondicionado.
Cada verano el último verano
Cuando éramos pequeños agosto en casa de mis abuelos
significaba acostarse más tarde que de costumbre,
robar jazmines a escondidas y vivir de fondo
con el zumbido de los mosquitos.
Cuando éramos pequeños agosto en casa de mis abuelos
significaba dormir con la ventaba abierta
para escuchar a los adultos y sentirnos más seguros
acunados por palabras lejanas
como cáncer, próstata o miocardio.
Cuando éramos pequeños agosto en casa de mis abuelos
significaba que los únicos deberes que teníamos
eran contar las estrellas, el fin de las prisas,
un pueblo en verano, la libertad.
Cuando éramos pequeños cada verano
era el último verano y agosto significaba
juntarnos alrededor de la mesa para cenar
los restos de lo que fuimos,
jugar con las pelotas que nos regalaban,
colarlas en el tejado de una vieja casona
sin saber que como nosotros
nunca encontrarían la forma de regresar.
Todas las formas del olvido
Empiezo a creer que soy los objetos
que contienen a otros,
una cerilla dentro de la caja
que me regalaste por ejemplo
el fósforo que arde desde su punta,
las luces del vagón que parten
en dos la oscuridad de este túnel
de domingo tan domingo y tan agosto,
este túnel subterráneo como un arroyo
que cruza la carretera por debajo
y que atravieso de camino a casa
hacia delante con el corazón
atrás con la soledad del que espera
cartas y no cuerpos, cuerpo
como el tuyo que recuerdo ahora
y cada tarde mientras avanzo solo
en otra dirección, porque recordar
te digo, no lo olvides recordar
es correr en sentido contrario
a la marcha de un tren recordar
es nadar en sentido contrario
al cauce de un río
recordar es decir aquí
y pensar en allí,
decir amor mío
aunque ya signifique
corazón de otro.
Love songs on the radio
Mi padre arregla una radio
sentado en el porche,
ajusta las frecuencias para que las emisoras
estén colocadas en los botones de siempre,
coloca adhesivos alrededor
para que el aparato resista otro invierno,
sabe que agosto en un pueblo del sur significa
que la canción del verano este año
como cada año es el canto triste
de las cigarras y los burros.
Mi padre me ve a lo lejos
sentado en la mesa de piedra
que mis abuelos colocaron junto a la piscina
cuando mi hermana y yo éramos pequeños,
algo cruje cuando vuelvo a casa,
me mira igual de triste que esos animales,
intenta decir algo pero no lo consigue,
quiere preguntarme por qué sigo empeñado
en escribir sobre nuestra familia
en lugar de buscar un trabajo de verdad
y una vida de provecho,
quiere preguntarme
por qué somos tan parecidos
y nos cuesta tanto reconocerlo,
por qué somos incapaces de mantener
una conversación sin terminar gritando,
por qué nunca recurro a él
cuando tengo un problema
y mi acto reflejo es marcar
el número de mi madre,
quiere preguntarme
pero no lo hace,
aprieta la radio en silencio
juntando a la fuerza
una pieza con otra:
intenta que las cosas
no se rompan del todo.
Juan Domingo Aguilar (Jaén, 1993). Poeta y narrador. Fue residente de la XVIII promoción de la Fundación Antonio Gala y obtuvo una beca de la UNESCO como creador invitado en Óbidos (Portugal). Ha recibido varios premios por sus libros de poesía, entre los que destacan La chica de amarillo (2018), Nosotros, tierra de nadie (2018), anticine (2022) y Un mal de familia (2025). Coordina la sección «Versátiles» de Zenda y colabora con otros medios como Revista Oropel y Cuadernos Hispanoamericanos. Es autor de la novela Cuántas noches son esta noche (La Navaja Suiza, 2025).
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